Individualismo, por Louis Simon

Esta palabra se comprende mal la mayoría de las veces. No se debe confundir con significaciones estrechas, especialmente con el egoísmo, pues tiene además aspectos positivos. Sobre todo si no pensamos en lo que se llama individualismo burgués, que se confunde más bien con el beneficio personal y la explotación. Se debe pues reflexionar sobre las implicaciones múltiples de este término. Reivindica con toda su fuerza el lugar del individuo como responsable de sí mismo. No se trata de una vuelta del individuo a su exclusiva existencia ni del rechazo a considerar a los demás individuos como válidos.

Históricamente, aparece como el reconocimiento del individuo pensante. Éste reacciona contra la opresión social que trata de anularlo. Marca la autonomía irreductible del hecho mismo del pensamiento. Desde el origen de la reflexión filosófica se ha colocado en primera fila en la búsqueda de la claridad mental. La sumisión a las fórmulas de autoridad es la negación del logro de un ser distinto. La obediencia a las tradiciones que no hacen sino repetir religiosamente las enseñanzas reveladas, la marcha en tropel cantando los himnos bien aprendidos, es lo contrario del individualismo. Cuando el hombre se levanta contra las imposiciones sociales para recurrir al examen crítico de esas órdenes impuestas, comienza a actuar el individualismo. No será persiguiendo la oposición a la razón como se pueda encontrar la realidad de un pensamiento independiente.

Un estudio profundo del individualismo constituiría el conocimiento exacto de las estapas de la liberación intelectual y moral de la humanidad. Los que no aceptan las tendencias irreprimibles del hecho del individualismo y pretenden negar su importancia, ignoran su propia individualidad. Siguen atrapados por el peso de prejuicios de los que no son conscientes por la persistencia de éstos en ellos mismos. Están tan cegados por las costumbres que no pueden ni sacudirlas ni rechazarlas.

Reivindiquemos desde el principio el significado preciso del individualismo. Por otra parte, éste se burla de las protestas que no alcanzan su profunda verdad. Resiste a los discursos falaces que imaginan poder destruir su implantación en la naturaleza del hombre. El espíritu libertario está en él. “Los mismos que lo maldicen lo llevan en su alma”, como dice el bello verso de Émile Verhaeren.

Se consideran modernas las justificaciones del pensamiento individualista. Pero las raíces de este gran árbol son mucho más profundas.

Hay que acudir al maravilloso librito de Han Ryner, Historia del individualismo en la Antigüedad. En él se hallan las diversas conferencias que dio su autor desde comienzos del siglo pasado sobre el pensamiento individualista. Este libro sencillo no ofrece ninguna dificultad en su lectura.

El primer gran nombre que invoca es el de Sócrates, el padre del “Conócete a ti mismo”. Le ha otorgado la fisonomía que las tradiciones falsificadoras habían emborronado con rasgos deformados.

Después, los sabios auténticos, los liberadores, los que han fundado la sólida interpretación de la conducta del hombre verdadero. Se trata de los epicúreos, que rechazaban la creencia en los dioses y se basaban únicamente en el conocimiento de su propia naturaleza. Efectuaron lo que Han Ryner llama una crítica de la sensibilidad. Otra penetrante búsqueda tuvo lugar con los estoicos. Han Ryner los admira por su “crítica de la voluntad”. Comprendieron la fuerza de los nudos formados por la voluntad de la razón, y la indiferencia hacia las cosas que no dependen de nosotros.

Esas son las conquistas que se pueden llamar eternas, que valen para mañana tanto como valieron para ayer. Entre los monumentos -podemos llamarlos así- bien erigidos de las meditaciones antiguas, debemos situar el Manual de Epícteto, que constituye un enérgico compendio para quienes quieran aprender a ser ellos mismos.

No insistiré en los detalles preciosos aportados al arte del comportamiento armonioso por las enseñanzas sin presiones exteriores que nos introducen en la práctica de la sabiduría.

No vamos a desarrollar toda la historia del individualismo. No citaremos los nombres de todos los que han inventado un modo personal enriquecedor para todos los hombres de buena voluntad. Sin invocar al prudente escéptico que fue Montaigne, se puede recordar que Descartes socavó el viejo dogmatismo para inaugurar el método riguroso. Hemos llegado al tiempo en que el indiviudalismo se propaga de una manera poderosa y diversa.

Henry-David Thoreau, el admirable cantor de Walden o la vida en los bosques, es autor de La desobediencia civil. No se ha hablado poco de él con motivo el 150 aniversario de su nacimiento. Su amor entusiasta por la vida natural, su amor a los animales, han suscitado recientes imitaciones.

No podemos silenciar la obra de Max Stirner. El único y su propiedad ha sido analizado de forma extraordinaria por Victor Bosch, que expone de manera perfecta sus planteamientos filosóficos. La orientación de su individualismo es más bien económica. Ha sido seguido por E. Armand que, hasta edad avanzada, publicó revistas. Hay que aludir a su Iniciación al individualismo anarquista. Benjamin Tucker fue cercano a él.

León Tolstoy no puede ignorarse tampoco por muchos aspectos de su mensaje. Se opuso al Estado y a su violencia. El que firma como Manuel Devaldes ha dedicado una buena parte de sus escritos al problema de la limitación de los nacimientos. “Crecer y multiplicaros, es la guerra” ha afirmado en un volumen aparecido en 1933. En el momento del inicio de la guerra de 1914 pasó a Inglaterra, donde pudo expresar su oposición a todo conflicto armado y obtener el estatuto de objetor de conciencia. En La maternidad consciente, de 1927, subraya el valor de rechazar engendrar como prevención a la lucha armada. Además, es un escritor y crítico de gran talento.

Los numerosos volúmenes publicados por Gérard de Lacaza-Duthiers representan una suma del pensamiento individualista. Pretendía encontrar en la época prehistórica las huellas del primer individualismo, pero desgraciadamente no pudo terminar su Filosofía de la prehistoria.

No olvidemos tampoco las propuestas del filósofo Alain, que rozan las implicaciones políticas radicales, para reivindicar la crítica de los organismos colectivos. No olvidemos tampoco a Nietszche, el gran lírico de Así habló Zaratustra. Una hermana abusiva castigó su obra tergiversándola penosamente. Pero insistió en un individualismo conquistador que habrá que analizar de cerca.

Georges Palante ha construido un pensamiento crítico que, frente al Estado, sitúa un individualismo bien argumentado. Su Combate por el individuo merece gran valor por sus reflexiones sobre las actitudes a tomar por un espíritu de calidad al que habrá que llegar. El novelista Louis Guilloux, que fue alumno suyo, ha pintado su personaje como Cripure en Le sang noir. Las enseñanzas de Palante han dejado huella.

Nuestro contemporáneo y amigo Charles-Auguste Bontemps ha propuesto un “individualismo social” en el que hay que destacar el valor del egoísmo bien comprendido.

Será siempre bueno hablar de Ibsen, en cuyas obras el individualismo es evidente. El filósofo Louis Prat, discípulo y amigo del gran filósofo Charles Renouvier, ha extraído del personalismo de su maestro un pensamiento nuevo, expresado en toda su amplitud en una obra maestra, La religión de la armonía, donde se muestra como uno de los filósofos franceses de primer orden en la época contemporánea.

Otros pensadores han tenido una influencia considerable de la India. El gran Aurobindo ha realizado una síntesis de los diversos yogas en un sentido original e individualista. Krishnamurti ha rechazado valientemente el papel del profeta y el santo religiosos que le han querido imponer para dirigirse hacia una independencia muy personal y a una meditación absolutamente liberada.

La riqueza de los puntos de vista se expresa también en las aportaciones del individualismo moderno. Se han ofrecido análisis variados para sondear los fundamentos de este pensamiento. Quiero sugerir a los que hablan del individualismo sin saber lo que puede ocultar esa palabra, que se informen primero. No deseo perder el tiempo con observaciones secundarias sobre las afirmaciones que constriñen el pensamiento libertario a un sistema cerrado. La vida que se propaga tiene cosas mejor que hacer que esas disputas escolares.

Y ahora debo llegar a una meditación que no puede pasarse por alto en silencio. Podría comprenderse mal que yo evite hablar de Han Ryner a propósito del individualismo. Sin estudiar la obra que ha elaborado en literatura y en historia, y que exigiría mucho espacio, debemos considerar lo que ha aportado para una construcción de la ética. Este término se relaciona rigurosamente con el comportamiento. Se trata, a mi entender, de la mejor contribución de Han Ryner en el ámbito de la acción personal. Su libro se titula Un arte de vivir. El autor lo llamaba “La sabiduría que ríe”. Aún siendo un estudio corto, nos lleva más lejos de lo que habríamos podido imaginar. Se trata de una exposición preparada en profundidad a lo largo de muchos años, aunque no lo abarca todo, pues no lo pretende.

El autor establece las diversas relaciones para contribuir a la comprensión de lo que él ha llamado la voluntad de armonía. Los problemas que se plantean no tienen solución definitiva. Pero conduce a quienes le lean a planteárselos por sí mismos. No se trata de encerrarse en uno mismo, en un “único” que nos alejaría de los demás hombres. No rechaza la sensibilidad, el sentimiento, el corazón, tratando de adaptar su razón a las necesidades del universo. Pero rechaza profundamente el embrutecimiento de las creencias oficiales y las opiniones de moda. Se burla de las supersticiones políticas y sociales. Quiere hacer su vida lejos de imperativos exteriores. Su sabiduría es en primer lugar una realización interior. Se hace a plena luz. Se trata de la voluntad de no ceder jamas a órdenes artificiales.

Todo esto se dice en un lenguaje más bello, sencillo y sin pedantería. Pero Han Ryner quiere expresar sin disimulo todo su pensamiento. Por eso experimentan los que lo leen un placer igual sin duda al del escritor a la hora de escribir su libro. Nada de la pesadez de una filosofía oficial: es una manera tranquila de expresar luminosamente lo que podrá interesar a cada ser que se esfuerce en pensar.

En primer lugar, la certeza de que el origen de la sabiduría es la búsqueda de la felicidad. A continuación, que la felicidad es una forma: el acuerdo y el equilibrio entre las diversas tendencias internas, razón, acción y corazón. Esto no parece habitual si lo comparamos con las doctrinas que tienen por objetivo fabricar discípulos y aprobaciones. Este “arte de vivir” lleva la marca de la filosofía libertaria en el sentido más amplio. Invita a cada uno a encontrarse sin recibir una etiqueta. A ello se añade un sentido pluralista que permite las más diversas realizaciones.

Así me parece el desarrollo feliz de un pensamiento noble entre los demás, que no sufre ninguna presión exterior. No tenemos nada que ver con ningún catecismo, como se ve en el pequeño y bien articulado folleto aparecido en 1903 bajo el título Pequeño manual individualista, que ofrece el malévolo placer de la forma interrogativa de los catecismos. Sería bueno reeditar este pequeño manual en medios libertarios.

Han Ryner reagrupa en torno a su pensamiento central los pensamientos que le son fraternales, las más bellas flores de sabidurías más logradas. No quiere empobrecerse celosamente no transmitiendo más que sus propias reflexiones. Pero nos ofrece lo mejor de lo que han proclamado los sabios, los que han aprendido a condensar su experiencia haciendo que la aprovechen las generaciones sucesivas. Así, este individualismo feroz, que rechaza los crímenes, que rechaza obedecer y mandar, está hecho de amor hacia todos los hombres.

Naturalmente, se iniciarán discusiones sobre las cuestiones suscitadas por este estudio demasiado rápido. Escucharemos preguntas. De exámenes atentos surgirán complejidades. El tema no ha terminado de provocar cuestiones. Cada uno se cuestionará a sí mismo. Nuestras inquietudes nos enseñarán mutuamente. Los resplandores que podremos descubrir serán los resultados que espero ver surgir de todo esto. Hay materia suficiente para suscitar confrontaciones y, quizás, información sobre cosas que ignorábamos o de las que no habíamos hablado.

Louis Simon

El 31 de julio de 1980 muere en Francia el militante pacifista y anarquista individualista Louis Simon. Había nacido el 9 de julio de 1900 también en Francia. Además de profesor en el Instituto Carnot de París, científico matemático, escritor y poeta, fue el alma de la Liga de Acción Pacifista (LAP) y participó en la Internacional de Resistentes a la Guerra representando la rama francesa. Tomó parte en la creación de la Unión Pacifista de Francia. Propagandista del anarquismo individualista, se consagró a la difusión de las ideas de su suegro Han Ryner y a tal efecto creó en 1939 los Cahiers des Amis de Han Ryner, publicación que realizará hasta su muerte. Entre 1961 y 1980 colaboró habitualmente en la revista Europe. Es autor de Multiples (1964), Sur les exponentielles superposées (1966), À la découverte de Han Ryner (1970), Au vol des lumières. Poèmes (1971), Traité de plurades (1973), Un individualiste dans le social: Han Ryner (1973), Intercalaires (1976) y Dialogues sur l’avenir. Chers petits qu’allez-vous devenir? (1977).

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