Contra la democracia, el estado y la ley

Ante las elecciones municipales, generales o europeas y las peticiones de reformas parlamentarias o de representabilidad, la postura que hemos defendido siempre ha sido la misma: la abstención. El no reconocimiento de la llamada legalidad democrática y, por tanto, la no participación en ninguna de sus instituciones, como colectivo, ni en ninguno de sus cauces, como individuos. Esta postura ha tenido algunos momentos históricos de gran repercusión, tanto en el plano social como político, como por ejemplo en la década de los treinta, pero en las últimas décadas ha sufrido un ataque por parte de los agentes políticos y comunicadores del Sistema. Este ataque ha intentado desvincular la abstención de cualquier tipo de posicionamiento social, político o ideológico; reconociendo de esta forma la exclusividad de la participación social dentro de los cauces de la representatividad.

En un país en el que parecía que las inquietudes sociales y políticas habían quedado relegadas a una serie de profesionales ha emergido un movimiento autodenominado popular, considerado propiamente como “ciudadano”, que puso en las primeras páginas de los periódicos oficiales la denuncia de una serie de irregularidades que en los últimos tiempos están tornándose insoportables; que, en nuestra opinión, son fruto inherente de los sistemas jerárquicos.

Este movimiento ha dado una especial importancia, desde nuestro punto de vista inmerecida, a la actitud que hemos de tomar los individuos ante las elecciones; municipales en su momento, generales posteriormente, ahora europeas. Y han intentado, desde nuestra opinión, reconducir el descontento de los individuos, de los trabajadores y los llamados cuidadanos hacia los cauces democráticos, continuando y asumiendo el discurso establecido desde el Sistema. Se han puesto en la palestra opciones hasta el momento ampliamente minoritarias como el voto nulo o el voto en blanco, intentando asumir para la democracia representativa a aquellos sectores descontentos con la política actual, en una especie de regeneración de la representatividad.

De esta forma se da una nueva imagen al Sistema, los sectores descontentos con los políticos parece que ya no están en desacuerdo con el Sistema por éstos generado, y base de todas las atrocidades cometidas contra las personas. Simplemente quieren que se vayan unos políticos para que vengan otros a hacer lo mismo, una especie de ensayo conductista que parece tener como intención desmovilizar a la gente por agotamiento o desilusión.

Lo que se intentó de forma generalizada fue asumir como propio un movimiento que, en la teoría, estaba desideologizado y despolitizado; demostrando, en realidad, que asumía la ideología del sistema y hacía el juego a partidos extra o cuasi-extraparlamentarios, poniendo en tela de juicio la veracidad de su apolitización. De esta forma, parecía que todos tenían cabida bajo el lema de reivindicación de una democracia real que, a nosotros, nunca nos ha interesado lo más mínimo. Desde los que defienden la dictadura de los mercados hasta les que defienden la dictadura del proletariado, incluso, y a nuestro pesar, parecía que aquellos que abogan por la abolición del Estado y toda forma de autoridad también se sumaban a las demandas de una democracia más eficaz para ponerla al servicio de los intereses de una clase consumista.

Nosotros, rehusando cualquier tipo de posibilismo, nos declaramos abiertamente antidemócratas. Estamos en contra de la democracia representativa, porque no creemos en ningún tipo de delegacionismo y estamos convencidos de que éste siempre deriva en la usurpación del interés personal. Del mismo modo estamos en contra de la llamada democracia directa, porque esta, por no erradicar el sistema de votación, deriva en la sumisión del individuo a la llamada voluntad colectiva que no tiene porqué representarle. Toda democracia supone la imposición de una mayoría, a lo sumo, sobre un minoría.

Así, dentro de ese obnubilamiento intelectual que genera la democracia a su alrededor, y bajo el cual férreos defensores de estructuras diferentes, dentro de los Sistemas jerárquicos, se autointitulan como incondicionales defensores de los valores democráticos; nosotros nos negamos a sumarnos a esa corriente unitaria y tendenciosa. La democracia, en realidad, no se diferencia, al menos en este aspecto, de otros regímenes totalitarios. Pues si bien en estos se condena a través del castigo físico a sus detractores, en la democracia, además, se les condena a través del ostracismo ideológico, siendo considerados una especie de detractores del género humano.

A nosotros no nos vale la reforma del sistema electoral o la creación de listas abiertas, no nos vale con mejorar un Sistema con el que no estamos de acuerdo. Nos es indiferente el valor que el Sistema quiera dar a nuestra voz, porque lo que pretendemos es que nadie pueda cuantificar nuestra opinión cuantitativamente.

Porque no creemos que sea posible, en ningún modo, que la delegación en una serie de individuos suponga otra cosa que la enajenación del interés de los individuos a merced del interés propio de un individuo, sujeto, de forma generalizada, no sólo a presiones externas, como mercados o intereses de grandes emporios, sino también a favores personales. Tampoco creemos que sea viable el ideal de democracia. Pues las situaciones de corrupción y desentendimiento de la clase política son inherentes al sistema de representación.

No nos vale ni queremos actuar dentro de los cauces legalmente establecidos, no atendemos a ningún tipo de imposición ajena a nosotros mismos.

Contra la democracia, contra el estado, contra la ley.

6 comentarios en “Contra la democracia, el estado y la ley

  1. Estoy de acuerdo, pero:
    Si sólo vota una persona porque el resto se han abstenido, lo que haya votado esa persona será ley y nos tendremos que joder si no nos gusta. Y yo no pienso poner las cosas fáciles a los demás para que me jodan.

    El parlamentarismo (o “democracia” representativa) es claramente antidemocrático. Ya avisan de ello Rousseau y Carl Schmitt. En eso estoy de acuerdo. Pero teniendo la democracia todos los graves fallos que tiene, la prefiero a que venga un tío o un grupo a decirme qué tengo que hacer. Y si el ser humano fuera un ser que como grupo pudiera vivir individualmente y sin imposiciones de otros, viviría así. Yo creo que es posible entre ciertas personas, pero no lo veo viable.

    Finalmente, ¿por qué luchar contra el sistema en busca de una utopía que no existe ni va a existir? ¿Por qué esperar esa “utopía”, que al final es sólo nuestra? ¿Por qué no hacer de nuestra vida en el sistema la utopía que estamos buscando, y buscar en el propio sistema las formas de evadirlo para que no interfiera en nuestra «felicidad»?

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  2. Me ha parecido un artículo muy interesante, y, aunque yo sea demócrata, no voy a ponerme a discutir lo que habéis argumentado porque me parece un debate que se ha repetido hasta la saciedad y del que todas las posturas se han podido enriquecer ya. Por lo que quería preguntaros es por el tema de la democracia directa, porque creía que era la forma de organización que defendían tanto anarquistas como nihilistas. Si no se aboga por la democracia en ninguna de sus formas, ni por ningún otro sistema delegacionista o tiránico (que ya imagino, obviamente, que no), ¿qué perseguís? ¿Es la destrucción de lo establecido primero, y la decisión de un modelo organizativo después? Un saludo.

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    • Creo que el nihilismo (o más bien dicho el artículo), más que una postura, una expulsión de rabia en contra las masas apoyando un libre albedrío del individuo . Puesto que no plantea una búsqueda social. Pero es entendible ya que creo que el nihilismo tiene una cuota de misantropía, además que rechaza toda organización social con mayores participantes.
      Más bien no busca una nueva organización social… es un pensamiento tan puro como utópico si se piensa que las masas fuesen nihilistas, si así fuera, no es nihilista.

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  3. Es un tema realmente interesante.

    Hay distintas realidades, por ejemplo aquí en Argentina el voto es OBLIGATORIO (por ley), en caso de no presentarse, uno es multado económicamente y puede acarrear otra serie de trabas burocráticas (dificultades para salir del país por ejemplo). Lo cual el hecho de no votar, por un lado tiene mayores consecuencias pero a su vez lo convierte en un acto mas “potente”.

    En mi opinión, creo que debemos tratar de romper el sistema sin convertirse uno en la figura de “martir” (esta figura dejemosela a las izquierdas), quiero decir, que nuestros esfuerzos tienen que apuntar hacia lo mismo, no delegar en nadie nuestros anhelos, y todo esto sin dejar de vivir nuestras vidas.

    Y acá es donde están los dilemas, que ya han sido debatidos hasta el hartazgo, cuales son los limites, como luchar, hasta cuando, como, con que, etc…

    Creo yo, que así como tenemos una lucha con el estado, también tenemos un compromiso y responsabilidad con nosotros mismos y nuestras vidas, ambas cosas son importantes.

    Saludos,
    Hernán.

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