Geometría, ideología y geografía de las relaciones de confianza: apuntes sobre violencias de género.

Geometría de la Confianza y el Derecho

Sí cogemos el dicho «las paredes hablan», la denominada sabiduría popular queriendo decir una verdad, engaña. Las paredes oyen, las paredes ven y las paredes saben, pero generalmente, las paredes callan mucho de lo que podrían decir. Las paredes tienen voz, vista y oído e incluso son sensibles al tacto, pero muy habitualmente prefieren cerrar los ojos, morderse la lengua o apartarse de tu lado.

Hay un espacio de derecho que se define, se construye, se destruye o se transforma en las relaciones de confianza: familiares y comunitarias (vecinales, amistosas, laborales…). De ahí mana una educación social y de género, una educación política y una educación sentimental, porque no solo hay que aprender cual es tu lugar y tu función, en que decides y en que te inhibes, también hay que aprender como sentir, para ser y sobrevivir. Así, un hombre que nunca forzaría a la «mujer de otro» lo hace sin reparos de conciencia con la «mujer propia», una mujer que se defenderá con uñas y dientes de un «extraño» soportará estoica la violación de su «propio marido», el mismo chaval que amenaza a otro por acosar a «mi hermana» se dará a sí mismo la potestad de acorralar «ese cuerpo», o una madre puede callar el grito en el cielo por una agresión siempre que el responsable sea «tu hermano». Para eso hay que aprender a sentir un hecho idéntico de maneras diferentes.

Esta es la geometría de la Confianza y el Derecho que, cuando se pasa de la familia a la familiaridad, se vuelve geometría variable. Entonces la verdad puede ser paranoia, la rabia o el temor susceptibilidad, y la cercanía en vez de acercar distancia. No es raro que cuando una mujer denuncia el acoso o la agresión de un buen vecino o un buen amigo ella termine en la picota o marcada, por activa o por pasiva, como un problema. De la misma manera, los hechos que leídos en papel o vistos detrás del cristal de la televisión, son injustificables e indignantes, serán
relativos o «diferentes» detrás de la puerta o al otro lado de la pared. No es una cuestión de estatus o ignorancia, o al menos no necesariamente. Baste recordar como Sigmund Freud diagnosticaba a Dora —hija de un mecenas editorial del psicoanálisis— «deseo edipal y polimorfismo de la conducta sexual», cuando la joven sufría un trastorno por el acoso sexual incesante de un amigo de la familia. El primer patriarca del psicoanálisis emitía así un juicio conveniente para la paz familiar de su amigo y colaborador financiero.

Como indican los datos del Centro de Apoyo a Víctimas de Agresiones Sexuales (CAVAS), es imposible hablar de violencia sexual sin referirse a las relaciones de confianza. Según este centro, que trata una cantidad pequeña del total de agresiones, de los 271 casos atendidos en 2005 mas de un tercio (el 36,5%) corresponden a «conocidos por la víctima o que tienen algún tipo de relación con ella» y que el centro divide entre «conocido reciente» y «persona allegada». Para agredir igual que para defenderse de una agresión, hay que sentirse con derecho de hacerlo, y para eso se requiere de convicción personal y de cierta protección social. El prototipo del violador que aún se dibuja en el imaginario colectivo, el sociópata del callejón, se mueve en una clandestinidad consciente de estar cometiendo un delito. En cambio, la agresión —del tipo que sea — de un esposo, un hermano o un amigo, se hace bajo el secreto y el amparo de la privacidad pero con una patente de parentesco o familiaridad, con la confianza en la cohesión, con la seguridad de la comprensión, la mediación o el silencio de la comunidad. Esto no significa la aprobación colectiva de determinados hechos, pero sí la facilidad para obviarlos o para, una vez visibles e ineludibles, priorizar la protección y la reproducción de la normalidad: que el padre siga siendo el padre, el hermano el hermano y el novio el novio.

Es dentro de esa conciencia de lo normal y lo subnormal —lo que puede ocurrir debajo y protegido por la normalidad, incluso cuando vulnera preceptos y tabúes como el incesto o la pederastia— en la que un marido y no raramente un hermano, un abuelo, un primo o un vecino imponen un acto sexual, mediante coberturas teatrales como el juego, el cariño, la pasión o la seducción. Un contexto que permite hacer algo en contra, a pesar, o sin pensar en la voluntad ajena, con una absoluta tranquilidad moral y emocional, y además tener el privilegio de hacer daño «sin querer», «sin intención», «sin saberlo».

Los hombres que encuentran amparo moral y jurídico en el matrimonio o amparo social y moral en la familia o la comunidad para imponer una voluntad sexual sistemática o circunstancialmente, no actúan nunca, ni ayer ni hoy, por impulso de ninguna disfunción ética o psicológica, no lo hacen por una falla educativa o pedagógica, ni siquiera por mala intención, sino como hemos señalado mas arriba, «por derecho». De la misma manera que cuando una mujer no se defiende, no lo hace por debilidad mental o física o por alguna especie de choque psicológico, sino por una ausencia de derecho.

Ideología y violencia en las relaciones de confianza

Precisamente cuando decimos relaciones de poder hablamos de relaciones de derecho. El poder es mucho más y es habitualmente diferente de la imagen del empujón, la bofetada, la sangre o los hematomas. Forzar a un cuerpo que se resiste, gritarle a un rostro que responde, afirmarse con un golpe contra una negativa, eso, no es exactamente el poder. Aunque sea la fuerza la que habitualmente permite imponer y normalizar una situación, el Poder en su pleno sentido está allí donde la fuerza no es necesaria, donde las cosas pueden precisamente «pasar» sin ningún conflicto visible ni previsible.

Ese 36,5% del que hablamos —y que yo diría que se queda corto— no es una acumulación de «errores» o de «anomalías» individuales, no es un porcentaje de amoralidad ni anormalidad, sino una prueba del buen funcionamiento de las relaciones de confianza como sordina y colchón de las relaciones de violencia. Al hablar de relaciones de violencia, nos referimos también y sobre todo a la no-violencia de las formas de acoso y agresión sexual que no tienen por qué producirse en un escenario de golpes o fuerza física.

Ahí donde se produce la violencia sexual de manera normalizada, «privada» e invisible, es donde se presta más a equívocos y a la sofisticación del lenguaje y las interpretaciones. Será interesante pensar que sí la violencia de género en las clases altas siempre ha tenido un componente psicológico y respetuoso con los estrictos «modales» de la alta sociedad, hoy, la importancia de los modales y las apariencias se trasladan también a las clases medías, que aprenden que en la noviolencia de las buenas formas está el secreto de la decencia y la distinción. O dicho de otra manera, la relación entre violencia, sutileza y buenos modos, que era patrimonio de las clases altas, se ha democratizado.

Por otro lado, en el debate académico y yo diría que incluso las controversias privadas en torno a la violación marital, siguen existiendo diferencias —que recuerdan a la infatigable y estéril discusión relativa a la humanidad del feto y la legitimidad del aborto— sobre sí se requiere o no forzamiento y penetración para definir así la agresión. De alguna manera, esa postura que trata de analizar el hecho de manera aislada, y que exige que para definir una violación no solo halla un conflicto de derechos sino también una derrota física, requiere de que existan una persona fuerte y una persona débil.

Sí recordamos el caso de Nevenka Fernandez, ex-concejala que denunció en 2001 al alcalde de Ponferrada por acoso sexual, es antológica la postura del juez al poner en duda el relato de la denunciante, porque, y cito de memoria, «el aplomo con el que usted declara me indica que es una mujer fuerte y me cuesta imaginarla como una víctima». En esta misma polémica, el periodista Raúl del Pozo, el muy moderado, el muy progresista, entraba así al trapo: «A mi me parece que en esa oscura historia puede haber ocurrido de todo, pero el acoso sexual no es un diagnostico atinado, ni tampoco el de abuso de poder. Ella tiene ese poder del apogeo de la belleza que es mas poderoso que el de un alcalde» («Acoso», El Mundo 3/04/2001). Aunque sea entrar en el terreno de la obviedad, me consta, por conocimiento directo, como hombres frágiles psicológica o físicamente mantienen una sólida posición patriarcal y de dominio, y de la misma manera, me consta que mujeres fuertes e inteligentes, en determinados momentos, han transigido o callado agresiones y relaciones sexuales no deseadas.

Esa noción de persona fuerte y persona débil, muy ideológica, muy del modelo de sabiduría neoliberal, casa igualmente con el mito de la violencia explícita y visible como la representación fundamental del dominio, y con la base de un discurso que quiere relacionar competitividad con igualdad de género. Son conceptos que, con un firme arraigo en el imaginario y las convenciones morales, emborronan fácilmente la realidad social de las relaciones de poder, y la propia visión del acontecimiento cercano y cotidiano.

Nueva geografía para viejas relaciones de confianza

Sin romper en absoluto con lo que contamos y con las viejas estructuras familiares y comunitarias, lo que venimos explicando se desplaza y adopta nuevas formas cuando los tiempos de vida están cada vez mas fuera de lo privado, en el trabajo, el ocio, el espacio público o el ciberespacio.

Hemos dado un salto de una vida esencialmente alrededor del «hogar» en un sentido amplio, a una promiscuidad mercantil en la que se multiplican las formas y los lugares de familiaridad en la misma medida que se reducen la profundidad y el compromiso. Damos lugar, entonces, a una nueva dimensión, una zona de grises donde conviven la cotidianidad, la cercanía y el desconocimiento mutuo, que podemos definir como de relaciones de confianza y superficialidad. Esto ocurre en mitad de una vorágine competitiva y sin que se haya producido una transformación
sustancial de las relaciones sociales y de género. Podemos decir que hemos dado un salto pero no hemos hecho ni una ruptura, ni una revolución, ni una transformación, mas allá de que hayan cambiado los espacios, los tiempos, las técnicas y las tecnologías. Así, pese a la individualización generalizada del plan de vida y a la destrucción de numerosos aspectos de los lazos comunitarios, seguimos estando ante relaciones de poder sociales, sin que las modificaciones del estatus jurídico de las mujeres en general, y el acceso a otros trabajos o a otras opciones de algunas mujeres, hayan variado las líneas de continuidad de la dominación masculina.

A pesar de que en todos los discursos y en cualquiera de las retóricas (pública, privada, institucional o judicial), se ha impuesto un determinado sentido de lo políticamente correcto, en realidad, no hay un dato solvente y suficiente al que agarrarse para hablar de disminución de la violencia de género. Y quienes atribuyen el incremento del número de asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o ex-parejas y otros datos por el estilo, a los «últimos y violentos» coletazos del viejo machismo, se equivocan. La historia y las relaciones de poder no son tan «progresistas» como nosotros.

Hemos dado un brinco y caído mas desnudos sí cabe en el mercado, pero mediados por las mismas relaciones de poder. Eso, que en líneas generales es la vida social convertida en guerra civil, en materia de género lejos de indicar una disminución de la violencia y las agresiones sexuales, hace mas que previsible su crecimiento.

Antón Corpas

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