El trabajo es dominio patriarcal

patriarcadoJunto con la esfera «independizada» del trabajo, surgió, en cierto modo como la otra cara de la moneda, la esfera privada del hogar, de la familia y de la intimidad.

En ese ámbito, definido como «femenino», se quedan las actividades múltiples y cambiantes de la vida cotidiana que no se pueden transformar en dinero o sólo en casos excepcionales: desde limpiar y cocinar, pasando por la educación de los hijos y el cuidado de los mayores, hasta el «trabajo del amor» del ama de casa de tipo ideal, que mima a su hombre agotado por el trabajo y le sirve de «reserva afectiva». Es por eso que la esfera de la intimidad, como la otra cara del trabajo, es declarada baluarte de la «verdadera vida» por la ideología burguesa de la familia, aunque en realidad la mayoría de las veces no sea más que un infierno íntimo. El asunto es que no se trata de una esfera de vida mejor y verdadera, sino más bien de una forma igual de estúpida y limitada de la existencia, a la que se ha adjudicado un designio distinto. Esta esfera también es producto del trabajo, aunque separado de éste, pero sólo existente con relación a éste. Sin el espacio social separado de la actividad «femenina» nunca hubiese podido funcionar la sociedad del trabajo. Este lugar es su silenciosa condición previa y, al mismo tiempo, su resultado específico.

Esto también vale para los estereotipos sexuales que experimentaron su generalización con el desarrollo del sistema de producción de mercancías. No es casual que se convirtiera en un estereotipo extendido la imagen de la mujer de comportamiento natural e instintivo, irracional y llevada por sus emociones de manera paralela a la del hombre trabajador, creador de cultura, racional y con dominio sobre sí mismo. Y tampoco es casualidad que la autopreparación del hombre blanco para las exigencias del trabajo y de la administración estatal de recursos humanos se viese acompañada durante siglos de una brutal «caza de brujas». También la apropiación científica del mundo que comenzó al mismo tiempo estuvo contaminada en sus raíces por el fin absoluto de la sociedad del trabajo y sus prescripciones para cada género. De esta forma, el hombre blanco, para poder funcionar sin dificultades, expulsó de sí todos los sentimientos y necesidades emocionales que en el reino del trabajo sólo resultan factores molestos.

En el siglo XX, sobre todo en las democracias fordistas de posguerra, las mujeres fueron integradas progresivamente en el sistema laboral. Sin embargo, el resultado sólo ha sido una conciencia femenina esquizofrénica. Pues, por un lado, la entrada de las mujeres en la esfera del trabajo no podía traer una liberación, sino la misma disposición respecto al ídolo trabajo que los hombres. Y por otro lado, la estructura de la «separación» continuó existiendo y, con ella, también la esfera de las actividades definidas como «femeninas» fuera del trabajo oficial. Las mujeres fueron sometidas, de esta manera, a una doble carga y, a la vez, a imperativos sociales completamente contrapuestos. En la esfera del trabajo siguen ocupando hasta el presente, en su mayoría, puestos de trabajo peor pagados y subalternos.

Una lucha, conforme con el sistema, por cuotas y oportunidades de carrera para mujeres no cambiará nada de esto. La lamentable visión burguesa de la «compatibilidad de profesión y familia» deja intacta la separación de esferas del sistema de producción de mercancías y, en consecuencia, la estructura del «desdoblamiento». Para la mayoría de las mujeres esa perspectiva es invivible; para una minoría de «mejores sueldos» se convierte en una posición pérfida de ganadora en el apartheid social, al poder delegar las tareas domésticas y el cuidado de los niños a empleadas («obviamente» mujeres) mal pagadas.

La sagrada esfera burguesa de la llamada vida privada y de la familia, en realidad, se ve cada vez más mermada y degradada en la totalidad de la sociedad, porque la usurpación de la sociedada del trabajo exige la totalidad de la persona, entrega completa, movilidad y disponibilidad temporal total. El patriarcado no es abolido, se vuelve más salvaje en la crisis no reconocida de la sociedad del trabajo. En la misma medida en que se derrumba el sistema de producción de mercancías, se hace responsable a las mujeres de la supervivencia en todos los ámbitos, mientras que el mundo «masculino» sigue manteniendo de manera simulada las categorías de la sociedad del trabajo.

C. Krisis

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