De la necesidad virtud

La red de interdependencias que constituyen la sociedad está formada por diferentes discursos que crean la conversación en la que vivimos inmersos. La sociedad se hace más compleja y tupida cuanto mayor es el número de discursos potenciales, cuanto más crece el número de variables. La principal amenaza para el individuo en este tipo de conversaciones complejas no es, como sería en una sociedad pre-industrial, de carácter externo, no cabe esperar un castigo físico por salirse del discurso, sino que se manifiesta en el trato de la sociedad hacia el individuo, en las posibilidades que la sociedad le brinda o le niega. Así, el individuo que asimila e integra el discurso del principio de actuación es de alguna forma recompensado por su capacidad para dominar y posponer indefinidamente sus afectos y deseos. En las lineas que siguen se intentará llamar la atención sobre la unidimensionalidad a la que nos conduce el discurso predominante sobre el trabajo, discurso que rige de manera más o menos sutil buena parte de nuestras vidas.

En nuestra sociedad uno de los principios de actuación más evidentes a simple vista es el trabajo. El trabajo es hoy el punto por donde pasa buena parte de la experiencia humana. La formación y la educación se entienden no como herramientas de disfrute personal, sino como etapas necesarias de preparación para llegar a ser eficaz en la producción; la jubilación se concibe como el merecido premio a una vida de sacrificios. La situación actual de desempleo masivo no hace sino evidenciar más si cabe la centralidad de la dimensión del trabajo. En lo que se refiere al día día de una significativa mayoría de sujetos de la sociedad occidental, la forma en la que aparece la satisfacción, como dice Marcuse,

está determinada por su propio trabajo: pero su trabajo está al servicio de un aparato que ellos no controlan, que opera como un poder independiente al que los individuos deben someterse si quieren vivir. Y este poder se hace más ajeno conforme la división del trabajo llega a ser más especializada. Los hombres no viven sus propias vidas sino que realizan funciones preestablecidas [1].

Esas funciones preestablecidas son exteriores al individuo; la satisfacción del trabajo es una satisfacción de carácter externo que es asumida como propia en un contexto autorreferencial.

Si el trabajo ha llegado a ser lo que es en la actualidad no es por casualidad. La ananke de Freud siempre ha estado presente en la existencia del ser humano, incluso se podría decir que es lo que define la existencia como propiamente humana. Desde la horda hasta la actualidad, el ser humano ha tenido que afrontar la necesidad. Sin embargo, lo realmente perjudicial para la experiencia del hombre no es tanto la necesidad, sino la manera en que se ha construido políticamente, el hecho de hacer de la necesidad virtud. Contra este ungimiento clama Nietzsche al señalar el sacrificio que se le exige al individuo en beneficio de la utilidad histórica al someterse deliberadamente a un mercado de trabajo que transforma al ser humano en capital humano [2]. La tendencia a la contabilización y mercantilización de la actividad humana tiene el efecto de separar la praxis de su autor. El trabajo, por sus características propias, puede ser una herramienta para satisfacer y potenciar las universalidades humanas, los placeres, necesidades y facultades que son comunes en nuestra especie [3]. Pero esas universalidades pueden también ser excluidas e ignoradas si el trabajo se torna externo al sujeto. Esta segunda opción es la que el capitalismo parece haber asumido mediante la mercantilización de la praxis, dando la espalda al individuo, alineándolo de su universalidad y creando un sujeto aislado [4].

La institucionalización de la necesidad es el resultado de un proceso asociado a la racionalización des-erotizante de la experiencia. Es un proceso histórico, llevado a cabo por sujetos concretos e intereses de clase que es posible identificar. Si bien los primeros estadios de este proceso pueden remontarse a momentos prehistóricos, las representaciones del individuo y de la sociedad hegemónicas en la actualidad no fueron diseñadas hasta hace dos siglos. La idea de individuo moderno, creada por una academia afín a la burguesía industrial decimonónica, está indisolublemente unida a la necesidad cosificada por el trabajo como principio de actuación en la nueva sociedad burguesa. La ideología que sostiene la nueva sociedad industrial nace de la mano del utilitarismo y de los llamados ingenieros sociales, afanados en derribar el antiguo edificio dinástico y construir uno nuevo basado en conceptos como utilidad o progreso. Estos conceptos, tan orgullosamente racionales y alejados de toda metafísica religiosa o estética, se revelaron desde los primeros momentos como los nuevos monstruos del individuo y los principios vectores de una sociedad sin sociabilización más allá de la heroica identidad laborante.

El resultado de la mitificación de la idea de utilidad social puede verse en la actualidad. El individuo aparece sujeto a discursos de necesidad atravesados por relaciones de dominación que por su supuesto carácter democrático parecen invisibles. Cuando Esteban Gonzalez Pons, una de las caras más mediáticas del PP, se muestra orgulloso de convertir a España en un fábrica de empleados, podemos ver claramente el discurso de nuestra sociedad y lo que ésta espera de sus miembros. La relación que se establece con un contrato de trabajo asalariado es una relación desigual entre el empresario, que dicta las condiciones, y el trabajador, que necesita aceptarlas. Esta relación ha ido evolucionando y perfeccionándose en su búsqueda de la máxima racionalidad y productividad. Desde los experimentos de trabajo a domicilio en los primeros estadios de la revolución industrial inglesa hasta el nuevo management blando que aspira a conseguir la plena identificación del trabajador con la “cultura de empresa”, pasando por el rígido modelo fordista, todas las fases de la historia del trabajo asalariado se caracterizan por subordinar la autonomía del individuo en beneficio de un aumento de la productividad. Se trata de un modelo de organización apadrinado por el Estado nacional, que ha cumplido la función de institucionalizar el discurso de la necesidad desde su revolucionario origen hasta nuestro presente. Sin embargo, lo realmente significativo no es que la derecha liberal, heredera de la autoría del discurso al fin y al cabo, enaltezca la desaparición del individuo en relaciones de dominación que ciegan sus posibilidades de existencia, sino que la práctica totalidad de la izquierda vea en este tipo de dominación un paradigma de relación deseable que en todo caso debe ser matizada mediante organismos de súplica laboral.

Hannah Arendt supo ver con gran lucidez el mecanismo interno de este tipo de sociedad burguesa, que bautizó como sociedad laborante. En la sociedad laborante el animal laborans está sujeto a discursos que describen la vida social como una lucha entre laborantes, como una competencia en el que el trabajo es el único medio con el que prosperar y “ganarse la vida” mientras desaparecen la conciencia y la existencia individual:

La identidad que prevalece en una sociedad basada en la labor y el consumo y expresada en su conformidad, está íntimamente relacionada con la experiencia somática del laborar juntos, donde el ritmo biológico de la labor une al grupo de laborantes hasta el punto de que cada uno puede sentir que ya no es un individuo [5].

La sociedad laborante descrita por Arendt, una sociedad formada por individuos sujetos a la necesidad y cuya satisfacción depende de funciones pre-establecidas, es un tipo de unión antipolítica, pues los valores que se derivan del laborar son esencialmente gregarios; el animal laborans se identifica a través de la necesidad en una unión de semejantes que buscan la instauración de unas condiciones apropiadas para su ciclo predilecto de labor y consumo. Para Maturana este tipo de unión de laborantes no alcanza los mínimos necesarios para llamarla sociedad [6]. Para el chileno la sociedad es una estructura fundada en relaciones de cooperación y no de competición. Además, en la sociedad laborante, formada por sistemas de relaciones laborales, no prima lo humano sino que es la producción, el nuevo espíritu de la historia, el tema central de la conversación.

Resumiendo lo ya dicho, el trabajo tal y como lo define Dominique Meda, como una actividad humana, coordinada y remunerada, consistente en formar una capacidad para un uso ajeno al trabajador, de manera independiente o bajo la dirección de otra persona a cambio de una contrapartida monetaria, es un elemento central en nuestras sociedades occidentales post-industriales. Su centralidad no es ni una casualidad ni una realidad incuestionable. Nada hay de necesario en la contemporánea deificación de la necesidad. Se trata de la consecuencia de un proceso histórico en el que se pueden identificar actores e intereses. Por otra parte, la difusión de un discurso dado sobre el trabajo y la aceptación casi inconsciente por el individuo sujetizado tiene efectos muy específicos, como son la identificación heroica y colectiva del trabajador, y la formación de una asociación de laborantes en la que la necesidad institucionalizada aparece como el rasgo definitorio de sus miembros, negando la potencialidad de la experiencia que se le supone al ser humano.

J. Sampériz

1. Marcuse, H, Eros y Civilización, Sarpe, Madrid, 1983, p. 55.
2. Nietzsche, F, W, Seconde consideration inactuelle. De l’utilité et l’incovenient de l’histoire pour la vie. Edition Numérique: Pierre Hidalgo. La Gaya Scienza, 2012. pp. 56-57.
3. La práxis, ¿primer motor inmovil de la teleología? Revista Nada nº3
4. Lukács, G, Ontología del Ser Social, Ediciones Herramienta, Buenos Aires, 2004, p. 39.
5. Arendt, H, La condición humana, Paidos, Barcelona, 2005, p. 238.
6. Maturana, H, La realidad, ¿objetiva o construída? I Fundamentos biológicos de la realidad. Anthropos. Barcelona, 1995, p. 31

3 comentarios en “De la necesidad virtud

  1. Pingback: Acerca de la "neccesidad" de trabajar

  2. Claro, muy buen articulo : es que hoy lo que hay que saber hacer, es TIRAR LA TELE POR LA VENTANA (mejor enviarsela en la cara a un banquero o a un politico, que a fin de cuentas representan la misma mierda …) , leer y concentrarse, y COPOPERAR CON L@S BUEN@S AMIG@S para hacer cosas utiles fuera del $i$tema …

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