Nada es verdad

Fue hace bastantes años. Estaba tumbado en el sofá del salón de la casa de mi abuela viendo la típica película de sábado por la tarde. Un huracán amenazaba la tranquilidad de un pequeño pueblo estadounidense. Los protagonistas, una idílica familia norteamericana perfectamente integrada en una comunidad de honrados trabajadores y pequeños propietarios, resistían los embistes de una espectacular tormenta ciclónica que amenazaba con destruir todo por lo que los padres fundadores habían luchado en el pasado. Mi abuela llevaba un buen rato dormida cuando el estruendo de un relámpago que impactó en la pequeña iglesia de madera blanca la despertó súbitamente. Miró con horror la pantalla de la televisión: “qué desgracia, pobre gente”, y se volvió a dormir. Obviamente la iglesia no ardió. Milagro, USA.

Desde aquel día me fijé en algo en lo que antes no había reparado: que mi abuela, que por entonces debía tener casi 90 años, creía que casi todo aquello que veía fugazmente en televisión era verdad. Al contrario de lo que pueda parecer, mi abuela por entonces tenía intactas sus facultades intelectuales. La pregunta no es que cómo era posible que no pudiese distinguir la realidad de la ficción -al fin y al cabo ese tipo de efectos especiales eran bastante novedosos- sino que cómo sabemos nosotros, ahora, qué es verdad y qué es mentira.

Gracias a internet podemos informarnos tanto por los medios de comunicación de masas como por la llamada prensa alternativa. A una distancia de dos enlaces tenemos los datos de la última encuesta de población activa y el documental donde se desvela que Obama es un reptiliano. A no ser que seas un conspiranoico que cree que el gobierno nos fumiga diariamente con veneno para contentar a sus socios extraterrestres, lo lógico es saber discernir perfectamente cual de esas noticias es verdad: ninguna. La gente cree estar muy bien informada, tiene la certeza de poder conocer tanto al versión oficial de cualquier asunto como la alternativa y, dependiendo de sus filias o fobias, se posiciona de forma maniquea. Da igual que sea sobre la guerra de Ucrania, la de Siria, el virus del ébola o el juicio de Isabel Pantoja, la gran mayoría quiere tener una opinión y cree tenerla en base a datos e informaciones que ha buscado o recibido. Todo eso no es más que un despropósito.

El otro día leía la noticia en el un medio digital editado por veteranos norteamericanos que Abu Bakr al-Baghdadi, el líder del ISIS (“Estado Islámico”, el nuevo grupo islamista que dice querer implantar un califato de aquí a Pequín), era en realidad Elliot Shimon, un agente del MOSSAD. Adjuntaban una fotografía actual del líder junto a otra supuestamente más antigua donde posa junto a una mujer. Se parecen mucho, sí, y qué. Más allá de lo fiable o no que pueda ser un medio o de lo verosímil que pueda parecer una noticia, lo cierto es que a día de hoy es imposible sacar ninguna conclusión a partir de una fotografía o un vídeo. Los editores de imagen son tan avanzados que es muy difícil discernir si lo que estamos viendo es una imagen tal cual o ha sido retocada, si lo que estamos viendo es verdad o no. Pensad en los vídeos virales, en aquel mono que coge un kalashnikov y se pone a pegar tiros o algunos de esos donde un tipo lanza un balón desde no sé cuántos metros, rebota tres veces y encesta. ¿Cuántas veces nos la han colado?

La verdad, como juicio veraz y objetivo, es imposible. Cuanto más pretenda uno informarse, más elementos aparentemente verosímiles y a la vez enfrentados tendrá a su disposición. Más allá de lo que uno quiera creer, lo cierto es parece que no podemos ya alcanzar ningún conocimiento verdadero sobre casi ningún hecho. Todo parece verdad y todo parece mentira. Posicionarse ante un hecho es más una inclinación, creer una versión porque interesa personalmente o porque responde a unas ideas preconcebidas.

Voy más allá. Ni siquiera los hechos basados en datos son verdad. Todo dato, toda experiencia, no es más que una interpretación o la suma de varias. Decía Nietzsche en “La Voluntad de poder” que “lo necesario es que algo deba ser tenido por verdadero, no que algo sea verdadero”. El matiz es importante. Los humanos, como el resto de animales, deben sobrevivir en un mundo que les es hostil. Los humanos basan su seguridad no en ciertas capacidades físicas sino en la llamada capacidad intelectual. Lo que le da seguridad al humano son las verdades, construcciones intelectuales y reflexivas sobre las cosas y los hechos que pretenden ser objetivas. La verdad, como todo pensamiento racional, es una construcción, no una realidad en sí. El hombre crea a su medida un mundo inteligible, categórico, esencialista, conceptual, ordenado y comprensible frente a la realidad del caos y el orden de la naturaleza para protegerse, para sobrevivir.

La Verdad, como idea y concepto, es ante todo una valoración útil y necesaria para la existencia de la mayoría de humanos. “La verdad es apariencia. Verdad significa realización de poder, elevación a la mayor potencia. Para Nietzsche, nosotros los artistas = nosotros los buscadores del conocimiento o de verdad = nosotros los inventores de nuevas posibilidades de vida” (Deleuze). El problema surge cuando los humanos olvidan su naturaleza creadora, el recurso originario para evitar el abismo de una existencia incomprensible. Es decir, lo que permitió al humano sobrevivir le ha acabado esclavizando:

“En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser Verdad, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira”
Nietzsche

La humanidad desea sobrevivir no sólo a su existencia, sino a si misma. La “voluntad de verdad” es una expresión de la “voluntad de poder”, es decir, de dominación. Dominar la experiencia de la vida a través de la creación de la verdad, dominar al resto de animales, dominar la naturaleza. A partir de las verdades creadas los hombres y mujeres imponen sus conceptos, sus interpretaciones, al resto de existencias: trata de doblegar a la vida y a todo lo existente. La humanidad, en un sentido estricto, es una especie totalitaria. Y toda esa voluntad de poder, de imposición, nace de su miedo a la vida tal y como es.

La utilidad de una verdad reside en su capacidad para permitirnos vivir con seguridad, sobrevivir, conservarnos, potenciarnos. La verdad es, en definitiva, una creencia necesaria para seguir existiendo, nuestra defensa frente al peligro de la vida. A diferencia del resto de animales, nuestra supervivencia se basa en el autoengaño. Nuestra verdad es la gran mentira, y en base a ella hemos esclavizado al resto de cosas y existencias sin darnos cuenta de que hemos sido rehenes de nuestro propio mecanismo para sobrevivir. Nuestra existencia, en definitiva, es la gran mentira.

Parece que sólo nos queda la máxima “nada es verdad, todo está permitido”, y sin embargo también es mentira. Lejos de ser un mantra ultraescéptico, la cita popularizada por William S. Burroughs pertenece a Hassan I Sabbah, un místico ismailita líder de los famosos hashshashín, cuyo significado real es que el mundo visible es irreal en comparación con la divinidad. Al contrario de lo que pensaba Nietzsche, Hassan I Sabbah no se refería a ninguna transvaloración de los valores transcendentales y, por lo tanto, el nihilismo; sino que el mundo tal y como lo conocemos no es tan verdad/real como la realidad de Allah, por lo que los iniciados ismailis estaban exentos de seguir las leyes terrenales. Y aunque no creamos en ese otro mundo celestial y divino en el que creían ellos, podríamos quedarnos y recuperar su actitud frente a lo terrenal -lo sociocultural- para evitar nuestra propia trampa y, tal vez, vivir una existencia mucho más interesante.

Diego Volia

13 comentarios en “Nada es verdad

  1. No había pensado sobre ello. El peor enemigo de las personas es precisamente aquello que nos distingue de las otras especies animales: nuestra capacidad de razonar. Ningún animal es tan cruel como nosotros, ningún animal es capaz de hacer tanto daño como nosotros, ningún animal podría crear estructuras de poder y dominación como nosotros.

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    • ¿Adivina cuál es el animal que, también, cuida de más especies distintas de la suya? Las generalizaciones tienen un filo tan doble que no se da cuenta uno hasta que nota la ropa empapada y caliente. ;-)

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  2. No puedo estar más de acuerdo. Y además está muy bien expuesto. Los mayores ilusos actuales no son tu abuela reeditada hoy, sino los que se creen informados porque leen prensa, ven internet y la tele, escuchan la radio y tienen no sé si la virtud de soportar el tedio de la política, por ejemplo, para esmerarse en seguirla…”Informarse cuesta”, era el lema de Le Monde Diplomatique. Hoy por hoy informarse de según qué cosas no cuesta mucho, es casi imposible.

    Además una cosa son los datos, la INFORMACIÓN (pensemos que está ya depurados como válidos o ciertos); otra cosa es el CONOCIMIENTO (la elaboración de esos datos para obtener conclusiones, como hace la ciencia) y otras cosa es la SABIDURÍA (aplicar ese conocimiento a la propia vida para vivirla mejor, al estilo de los antiguos griego). De lo primero tenemos en exceso y sin depurar, de lo segundo, sólo alguno, de lo tercero en este puto mundo casi nadie, tu abuela quizás.

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  3. Regresamos a la mesa. El chileno y el peruano vuelven a la carga. Y yo:

    —En realidad no me gusta hablar de política.

    —¿Por qué?

    —En realidad no entiendo nada de política.

    —Eso es imposible. La política está en todo.

    —Eso es lo que los políticos te han hecho creer. Yo creo que realmente la política está en nada. Desde mi punto de vista, nada tendría que ver con la política.

    —A ver, explícate, Pedro Juan. Eso es absurdo.

    —No me explico. Ya les dije que no me gusta hablar de política. Nadie entiende nada de política.

    —Eso no es así.

    —Sí es así. Los primeros que no saben lo que hacen ni hacia dónde van son los dirigentes políticos. Generalmente no pueden mantener el rumbo más de un año. Después de ese tiempo ya son náufragos y la corriente los empuja. Entonces, ¿qué es la política? Un barco al garete en medio de la tormenta. ¿Vamos a bailar?

    PEDRO JUAN GUTIERREZ: Animal tropical

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  4. Es interesante pensar sobre la relación existente entre verdad y realidad. Me gusta la categoría nietzscheana de verdad como ficción útil. Pero yo iría un paso más allá, y negaría la existencia de la verdad, incluso como ficción. Siendo constructivista, asumimos una idea de verdad construida socialmente. Pero si una categoría es una construcción social, si es mutable porque es inherente a su propio carácter de constructibilidad, entonces no es. Ya Parménides lo decía hace unos cuantos… Algo que continuamente cambia, que carece de unidad, no es. Y por supuesto no debemos de tener miedo a la no-existencia. La no-existencia asumida de la verdad, nos da pie a construir sin categorías metafísicas que nos lastren a la hora de comunicarnos.
    Dice Nietzsche que la verdad es una ficción útil para vivir en comunidad. Y es que la noción de verdad y su monopolio sirve también para adoctrinar y gobernar. Es decir, la verdad es una categoría metafísica que alimenta a los sistemas de dominación y a la autoridad.

    La adicción a la #MetanMetafísica es difícil de resistir. Darse cuenta de la adicción es el primer paso, pero es fácil caer en ella sin darse cuenta. Seguiremos siendo adictas toda la vida, aunque todos los días luchemos contra ello.

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  5. Estoy de acuerdo con lo aquí expuesto, pero me gustaría plantear algunas preguntas. En efecto, nada es verdad, pero las “verdades” aceptadas socialmente se basan en la experiencia y la memoria colectiva de nuestra especie. Aunque les falta razón, aunque a menudo sean una simplificación maniqueísta que pervierte la realidad, para aquellos más torpes, sin facultades creativas o críticas, quizás estas “verdades” sean mejores que un enfrentamiento al librepensamiento, ya que no sabrían responder ante cada situación para respaldar sus propios intereses. Si no sabes qué te conviene, al menos actúa de manera que la sociedad te dé palmaditas en la espaldas. Claro que esto no ocurriría necesariamente con las personas con menos facultades para actuar a favor de sus propios intereses, sino con aquellas que confiasen más en el criterio de los demás.
    Para concluir, ahí van mis preguntas:
    ¿Las verdades convencionales son un lastre para todo aquel que las sigue? ¿Y para aquel que no? Después de todo, el adoctrinamiento para vivir en sociedad hace que muchos cumplan a rajatabla unas normas de las que otros pueden liberarse.

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  6. Me han gustado mucho tus reflexiones. Y estoy de acuerdo con que la verdad se nos escapa y posicionarse ante un hecho termina siendo una cuestión de gusto personal.

    La verdad se nos escapa, incluso, en el recuerdo de hechos de los que hemos sido protagonistas o únicos espectadores. Con el tiempo, a veces, la realidad se distorsiona en nuestro recuerdo. ¿Realmente recordamos los hechos o solo recordamos las palabras que tantas veces hemos utilizado para narrarlos?

    Estoy de acuerdo también con que el humano basa su seguridad, además de en cuestiones físicas, en sus construcciones intelectuales, en sus ideas. Hace poco leí “Anatomía de la destructividad humana”. Ahí, Erich Fromm plantea eso mismo, entre otras cosas. Y dice que por eso hay tantos enfrentamientos ideológicos que llegan al extremo del asesinato y de la guerra. Porque el ser humano experimenta los ataques ideológicos como amenazas contra su existencia.

    Y lo del hombre intentando dominar la naturaleza por miedo a la vida tal cual es, me hizo recordar a ciertas impresiones que tuve, hace mucho tiempo, en un viaje de ácido. Juro que fue la única vez que me drogué en mi vida, jajaja. El siguiente es un fragmento de algo que tengo escrito sobre mi experiencia de esa vez:

    “En medio de la caminata, mientras miraba las casas y los árboles, descubrí, como si fuera una revelación divina, que el hombre edificaba sus viviendas con aristas, llenas de ángulos rectos, para diferenciarse y protegerse de la naturaleza, de formas onduladas y caprichosas. El hombre temía el caos de la naturaleza, pero él mismo era naturaleza. Negaba su esencia y creía escapar de la misma por medio de lo artificial. Pero lo artificial no existía, puesto que era obra del hombre, que era natural. Esa casa cuadrada, cúbica, de ladrillo a la vista, de techo a dos aguas, lleno de tejas ordenadas en perfecta simetría, en esencia, no se diferenciaba en lo absoluto al nido del ave o al dique del castor. Pero el hombre pensaba que sí. Y se enorgullecía de eso. Lo único que tenía era miedo. Miedo a ser invadido por el caos. Por el caos que él creía fuera de sí, pero que también era parte de su naturaleza. El hombre era tonto y edificaba sus casas con aristas y podaba los árboles, dándoles formas esféricas, cúbicas. Y lo mismo hacía con las mentes de sus hijos, al educarlos. Les cortaba las ramitas que sobraban, para darles una forma perfecta: redonda. O cuadrada. Y así creía que escapaba de algo de lo que, por otro lado, no tenía por qué temer. Definitivamente: el hombre era tonto”.

    Me gustó mucho tu artículo y me gusta la revista.
    Seguiré paseando por aquí y por tu blog personal también, que lamentablemente no tiene habilitados los comentarios.
    ¡Un gusto leerte!
    ¡Saludos!

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  7. Nada es verdad, Todo es mentira.

    Ninguno de los cuatro conceptos existen, hacerlos copular mediante el Ser, nada menos, resulta en una nueva trola y son todas ellas desmontables por la lógica: dame una premisa falsa y te demuestro lo que quieras. Entonces, cómo dar por cierta esta sentencia?

    Visitemos a Platón: sin su mundo inteligible, sin las ideas, no tiene posibilidad de existir ni la verdad ni su contrario. Nos han impuesto que vivir es morir contra nosotros mismos, apartándonos de los instintos en favor de una razón en la que aparcar monstruos y este es el resultado: esquizofrenia social, muerte selectiva y antipsicóticos. En el mundo sensible todo es cierto en cuanto es presente y eso nos hace gozar porque lo tenemos o lo rechazamos.
    Luego llegan los pedagogos del platonismo, que si no hubiera sido traducido al vulgo en forma de religión hoy estaría pudriéndose en las bibliotecas. El dios de los judíos era vengativo hasta que la población dejó de aceptar un miedo impuesto como vehículo en el que pasear su existencia y se tornó imposible. Aparece entonces un dios de esperanza, un Pablo Iglesias del momento… en detrimento del goce de ti mismo.

    Entonces:
    Dios es amor, la biblia lo dice.
    Dios es amor, San Pablo lo repite.
    Y en ese decir y repetir durante dosmil años hemos ido asesinando consciencias.

    Del “conócete a ti mismo” de Delfos a “adorarás a Dios sobre todas las cosas” no hay solo un salto, hay un suicidio colectivo del que solo escapa quien se estima y quien lo impone. Por eso las individualistas hemos sido estigmatizadas desde que el clero tomó el poder. Ahora bien, yo no quiero interpretar la realidad en base a un resto que no conozco, del que no puedo ser físicamente consciente; quiero interpretar ese resto a partir de mi propia consciencia, que no es algo dado, es un potencial que va trabajado y, esta vez sí, me dignifica en cuanto realmente me satisface. No sé qué es ‘adorar’ y ‘Dios’ es solo un significante vacío, conozco a un ‘mí mismo’ y también las cosas, y utilizo unas y desprecio otras en mi camino a completar el misterio que cada día en menor grado soy para mí. Es tras la re-transformación en aquél Único que ya fui –y del que me quisieron sustraer– que me intereso por ese resto que olía a opresión y que ahora juzgo opresor, pero sin magia alguna ya sé que debo iniciar a combatirlo.
    Entonces, tras muchas luchas estériles con los compas y las compos, llego a una conclusión aterradora: la opresión no empieza en el cura, el alcalde, el presidente o el banquero, empieza en tu madre y en tu padre que te ofrecían miedo a lo desconocido a cada una de tus preguntas. Y tan desconocido era yo para mí mismo como lo era para unos padres que, naturalmente, me temían: “cómo acabará éste?” –se decían mientras se intentaban dar paz confiando en mi ulterior domesticación en convenciones llegado el momento de mi presentación pública, donde obligatoriamente habría de explicar mi privado y casi mi íntimo… pero público, privado e íntimo son ambientes que desarrollar en otro momento. Muerto Dios, es ya hora del siguiente parricidio.

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  8. Volia, solo aclarar, pues podría parecer lo contrario, que “La voluntad de poder” no es una obra de Nietzsche sino de su nazi hermana.

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  9. si no podemos estar seguros de que información es veridica o no, lo unico que queda es ser honestos con nosotros mismos, en cada instante con una natural atención a aquello que sentimos o pensamos, percibir directamente la intencionalidad de la información, hacia que disposición afectiva nos quiere llevar, solo eso y desde ahi investigar y cuestionar por nosotros mismos.
    saludos @de_humanizer

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