CUADRO DE SITUACIÓN

EL AMBIENTE SOCIAL

Un caos de seres, hechos e ideas; una lucha desordenada, áspera y sin cuartel; una mentira perpetua; una continua sucesión de eventos que transcurren ciega-mente elevando hoy a algunos para mañana aplastarlos sin piedad.

Una masa informe y anónima, ricos y pobres, esclavos de prejuicios seculares y hereditarios: unos porque en ello encuentran provecho, otros porque están sumergidos en la ignorancia más crasa y no tienen la voluntad de escapar. Una multitud que hace culto del dinero y que tiene como ideal supremo al hombre enriquecido; un gentío embrutecido por los prejuicios, por los métodos de enseñanza, por una existencia artificial, por el abuso del alcohol y los alimentos adulterados y sofisticados; una plaga de degenerados de arriba y de abajo, sin aspiraciones profundas, sin otra meta que “llegar” o vivir tranquilamente.

Lo provisorio amenaza continuamente con transformarse en definitivo, y lo definitivo amenaza no dejar de ser más que algo provisorio. Vidas que engañan a sus propias convicciones y convicciones que sirven de trampolín a ambiciones deshonestas. Librepensadores que se revelan más clericales que los mismos curas, y devotos que se revelan vulgares materialistas. Superficiales que quisieran pasar por profundos y profundos que no logran que los tomen en serio.

Este es el cuadro vivo de la Sociedad, y todavía está muy por debajo de la realidad ¿Por qué? Porque en cada rostro sobresale una máscara; porque nadie se preocupa por ser y todos se preocupan por parecer ¡Parecer!, he ahí el ideal supremo, y si se desea tan ávidamente el bienestar y la riqueza es únicamente para tener la posibilidad de parecer. Porque, con los tiempos que corren, ¡el dinero es lo único que nos deja bien parados!

LA CARRERA DE LA APARIENCIA

Esta manía, esta pasión, esa carrera hacia la apariencia y hacia aquello que la procura devora tanto al rico como al vagabundo, al culto como al iletrado. El operario que maldice al capataz sueña convertirse en capataz; el negociante que hace pompa de su honor comercial no se priva de participar en asuntos poco honra-dos; el pequeño mercader, miembro de un comité patriota y nacionalista, tiene prisa en hacer encargos a los fabricantes extranjeros porque en ello gana su parte; el diputado socialista, abogado defensor del pobre proletariado que se apila en los barrios más sucios de la ciudad, reside en un sitio privilegiado, habita en los barrios señoriales donde el aire es abundante y puro; el revolucionario que impreca las persecuciones y se esfuerza por conmover los corazones sensibles mientras la burguesía -timón del Estado- lo persigue sin tregua, lo encarcela, le niega la libertad de hablar y de escribir, a él lo encontramos, una vez que logró hacerse del poder, más prepotente, más intolerante y cruel que aquellos a los que reemplazó. El librepensador se casa de buena gana por iglesia y casi siempre bautiza a sus hijos. Sólo cuando el gobierno es tolerante el religioso osa ostentar sus ideas, y calla en cambio donde la religión es puesta en ridículo.

¿Dónde encontrar sinceridad, entonces? Por todos lados se extiende la gangrena. Está en el seno de la familia, donde con frecuencia padre, madre e hijos se odian y se engañan aún diciendo amarse. La vemos en los matrimonios, donde marido y mujer, mal atendidos, se traicionan sin osar romper el vínculo que los encadena, o, al menos, sin tener el coraje de hablar franca-mente. Ella se muestra en cada agrupamiento en el que alguno intenta suplantar
al vecino en la estima del presidente, del secretario o del cajero, a la espera de tomar su puesto cuando éstos lleguen al límite de la riqueza. Ella abunda en los actos de abnegación, en las acciones insignes, en las conversaciones privadas, en las declaraciones oficiales.

¡Parecer, parecer, parecer! Puro, desinteresado y generoso parecer -cuando pureza, desinterés y generosidad son vanos embustes-, parecer moral, honesto y virtuoso -cuando la integridad, la virtud y la moral son las preocupaciones menores de aquellos que las profesan. ¿Dónde encontrar alguien que huya del contagio?

LA COMPLEJIDAD DEL PROBLEMA HUMANO

Se nos objetará que tratamos el problema desde un punto de vista metafísico, que hay que bajar al terreno de la realidad, y que la realidad es ésta: que la Sociedad actual es el resultado de un largo proceso histórico que quizás esté recién en sus inicios; que la humanidad o las varias humanidades van buscando su camino, tantean, pierden la vía, la recuperan, progresan y retroceden. Que resultan sacudidas hasta sus bases más profundas por ciertas crisis; que son arrastradas, lanzadas por la ruta del destino para enseguida aflojar la marcha o, por el contrario, marcar el compás. Que raspando un poco el oropel, el barniz, la superficie de las civilizaciones contemporáneas, se desnudan los balbuceos, los infantilismos y las supersticiones de civilizaciones prehistóricas o quizás pre-prehistóricas.

Desde un punto de vista puramente objetivo se nos dirá que la sociedad “actual” abraza todos los seres, todas las aspiraciones, todas las actividades, todos los dolores y sufrimientos también. Comprende los productores y los ociosos, los desheredados y los privilegiados, los sanos y los enfermos, los sobrios y los borrachos, los creyentes y los incrédulos, los peores reaccionarios y los seguidores de las doctrinas más inverosímiles. La sociedad se modifica, evoluciona, se transforma. Lleva en sí los gérmenes de la disolución y el renacimiento; en algunos momentos se destruye a sí misma y en otros se regenera. Aquí ella es caótica; allá ordenada; más allá caótica y ordenada a la vez. Ella glorifica la abnegación, pero exalta el interés. Está a favor de la paz, pero sufre la guerra. Está en contra del desorden, pero acepta las revoluciones. Ella se atiene a los hechos conocidos, pero adquiere sin pausa nuevos conocimientos. Odia todo lo que turba su tranquilidad, pero sigue de buen ánimo a aquellos hijos suyos que saben disipar su desconfianza, o despertar su curiosidad con promesas de distinto tipo, o calmar sus temores con el aliciente de un espejismo. Impreca contra los poderosos, pero al final toma su modelo, adopta sus costumbres y regula sus aspiraciones en base a las de ellos. Sacudida por terribles crisis y arrastrada a los peores excesos, se encuentra naturalmente sierva y vasalla apenas se disipa el humo del incendio. Ella es impulsiva como un muchacho, sentimental como una joven, vacilante como un anciano. Obedece a los instintos más primitivos, los instintos que guiaban a las aves cuando no existía sociedad alguna, pero se plega a las disciplinas más rigurosas, a los reglamentos más severos. Exige que sus conductores se sacrifiquen por ella, pero se rebela cuando la explotan. Es generosa y ávida. La rigidez de los hábitos le resulta insoportable, pero ostenta la decencia. Es partidaria del mínimo esfuerzo pero se adapta al trabajo agotador. Huye de la fatiga pero baila sobre los volcanes. Es mayoritaria pero concede a las minorías. Hace reverencias a los dictadores pero levanta monumentos en honor de los caídos. Una melodía melancólica la hace llorar, pero el redoblar de los tambores despierta en sus recuerdos algo que suena desde hace muchas generaciones: el deseo de masacrar, de destruir, de saquear. Ella es cruel y tierna, avara y pródiga, vil y heroica. Es un crisol inmenso, enorme, en el cual se encuentran y se funden los elementos más dispares, los caracteres más disímiles, las energías más contradictorias; un horno que consume las actividades manuales e intelectuales de sus miembros sólo por el gusto de la destrucción; un campo siempre abonado por las conquistas y las experiencias de generaciones pasadas. Se parece a una mujer en estado de embarazo perpetuo que ignora quién o qué saldrá de su vientre. Es la Sociedad.

Se nos concederá enseguida que no todo es perfecto en la Sociedad, pero ¿no es propio de todo lo actual ser imperfecto? Es a través de la autoridad que ella mantiene los lazos de solidaridad que unen a los hombres -lazos bastante débiles-, pero todavía no se ha demostrado que sin autoridad pudieran subsistir las Sociedades humanas. La hipocresía domina las relaciones entre los hombres, en todos los ambientes y todas las razas; pero todavía no ha sido probado que ella no constituya en realidad una necesidad cuyo origen radica en la multiplicidad de temperamentos, que no sea acaso un expediente instintivo destinado a atenuar los choques y quitar un poco de aspereza a la lucha por la vida.

Las condiciones de producción y distribución de los productos favorecen a los privilegiados y perpetúan la explotación de los que no lo son, pero queda por determinar: 1) si en las circunstancias actuales de producción industrial se podría obtener, sin esa explotación, el rendimiento necesario para el funcionamiento económico de las sociedades humanas; 2) si cada trabajador no es un privilegiado en potencia, es decir, un aspirante a suplantarlo para disfrutar de sus privilegios.

Se nos dirá todavía que es una locura intentar descubrir y establecer la responsabilidad del individuo; que él está sofocado, absorbido por todo aquello que lo rodea; que sus pensamientos y sus gestos reflejan los de los otros; que no puede ser de otra manera y que, si en toda la extensión de la escala social la aspiración es parecer y no ser, la causa debe buscarse en el estado actual de la evolución general y no en el componente mínimo del ambiente social, minúsculo átomo perdido, derretido en un agregado formidable.

Nosotros no nos dirigimos a los que opinan que no hay más salida que dejar a la “inevitable evolución” seguir su lento curso. Nos dirigimos a los insatisfechos y a los que dudan. A los descontentos consigo mismos, a aquellos que sienten el peso de cientos y cientos de siglos de convencionalismos y prejuicios. A aquellos que tienen sed de verdadera vida, de libertad de movimiento, de actividad real y que no encuentran alrededor más que maquillaje, conformidad y servilismo. A aquellos que quieren conocerse más íntimamente. A los inquietos, atormentados, a los que buscan sensaciones nuevas, a los experimentadores de formas inéditas de felicidad individual. A los que no creen nada de lo que fue demostrado. La sociedad se ocupa de los otros, todo el mundo los aprecia y habla bien de ellos: son los “satisfechos”.

Emile Armand
CUADRO DE SITUACIÓN, de su libro “Individualismo Anarquista y camaradería amorosa”

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