El nihilismo es insobornable

En su célebre escrito metafísico intitulado Monadología Gottfried Leibniz, filósofo y matemático alemán del siglo XVIII, ofrece una formulación de lo que se conoce en filosofía como el “Principio de razón suficiente”:

Nuestros razonamientos están fundados sobre dos grandes principios: el de contradicción…, y el de la razón suficiente, en virtud del cual consideramos que ningún hecho podría hallarse ser verdadero o existente, ningún enunciado verdadero, sin que haya una razón suficiente por la que ello sea así y no de otra manera, si bien estas razones las más de las veces no nos puedan ser conocidas.

De acuerdo a este principio no existiría en el universo un solo hecho que pudiera ser considerado contingente o azaroso. Para todo hecho ha de existir una explicación que logre dar cuenta de él de manera suficiente aún cuando nosotros, en tanto seres humanos, no seamos capaces, accidental o esencialmente, de conocerla. Leibniz reúne ese acervo de explicaciones posibles de la existencia toda en un ente supraterrenal: Dios; y hace de la doctrina de la armonía preestablecida el eslabón que media entre el cielo y la tierra y que opera como la clave del arcano de la existencia. Todo en la realidad se encuentra armónicamente relacionado de manera preestablecida por un diseño divino.

La formulación leibniziana del principio de razón suficiente es un ínfimo ejemplo de aquéllo de lo cual la filosofía ha abominado durante la mayor parte de su historia: el azar, la contingencia y el sinsentido. La totalización de la realidad bajo un sistema complejo pero cerrado de explicación ha sido el esfuerzo más notorio de las grandes tradiciones filosóficas y sus eminentes figuras. Es con la irrupción de la letra nietzscheana en el siglo XIX que este camino de más de dos milenios de existencia se bifurca para ya no volver jamás sobre sus pasos. Aun cuando sería falso decir que las nociones de azar, contingencia, sinsentido y por sobre todo de la nada no han hecho su aparición previamente a Nietzsche en la historia de la filosofía, sí resulta atinado decir que es a partir del diagnóstico nietzscheano del nihilismo que dichas nociones pasan a ser los puntos de partida desde los cuales la filosofía detona toda su potencia de pensamiento; y es a partir de él que se dejarán de lado la ilusión del principio de razón suficiente y la búsqueda de una totalización de la realidad bajo un sistema conceptual completo y suficiente.

En un exhaustivo trabajo sobre el concepto de nihilismo, el filósofo italiano Franco Volpi lo define como “la situación de desorientación que aparece una vez que fallan las referencias tradicionales, o sea, los ideales y los valores que representaban la respuesta al ‘¿para qué?’, y que como tales iluminaban el actuar del hombre.” El pensamiento contemporáneo, como hemos dicho, se nutre de esta falta de principios rectores, de por qués y de para qués, y parte del vaciamiento del sentido de la existencia como clima central de la época que atraviesa el ser humano. Algunos filósofos postnietzscheanos como Jacques Derrida, aún sin tematizar específicamente el nihilismo, insisten en la esencia antisistemática de todo discurso filosófico postulando la existencia de un “resto” que impide toda posibilidad de cierre de una teoría basada en primeros principios y derivaciones de los mismos. La filosofía, como actividad idiosincrática del existente humano, ya no puede recurrir a principios rectores, a postulados considerados como verdaderos que potencien el pensamiento especulativo ni a valores supremos que guíen el discurrir del pensamiento práctico a los fines de una teoría sobre la moral humana.

Ahora bien, la trampa del nihilismo es la imposibilidad de su propia disolución. El nihilismo es un estado de carácter aporético. Una aporía es literalmente un callejón sin salida: a-poría es la negación de un pasaje hacia otro lugar. El nihilismo nos encierra en su lógica enferma. El estado nihilista del pensamiento humano nos pide la omisión de todo principio rector de nuestro vivir y de nuestro teorizar. No obstante lo cual tanto la vida en sociedad como el discurso filosófico no pueden escapar de la decadencia del ordenamiento piramidal. Actuamos en base a valores que consideramos relevantes o cuando menos deseables. Pensamos en base a conceptos centrales. El pensamiento filosófico, al decir de Martin Heidegger, es en todas partes metafísico. La gramática de nuestra lengua es por entero metafísica ergo nuestro pensamiento, incluso aquel que sólo nos sirve a los fines del vivir, es metafísico. Para Heidegger la verdadera salida de la metafísica está en la poesía, mientras que para Nietzsche el paso de una decadencia nihilista, de una muerte metafísica, a un estado de ultrahumanidad, de superación, o mejor dicho de experiencia del nihilismo de modo no decadente, es la aceptación de la ficcionalidad de todo valor supremo, el aprendizaje de una vida que carece de sentido último, el goce del devenir del azar y la potencia poética del niño que juega a crear nuevos valores para destruirlos y luego crear otros y otros. A fin de cuentas el nihilismo es insobornable. La elección es o bien paralizarse en él o aprender a vivir dentro de él.

danihila von wildenburg

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