Fragmentos de "El Anticristo", de FRIEDRICH NIETZSCHE (I)

• • • Cristiano es el odio al espíritu, al orgullo, al valor, a la libertad, al libertinaje del espíritu; cristiano es el odio a los sentidos, a las alegrías de los sentidos, a la alegría en cuanto tal…

• • • El cristianismo quiere hacerse dueño de animales de presa; su medio es ponerlos enfermos, –el debilitamiento es la receta cristiana para la doma, para la “civilización”.
• • • Para poder decir no a todo lo que representa en la tierra el movimiento ascendente de la vida, la buena constitución, el poder, la belleza, la afirmación de sí mismo, para poder hacer eso, el instinto, convertido en genio, del resentimiento tuvo que inventarse aquí otro mundo, desde el cual aquella afirmación de la vida aparecía como el mal, como lo reprobable en sí.
• • • La realidad, en lugar de esa mentira digna de conmiseración, dice: una especie parasitaria de hombre que sólo prospera a costa de todas las formas sanas de vida, el sacerdote, abusa del nombre de Dios: a un estado de cosas en que el sacerdote es quien determina el valor de las cosas lo llama “el reino de Dios”; a los medios con que se alcanza o se mantiene en pie ese estado los llama “la voluntad de Dios”; con un frío cinismo se atiene, al valorar los pueblos, las épocas, los individuos, al grado en que hayan sido útiles o se hayan opuesto a la preponderancia de los sacerdotes.
• • • A partir de ahora todas las cosas de la vida están ordenadas de tal modo que el sacerdote resulta indispensable en todas partes; en todos los acontecimientos naturales de la vida, en el nacimiento, el matrimonio, la enfermedad, la muerte, para no hablar del sacrificio (“la cena”), aparece el parásito sagrado para desnaturalizarlos: dicho en su lenguaje, para “santificarlos”… Pues es necesario comprender esto: toda costumbre natural, toda institución natural (Estado, organización de la justicia, matrimonio, asistencia a los enfermos y pobres), toda exigencia inspirada por el instinto de la vida, en resumen, todo lo que tiene en sí su valor es convertido por el parasitismo del sacerdote (o del “orden moral del mundo”) en algo carente por principio de valor, contrario al valor: se requiere posteriormente una sanción, –se necesita un poder otorgador de valor, el cual niega en ello la naturaleza, el cual crea con ello cabalmente un valor… El sacerdote desvaloriza, desantifica la naturaleza: a ese precio subsiste él en absoluto. –La desobediencia a Dios, es decir, al sacerdote, a “la ley”, recibe ahora el nombre de “pecado”; los medios de volver a “reconciliarse con Dios” son, como es obvio, medios con los cuales la sumisión a los sacerdotes queda garantizada de manera más radical aún: únicamente el sacerdote “redime”… Calculadas las cosas psicológicamente, los “pecados” se vuelven indispensables en toda sociedad organizada de manera sacerdotal: ellos son las auténticas palancas del poder, el sacerdote vive de los pecados, tiene necesidad de que se “peque”… Artículo supremo: “Dios perdona a quien hace penitencia” –dicho claramente: a quien se somete al sacerdote. –
• • • En este lugar no consigo reprimir un sollozo. Hay días en que me invade un sentimiento más negro que la más negra melancolía –el desprecio a los hombres. Y para no dejar ninguna duda sobre qué es lo que yo desprecio, sobre quién es el que yo desprecio: es el hombre de hoy, el hombre del que yo soy fatalmente contemporáneo. El hombre de hoy –yo me asfixio con su sucia respiración… Frente a las cosas pasadas soy, al igual que todos los hombres de conocimiento, de una gran tolerancia, es decir, de un autodominio magnánimo: yo atravieso con una sombría cautela ese manicomio que ha sido el mundo durante milenios enteros, ya se llame “cristianismo”, o “fe cristiana”, o “Iglesia cristiana”, –me guardo de hacer responsable a la humanidad de sus enfermedades mentales. Pero mi sentimiento cambia, explota, tan pronto como ingreso en la época moderna, en nuestra época. Nuestra época está enterada… Lo que en otro tiempo no era más que algo enfermo se ha convertido hoy en algo indecente, –es indecente ser hoy cristiano. Y aquí comienza mi náusea. –Miro a mi alrededor: ni una palabra ha quedado ya de lo que en otro tiempo se llamó “verdad”, nosotros no soportamos ya ni siquiera que un sacerdote tome en su boca la palabra “verdad”. Aun cuando la pretensión de honestidad sea modestísima, nosotros tenemos que saber hoy que, en cada frase que dice un teólogo, un sacerdote, un papa, no sólo yerra, sino que miente, –que ya no es libre de mentir por “inocencia”, por “ignorancia”. También el sacerdote sabe, como lo sabe todo el mundo, que ya no hay un “Dios”, un “pecador”, un “redentor”, –que la “voluntad libre”, el “orden moral del mundo” son mentiras: –la seriedad, el autovencimiento profundo del espíritu no permiten ya a nadie no estar enterado de eso… Todos los conceptos de la Iglesia se hallan reconocidos como lo que son, como la más maligna superchería que existe, realizada con la finalidad de desvalorizar la naturaleza, los valores naturales; el sacerdote mismo se halla reconocido como lo que es, como la especie más peligrosa de parásito, como la auténtica araña venenosa de la vida… Nosotros sabemos, nuestra conciencia sabe hoy –qué valor tienen, para qué han servido esas siniestras invenciones de los sacerdotes y de la Iglesia con las cuales se alcanzó aquel estado de autodeshonra de la humanidad capaz de producir náusea con su espectáculo –los conceptos “más allá”, “juicio final”, “inmortalidad del alma”, el “alma” misma; son instrumentos de tortura, son sistemas de crueldades mediante los cuales el sacerdote llegó a ser señor, siguió siendo señor… Todo el mundo sabe eso: y, sin embargo, todo sigue igual que antes.
FRIEDRICH NIETZSCHE, El Anticristo, Alianza Editorial, Madrid, 2007, 176 págs., traducción de Andrés Sánchez Pascual

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