La jerarquía, por Max Stirner

Las reflexiones históricas sobre nuestra herencia mongólica que intercalo aquí en forma de digresión, no tienen pretensión alguna de profundidad ni de solidez. Si las presento al lector, es simplemente porque creo que pueden contribuir al esclarecimiento de lo demás.

La historia de la humanidad, que pertenece, propiamente hablando, a la raza caucásica, parece haber recorrido hasta el presente dos períodos. Al primero, durante el cual tuvimos que despojarnos de nuestra original naturaleza negra, sucedió el período mongol (chino). El período negro representa la antigüedad, los siglos de dependencia a las cosas (se devoraban los pollos sagrados, vuelo de las aves, estornudo, trueno y relámpagos, murmullo de los árboles, etc. ); el período mongol representa los siglos de dependencia a los pensamientos, es el período cristiano. Al porvenir le están reservadas estas palabras: Yo soy poseedor del mundo de las cosas y del mundo del Espiritu.

El valor de mi Yo no puede encarecerse, en tanto que el duro diamante del no-yo (sea este no-yo el Dios o el mundo) continúe a un precio tan exorbitante. El no-yo está aún demasiado verde y demasiado duro para que Yo pueda catarlo y absorberlo. Los hombres, con una actividad extraordinaria por lo demás, no hacen más que arrastrarse sobre ese inmutable, es decir, sobre esa substancia, como insectos sobre un cadáver cuyos jugos sirven como alimento, y que por ello no le destruyen. Todo el trabajo de los mongoles es una actividad de gusanos. Entre los chinos, en efecto, todo continúa como antes; una revolución no suprime nada esencial o substancial, y no hace más que volverlos más afanosos en torno de lo que queda en pie, lo que lleva el nombre de antigüedad, de abuelos, etc.

Por eso, en el período mongol que atravesamos, todo cambio no ha sido nunca más que una reforma, una mejora, jamás una destrucción, un trastorno, una aniquilación. La substancia, el objeto, permanece. Toda nuestra industria no ha sido más que actividad de hormigas y saltos de pulgas, juglerías, sobre la cuerda tirante de lo objetivo y servicios corporales bajo el bastón del capataz de lo inmutable o eterno. Los chinos son ciertamente el más positivo de los pueblos, y eso porque están enterrados bajo los dogmas; pero la Era Cristiana tampoco ha salido de lo positivo; es decir, de la libertad restringida, de la libertad hasta cierto límite. En los grados más elevados de la civilización, esa actividad es llamada científica y se traduce por un trabajo que reposa sobre una suposición fija, una hipótesis inconmovible.

La moralidad, bajo su primera y más ininteligible forma, se presenta como hábito. Obrar conforme a los usos y costumbres de su país, es ser moral. Por ello es más fácil a los chinos obrar moralmente y llegar a una pura y natural moralidad: no tienen más que atenerse a las viejas usanzas, a las viejas costumbres y odiar toda innovación como un crimen que merece la muerte. La innovación es, en efecto, la enemiga mortal del hábito, de la tradición y de la rutina. Está fuera de duda que el hábito acoraza al hombre contra la importunidad de las cosas y le crea un mundo especial, el único en el que se siente en su casa, es decir, un cielo. ¿Qué es un cielo, en efecto, sino la patria propia del hombre, donde nada extraño le solicita y le domina, donde ninguna influencia terrena le enajena, en una palabra, donde, purificado de las manchas terrenales, pone fin a su lucha contra el mundo, donde no tiene ya que renunciar a nada? El cielo es el fin de la renuncia, el goce libre. El hombre no tiene que renunciar a nada, porque allí nada le es extraño u hostil.

El hábito es, pues, una segunda naturaleza que desata y libra al hombre de su naturaleza primitiva y le pone al abrigo de los azares de esa naturaleza. Las tradiciones de la civilización china han prevenido todas las eventualidades. Todo está previsto. Suceda lo que quiera, el chino sabe siempre cómo debe portarse; no tiene necesidad nunca de tomar consejo de las circunstancias. Jamás un acontecimiento inesperado le precipita del cielo de su reposo. El chino que ha vivido en la moralidad y que se ha aclimatado a ella perfectamente, ni puede ser sorprendido, ni desconcertado; en toda ocasión guarda su sangre fría, es decir, la calma del corazón y del espíritu, porque su corazón y su espíritu, gracias a la previsión de las viejas costumbres tradicionales, no pueden trastornarse ni turbarse en ningún caso, lo imprevisto no existe ya. Por el hábito, la humanidad asciende el primer escalón de la civilización o de la cultura y como, ascendiendo en la cultura, se imagina alcanzar, al mismo tiempo, el cielo o reino de la cultura y de la segunda naturaleza sube en realidad por el hábito el primer escalón de la ascensión celestial.

Si los mongoles han afirmado la existencia de seres espirituales, y creado un cielo, un mundo de Espíritus, los caucásicos, por otra parte, durante millares de años, han luchado contra esos seres espirituales para penetrarlos y comprenderlos. No hacían en esto más que edificar sobre el terreno mongol. No edificaban sobre la arena, sino en los aires; han luchado contra la tradición mongol y asaltado el cielo mongol, el Thian. ¿Cuándo acabarán por aniquilarlo definitivamente? ¿Cuándo se convertirán por fin en auténticos caucásicos y se encontrarán a sí mismos? La inmortalidad del alma, que en los últimos tiempos parecía haberse consolidado más, presentándose como inmortalidad del Espíritu, ¿cuándo se invertirá en mortalidad del Espíritu?

Gracias a los industriosos esfuerzos de la raza mongol, los hombres habían construido un cielo, cuando los caucásicos, en tanto que por tradición mongol se cuidaban del cielo, se entregaron a una tarea opuesta: la tarea de asaltar ese cielo de la moralidad y conquistarlo. Derribar todo dogma para elevar sobre el terreno devastado uno nuevo y mejor, destruir las costumbres para poner en su lugar costumbres nuevas y mejores, ésa es toda su obra. Pero ¿esta obra es lo que se propone ser y alcanza verdaderamente su objeto? No: esta persecución de lo mejor está contaminada de mongolismo; no conquista el cielo más que para crear uno nuevo, no derriba una antigua potencia más que para legitimar una nueva, no hace, en suma, más que mejorar. Y sin embargo, el objetivo, por mucho que repetidamente se pierda de vista, es la destrucción verdadera y completa del cielo, de la tradición, etcétera; es, en una palabra, el fin del hombre asegurado únicamente contra el mundo, el fin de su aislamiento, de su solitaria interioridad. En el cielo de la civilización, el hombre trata de aislarse del mundo y quebrar su potencia hostil. Pero este aislamiento celeste debe ser destruido a su vez y el verdadero fin de la conquista del cielo es la destrucción, el aniquilamiento del cielo. El caucásico que mejora y que reforma, obra como mongol, porque no hace más que restablecer lo que era, es decir, un dogma, un absoluto, un cielo. El, que ha consagrado al cielo un odio implacable, edifica cada día nuevos cielos; elevando cielo sobre cielo, no hace más que aplastarlos uno bajo el otro; el cielo de los judíos destruye el de los griegos, el de los cristianos destruye el de los judíos, el de los protestantes el de los católicos, etc. Si esos titanes humanos llegan a liberar la sangre caucásica de su herencia mongol, enterrarán al hombre espiritual bajo las cenizas de su prodigioso mundo espiritual, el hombre aislado bajo su mundo aislado y a todos los que construyen un cielo, bajo las ruinas de ese cielo. Y el cielo es el reino de los Espíritus, el dominio de la libertad espiritual.

El reino de los cielos, el reino de los Espíritus y de los fantasmas, ha encontrado el puesto que le convenía en la filosofía especulativa. Se ha convertido en el reino de los pensamientos, de los conceptos y de las ideas; el cielo está poblado de ideas y de pensamientos y ese reino de los Espíritus es la realidad misma.

Querer libertar el Espíritu es puro mongolismo, libertad del Espíritu, del sentimiento, de la moral, son libertades mongoles.

Se considera la palabra moralidad como sinónimo de actividad espontánea, de libre disposición de sí mismo. Sin embargo, no hay nada de eso; al contrario, si el caucásico ha dado pruebas de alguna actividad personal, ha sido a pesar de la moralidad que tenía de sus adherencias mongolas.El cielo mongol o tradición moral ha seguido siendo una incontestable fortaleza, y el caucásico ha dado pruebas de moralidad sólo por los asaltos repetidos que le ha dado; porque si ya no hubiese tenido ningún cuidado de la moralidad, si no hubiera visto en esta última su perpetuo e invencible enemigo, la relación entre él y la tradición, es decir, su moralidad, habría desaparecido.

El hecho de que sus impulsos naturales sean todavía morales, es precisamente lo que le queda de su herencia mongol; es una señal de que no se ha repuesto todavía. Los impulsos morales corresponden exactamente a la filosofía religiosa y ortodoxa, a la monarquía constitucional, al Estado cristiano, a la libertad dentro de ciertos límites, o para emplear una imagen, al héroe clavado en su lecho de dolor.

El hombre no habrá vencido realmente al chamanismo y al cortejo de fantasmas que arrastra detrás de sí, más que cuando tenga la fuerza de rechazar, no sólo la superstición, sino la fe, no sólo la creencia en los espíritus, sino la creencia en el Espíritu.

Quien cree en los espectros no se inclina más profundamente ante la intervención de un mundo superior que lo hace quien cree en el Espíritu, y ambos buscan un mundo espiritual tras el mundo sensible. En otros términos, engendran otro mundo y creen en él; ese otro mundo, creación de su espíritu, es un mundo espiritual; sus sentimientos no perciben ni conocen nada de ese otro mundo inmaterial, sólo su espíritu vive en él. Cuando se cree, como el mongol, en la existencia de seres espirituales, no se está lejos de concluir que la esencia propiamente humana es su Espíritu y que se deben dedicar todos sus cuidados solamente al Espíritu, a la salvaci6n del alma. Se afirma así la posibilidad de obrar sobre el Espíritu, lo que se llama influencia moral.

Salta, pues, a la vista que el mongolismo representa la negación radical de los sentidos y el reinado del sin-sentido y de la contranaturaleza y que el pecado y la conciencia del pecado han sido durante miles de años una plaga mongol.

Pero ¿quién reducirá el Espíritu a su nada? El, que mediante su Espíritu descubrió la Naturaleza como nada, limitada y perecedera, sólo él puede probar la nadeidad del Espíritu. Yo lo puedo, y entre vosotros lo pueden todos aquellos que, en tanto que Yo ilimitado, dominan y crean, lo puede; en una palabra, el egoísta. (…)

Divídense los hombres en dos clases, los cultos y los incultos. Los primeros, en la medida en que eran dignos de esta apelación, se ocupaban con los pensamientos, con el Espíritu, y como durante la era postcristiana, que tuvo el pensamiento por principio, eran los amos, exigieron de todos la más respetuosa sumisión a los pensamientos reconocidos por ellos. Estado, Emperador, Iglesia, Dios, Moralidad, Orden, etc., son éstos pensamientos o espíritus que no existen más que para el Espíritu. Un ser simplemente vivo, un animal, se inquieta de ellos tan poco como un niño. Pero los incultos no son en realidad más que niños y el que no piensa más que en proveer a las necesidades de su vida, es indiferente a todos los fantasmas; pero por otra parte, carente de fuerza contra ellos, acaba por sucumbir a su poder y ser dominado por pensamientos. Tal es el sentido de la jerarquía.

¡La jerarquía es la dominación del pensamiento, el dominio del Espíritu!

Hemos sido jerárquicos hasta ahora, oprimidos por quienes se apoyan en pensamientos. Los pensamientos son lo sagrado.

Pero a cada instante el culto choca con el inculto, y a la inversa, no sólo en ocasión del encuentro de dos hombres, sino en un solo y mismo hombre. Porque ningún culto es tan culto que no tenga algún placer en las cosas, obrando con ello como un inculto, y ningún inculto carece totalmente de pensamientos. Hegel pone en evidencia la ardiente ansiedad del hombre precisamente más culto, por las cosas, y su repudio de toda teoría hueca. Así la realidad, el mundo de las cosas, debe corresponder completamente al pensamiento, y ningún concepto debe carecer de realidad. Eso es lo que ha hecho llamar objetivo al sistema de Hegel, con preferencia a toda otra doctrina, porque el pensamiento y el objeto, lo ideal y lo real celebraban en él su unión. Este sistema no es sin embargo, más que la apoteosis del pensamiento, su despotismo más extremo, su poder absoluto; es el triunfo del Espíritu y con Él el triunfo de la filosofía. La filosofía no puede elevarse más alta, pues su culminación es la omnipotencia del Espíritu, su totalitarismo.

Los hombres espirituales se han puesto Algo en la cabeza que debe ser realizado. Tienen las nociones de Amor, de Bien, etc. que desearían ver realizadas. Quieren, en efecto, fundar sobre la Tierra un reino, en el que nadie obrará ya por interés egoísta, sino por Amor. El Amor debe dominar. Lo que se han puesto en la cabeza no tiene más que un nombre; es una idea obsesiva. Su cerebro está hechizado, y el más importuno, el más obstinado de los fantasmas que ha elegido allí su domicilio, es el Hombre. Acordaos del proverbio: El camino del infierno está empedrado de buenas resoluciones. La resolución de realizar completamente en sí al Hombre es uno de esos excelentes empedrados del camino de la perdición y los firmes propósitos de ser Bueno, Noble, Caritativo, etc., proceden de la misma cantera. (…)

¡Cuán limitado es el imperio del hombre! Debe dejar al sol seguir su camino, al mar levantar las olas, a la montaña elevarse hacia el cielo. Se ve impotente ante lo inmutable. ¿Puede defenderse de la sensación de impotencia frente a este mundo titánico? El mundo es la ley inquebrantable a la que el hombre ha de someterse, la ley que determina su destino.

¿Cuál fue el objetivo de los esfuerzos de la humanidad precristiana? Defenderse de los golpes de la suerte y escapar a su merced. Los estoicos lo consiguieron mediante la apatía, considerando como indiferentes los azares de la naturaleza, y no dejándose afectar por ellos. Horacio, con su célebre Nihil mirari, proclama igualmente con indiferencia frente al otro, al mundo, que no debe ni influir sobre nosotros, ni excitar nuestro asombro. Y el impavidum ferient ruinae del poeta expresa precisamente la misma impasividad que el tercer versículo del salmo XLV: No temeremos, cuando la tierra se hunda … etc. En todos ellos, el aforismo sobre la vanidad del mundo, abre las puertas al desprecio cristiano del mundo.

La impasibilidad de espíritu del sabio, por la que el mundo antiguo prepara su ruina, recibió una sacudida interior, que ni la ataraxia, ni el estoicismo pudieron proteger. El Espíritu, sustraído a la influencia del mundo, insensible a sus golpes, elevado por encima de sus ataques, ese Espíritu que ya no se asombra de nada y al que el derrumbamiento del mundo hubiera sido incapaz de conmover, vino a desbordarse irresistiblemente, distendido por los gases (espíritus, gas, vapor) nacidos en su interior; y cuando los choques mecánicos venidos de fuera llegaron a ser impotentes contra él, las afinidades químicas, excitadas en su seno, entraron en juego y empezaron a ejercer su maravillosa acción.

La historia antigua se cierra virtualmente el día en que Yo consigo hacer del mundo Mi propiedad. Mi padre me ha puesto todas las cosas en mis manos. El mundo cesa de aplastarme con su poder, no es ya inaccesible, sagrado, divino, etc.; los dioses han muerto y Yo trato al mundo tan a mi antojo, que sólo de mí dependería operar en él milagros, que son obras del espíritu: yo podría derribar montañas, ordenar a esa morera que se desarraigase y fuese a arrojarse al mar, y todo lo que es posible, es decir, pensable. Todas las cosas son posibles al que cree. Yo soy el señor del mundo, el señorío está en Mí. El mundo se ha hecho prosaico, porque lo divino ha desaparecido de él: es Mi propiedad y Yo uso de ella como me place, esto es, como place al Espíritu.

Con la ascensión del Yo a poseedor del mundo, el egoísmo consigue su primera victoria, y una victoria decisiva; ha vencido al mundo y lo ha suprimido, confiscando en su provecho la obra de una larga serie de siglos.

¡La primera propiedad, el primer trono, está conquistado!

Pero el señor del mundo no es todavía señor de sus pensamientos, de sus sentimientos y de su voluntad; no es el señor y poseedor del Espíritu, porque el Espíritu es aún sagrado, es el Espíritu Santo. El cristianismo, que ha negado el mundo, no puede negar a Dios.

La lucha de la antigüedad era una lucha contra el mundo, el combate de la Edad Media fue un combate contra sí mismo, contra el Espíritu. El enemigo de los antiguos había sido exterior; el de los cristianos fue interior, y el campo de batalla en que llegaron a las manos fue la intimidad de su pensamiento, de su conciencia.

Toda la sabiduría de los antiguos es la Cosmología, toda la sabiduría de los modernos es la Teología, la ciencia de Dios.

Los paganos (comprendidos los judíos), habían acabado con el mundo: se trató, en lo sucesivo, de acabar consigo mismo, con el Espíritu, y de negar el Espíritu, es decir, de negar a Dios.

Durante cerca de dos mil años nos hemos esforzado en avasallar al Espíritu Santo, y poco a poco hemos desgarrado algunos jirones de la santidad y los hemos pisoteado, pero el formidable adversario se levanta siempre de nuevo bajo otras formas u otros nombres. El Espíritu no ha cesado aún de ser divino, santo, sagrado. Hace largo tiempo, en verdad, que no se cierne ya por encima de nuestras cabezas como una paloma; hace largo tiempo que no desciende ya sólo sobre los elegidos; se deja coger también por laicos, etc.; pero en cuanto Espíritu de la humanidad, es decir, Espíritu del hombre, permanece para Ti y para Mí como un Espíritu ajeno, muy lejos de ser una propiedad de la que podamos disponer según nuestro antojo.

Es cierto, no obstante, un hecho que ha dominado visiblemente el desarrollo de la historia postcristiana: el afán de convertir el Espíritu Santo en humano, aproximarlo a los hombres, o aproximar los hombres a él. Por ello ha sido concebido finalmente como el Espíritu de la Humanidad, y nos parece más fácil, más familiar y asequible bajo sus diversos nombres de idea de la Humanidad, Género Humano, Humanismo, filantropía, etc.

¿No se debería pensar que hoy cada uno puede poseer el Espíritu Santo, interpretar la Idea de la Humanidad y realizar en sí el Género Humano?

No, el Espíritu no ha perdido ni su santidad, ni su inviolabilidad, no nos es accesible y no es nuestra propiedad, porque el Espíritu de la Humanidad no es Mi Espíritu. Puede ser mi ideal, y en cuanto yo lo pienso, lo llamaré Mío; el pensamiento de la humanidad es Mi propiedad y lo pruebo superabundantemente por el solo hecho de que yo hago de él lo que me place y le doy hoy tal forma y mañana tal otra. Nos representamos el Espíritu bajo los aspectos más diversos, pero es, sin embargo, un fideicomiso que no puedo enajenar ni tampoco puedo suprimir.

A la larga y después de múltiples avatares, el Espíritu Santo se ha convertido en la idea absoluta, la cual a su vez, dividiéndose y subdividiéndose, ha dado a luz a las diversas ideas de filantropía, de buen sentido, de virtud cívica, etc. Pero ¿puedo llamar a la idea Mi propiedad cuando es la idea de la humanidad y puedo considerar al Espíritu como superado, cuando debo servirle y sacrificarme por Él?

La antigüedad, al declinar, no consiguió hacer del mundo su propiedad sino una vez destruida su supremacía y su divinidad y haber reconocido su vanidad y su impotencia.

Mi actitud frente al Espíritu es idéntica: si lo reduzco a un fantasma y rebajo el poder que ejerce sobre Mí al rango de una ilusión, no parecerá ya ni santo, ni sagrado, ni divino, y Yo me serviré de él en vez de servirle, como me sirvo de la Naturaleza, a Mi gusto y sin el menor escrúpulo.

La naturaleza de las cosas, la noción de las relaciones, deben guiarme: la naturaleza de las cosas enseña cómo debo portarme con ellas; la noción de las relaciones, me enseña a obtener conclusiones.

¡Como si la idea de una cosa existiese por sí misma! ¡Como si la relación que Yo concibo no fuese única, por el hecho de que Yo, que la concibo, soy Único! ¿Qué importa el título bajo el cual los demás la pongan? Pero lo mismo que se ha separado la esencia del hombre del hombre real, y que se juzga a éste con arreglo a aquélla, así también se ha separado al hombre real de sus actos, a los que se aplica como criterio la dignidad humana. Las ideas deben decidir sobre todo; son ideas las que gobiernan la vida, son ideas las que reinan. Tal es el mundo religioso al que Hegel ha dado una expresión sistemática, cuando, poniendo método en el absurdo, sienta sobre las leyes de la lógica los cimientos profundos de todo su edificio dogmático. Las ideas nos imponen la ley, y el hombre real, es decir, Yo, estoy forzado a vivir según esas leyes de la lógica. ¿Puede haber una dominación peor, y no convino desde el principio el cristianismo en que no se perseguía otro fin que hacer más rigurosa la dominación de la ley judaica? (No ha de perderse ni una letra de la ley.)

El liberalismo no ha hecho más que poner otras ideas a la orden del día: ha reemplazado lo divino con lo humano, la Iglesia con el Estado y el fiel con el sabio, o, en general, los dogmas toscos y los aforismos anticuados por ideas reales y leyes extemas.

Hoy nada reina ya en el mundo más que el Espíritu. Una innumerable multitud de ideas zumban en todos sentidos en las cabezas; y ¿qué hacen los que quieren avanzar? ¡Niegan esas ideas para poner otras en su lugar! Ellos dicen: os formáis una idea falsa del Derecho, del Estado, del Hombre, de la libertad, de la verdad, del honor, etc., la idea que hay que formarse del Derecho, etc., es más bien una que proponemos. Así, la confusión de las ideas va creciendo.

La historia del mundo es cruel para nosotros, y el Espíritu ha conquistado un poder soberano. Tú debes respetar Mis miserables zapatos, que podrían proteger Tus pies desnudos, debes respetar Mi sal, gracias a la cual tus patatas estarían menos insípidas, y Mi soberbia carroza, cuya posesión Te pondría para siempre al abrigo de la necesidad; no puedes alargar la mano hacia todo ello. Todas esas cosas, y otras innumerables, son independientes de Ti, y el hombre debe reconocerlas como tales; debe tenerlas por intangibles e inaccesibles, honrarlas, respetarlas, ¡desgraciado de él si eleva la mano a ellas, eso lo llamamos tener las uñas largas!

¿Qué nos queda? Bien poca cosa; ¡ay, tanto valdría decir que nada! Todo nos es arrebatado, y no podemos intentar nada de lo que no nos ha sido dado; si vivimos, no es más que por la clemencia del donador, que nos ha concedido esa gracia. Ni siquiera Te es permitido recoger un alfiler si no has pedido antes permiso, y si no eres autorizado para ello. ¿Y autorizado por quién? ¡Por el respeto! Sólo cuando él Te haya otorgado la propiedad de ese alfiler, podrás bajarte y cogerlo. Más aún no podrás tener ningún pensamiento, pronunciar ninguna sílaba, efectuar ningún acto que tengan en Ti sólo su sanción, en lugar de recibirla de la moralidad, de la razón o de la humanidad.

¡Bienaventurada ingenuidad la del hombre que no conoce más que sus apellidos, con qué crueldad se ha procurado inmolarte sobre el altar de la fuerza!

Alrededor del altar se levanta una iglesia, y esa iglesia se agranda, y sus murallas se apartan cada día más. Lo que cubre la sombra de sus bóvedas es sagrado, inaccesible a tus deseos, sustraído a tus ataques. Con el vientre vacío, rondas al pie de esas murallas, buscando para apagar Tu hambre algunos restos de lo profano, y los círculos de tu carrera se ensanchan sin cesar. Pronto esa Iglesia cubrirá la Tierra entera, y Tú serás rechazado a sus más lejanos límites; un paso aún y el mundo de lo sagrado habrá vencido y Tú te hundirás en el abismo. ¡Valor, pues, paria, puesto que es tiempo aún! ¡Cesa de errar, clamando hambre, a través de los campos segados de lo profano, arriésgalo todo y arrójate forzando las puertas en el corazón mismo del santuario! ¡Si destruyes lo sagrado, lo habrás convertido en Tu propiedad! ¡Digiere la hostia, y queda libre!

Fragmento de El Único y su propiedad, de Max Stirner.

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