Espíritus libres frente a librepensadores

Nietzsche también tiene sus Sócrates. Son los librepensadores. Dicen: «¿De qué se queja? ¿cómo habrían triunfado los débiles si ellos mismos no formaran una fuerza superior?»

«Inclinémonos ante el hecho consumado» .Este es el moderno positivismo: se pretende llevar a cabo la crítica de los valores, se pretende rechazar cualquier llamada a los valores trascendentes, se les declara pasados de moda, pero únicamente para volverlos a encontrar,como fuerzas que conducen el mundo actual. Iglesia, moral, Estado, etc.: sólo se discute su valor para admirar su fuerza y su contenido humanos.

El librepensador tiene la singular manía de querer recuperar todos los contenidos, todo lo positivo, pero sin preguntarse nunca por la naturaleza de estos contenidos que se tienen por positivos, ni por el origen ni la cualidad de las fuerzas humanas correspondientes. Es lo que Nietzsche llama el «fatalismo».

El librepensador quiere recuperar el contenido de la religión, pero no se pregunta nunca si la religión no contiene precisamente las fuerzas más bajas del hombre, las que más bien se debería desear que permaneciesen en el exterior. Por eso no es posible confiar en el ateísmo de un librepensador, aunque sea demócrata y socialista: «La Iglesia nos repugna pero su veneno no…» .

Esto es lo que caracteriza principalmente el positivismo y el humanismo del librepensador: el «fatalismo», la incapacidad de interpretar, la ignorancia de las cualidades de la fuerza. A partir del momento en que algo aparece como una fuerza humana o como un hecho humano, el librepensador aplaude, sin preguntarse si esa fuerza no es de baja extracción, y ese hecho todo lo contrario de un hecho noble: «Humano, demasiado humano».

Porque no tiene en cuenta las cualidades de las fuerzas, el librepensamiento, por vocación, está al servicio de las fuerzas reactivas y traduce su triunfo. Porque el hecho siempre es el de los débiles contra los fuertes; «el hecho es siempre estúpido, y siempre le ha asemejado más a un buey que a un dios» .

Al librepensador Nietzsche opone el espíritu libre, el propio espíritu de interpretación que juzga las fuerzas desde el punto de vista de su origen y de sus cualidades: «No existen hechos, sólo interpretaciones».

La crítica del librepensamiento es un tema fundamental en la obra de Nietzsche. Sin duda porque esta crítica descubre un punto de vista según el cual diversas ideologías pueden ser atacadas a la vez: el positivismo, el humanismo, la dialéctica. El gusto por el hecho en el positivismo, la exaltación del hecho humano en el humanismo, la manía de recuperar los contenidos humanos en la dialéctica.

La palabra jerarquía tiene dos sentidos en Nietzsche. Significa, en primer lugar, la diferencia de las fuerzas activas y reactivas, la superioridad de las fuerzas activas sobre las reactivas. Nietzsche puede pues hablar de un «rango inmutable e innato en la jerarquía» ; y el problema de la jerarquía es el mismo que el de los espíritus libres.

Pero jerarquía designa también el triunfo de las fuerzas reactivas, el contagio de las fuerzas reactivas y la organización compleja que viene detrás, donde los débiles han vencido, donde los fuertes son contaminados, donde el esclavo que no ha dejado de ser esclavo prevalece sobre un señor que ha dejado de serlo: el reino de la ley y de la virtud. Y en este segundo sentido, la moral y la religión aún son teorías de la jerarquía.

Si se comparan los dos sentidos, se ve que el segundo es como la otra cara del primero. Hacemos de la Iglesia, de la moral, y del Estado los señores o detentores de toda jerarquía.

Nosotros, que somos esencialmente reactivos, que tomarnos los triunfos de la reacción por una metamorfosis de la acción, y los esclavos por nuevos señores – nosotros, que no reconocemos la jerarquía más que al revés, tenemos la jerarquía que merecemos.

Nietzsche llama débil o esclavo no al menos fuerte, sino a aquél que, tenga la fuerza que tenga, está separado de aquello que puede. El menos fuerte es tan fuerte como el fuerte si va hasta el final, porque la burla, la sutileza, la espiritualidad e incluso el encanto con los que completa su menor fuerza pertenecen precisamente a esta fuerza y hacen que no sea menor. La medida de las fuerzas y su cualificación no dependen para nada de la cantidad absoluta sino de la realización relativa. No puede juzgarse la fuerza o la debilidad tomando por criterio el resultado de la lucha y el éxito.

Porque, una vez más, es un hecho que triunfan los débiles: es incluso la esencia del hecho. Sólo se pueden jugar las fuerzas teniendo en cuenta, en primer lugar, su cualidad, activa o reactiva; en segundo lugar, la afinidad de esta cualidad con el polo correspondiente de la voluntad de poder, afirmativo o negativo; en tercer lugar, el matiz de cualidad que presenta la fuerza en éste u otro momento de su desarrollo, en relación con su afinidad.

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