El trabajo es la actividad de los incapacitados

La relación entre trabajo y ausencia de poder decisorio se puede demostrar no sólo fáctica, sino también conceptualmente. Hace unos pocos siglos las personas eran conscientes de la relación entre trabajo e imposición social. En casi todas las lenguas europeas el concepto «trabajo» se refiere originalmente sólo a la actividad de la gente sin poder decisorio, de los dependientes, los siervos y los esclavos. En el ámbito lingüístico germánico se refería al trabajo ímprobo de un niño huérfano y, por eso, caído en la servidumbre. En latín «laborare» significa «sufrir una pesada carga» y se refiere, en síntesis, a los padecimientos y vejaciones de los esclavos. Las palabras románicas «travail», «trabajo», etc., se derivan del latín «tripalium», una especie de yugo que se empleaba para la tortura y castigo de esclavos u otras personas privadas de libertad. En la expresión «el yugo del trabajo» aún resuena ese origen.

«Trabajo», por lo tanto, no es ni siquiera en su origen etimológico un sinónimo de actividad humana autónoma, sino que se remite a un triste destino social. Es la actividad de los que han perdido su libertad. La expansión del trabajo a todos los miembros de la sociedad no es, en consecuencia, más que la generalización de la dependencia servil; y la adoración moderna del trabajo, no es más que la elevación casi religiosa de esta situación.

Estas circunstancias se pudieron ocultar con éxito y se pudo interiorizar este despropósito social porque la generalización del trabajo se vio acompañada de su «cosificación» a través del sistema moderno de producción de mercancías: la mayoría de las personas ya no están bajo el látigo de un solo señor. La dependencia social se ha convertido en un conjunto de relaciones abstractas del sistema y, por lo tanto, se ha hecho totalizadora. Se nota en todas partes y, precisamente por eso, apenas se puede concebir ya claramente. Donde todos son siervos, son todos al mismo tiempo señores, en tanto que cada uno es su propio tratante de esclavos y vigilante. Y todos obedecen al ídolo invisible del sistema, al «gran hermano» de la explotación del capital que los ha enviado bajo el «tripalium».

C. Krisis

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