Yo también soy un Nihilista

Soy individualista porque soy anarquista y soy anarquista porque soy nihilista. Pero percibo al nihilismo, también a mi manera particular.

No me importa si su origen es escandinavo u oriental, tampoco si tiene o no una tradición histórica, política, práctica o teórica, filosófica, intelectual, espiritual.

Me llamo a mi mismo nihilista porque sé que el nihilismo significa negación. Negación de toda sociedad, de toda cultura, de toda regla y de toda religión. Pero no anhelo al Nirvana más que al desesperado y débil pesimismo de Schopenhauer, que es peor que el violento repudio de la vida en sí. Mi propio pesimismo es entusiasta y dionisíaco como una llama que prende fuego a mi opulencia vital, que desdeña a toda cárcel teórica, científica y ética.

Y si me considero a mi mismo anarquista individualista, iconoclasta y nihilista, es precisamente porque creo que existe una más noble y más integra expresión de mí llena de voluntad y abundante individualidad que, como río que está desbordando, desea extenderse, arrastrando con impetuosidad a los cercos y diques, hasta chocar contra las rocas de granito, partiéndose en pedazos y disolviéndose a su vez. No repugno a la vida. La elogio y la canto.

Quien renuncia a la vida porque siente que ésta no es más que dolor y pena y tampoco encuentra el heroico coraje para suicidarse es, según mi opinión, una figura rara y un hombre condenado, exactamente así como uno es un deplorable ser inferior si cree que el sagrado árbol de la felicidad es una planta torcida por encima de la cual todos los monos logran trepar en un futuro más o menos lejano y que en aquel entonces la sombra del dolor será despejada por fosforescentes fuegos artificiales del verdadero Bien…

La vida, para mi, no es ni buena ni mala, no es teoría ni una idea. La vida es una realidad y la realidad de la vida es la guerra. Para alguien que es guerrero nato la vida es fuente de placer, para los demás es simplemente fuente de humillación y pena. De mi vida no exijo más el alegre placer. No podría ofrecérmelo y ya no sabría qué hacer con el, ahora que mi adolescencia se ha ido…

En vez de eso exijo que me de el perverso placer del combate, el que me ofrece los afligidos espasmos de la derrota y las voluptuosas emociones de la victoria. Derrotado en el fango o vencedor en el sol, ¡canto a la vida y la amo!

No hay otro reposo para mi espíritu rebelde aparte de la guerra, así como no hay felicidad más grande para mi errabunda y herética mente que la afirmación sin obstáculos de mi capacidad de vivir y gozar. Cada una de mis derrotas me sirve sólo como un sinfónico preludio para una nueva victoria. A partir del día en que llegué a la luz, tras una fortuita casualidad la cual no voy a analizar ahora, iba llevando conmigo mi propio Bien y mi propio Mal. Esto significa: mi alegría y mi pena, todavía en un estado embrionario. Y ambos evolucionaron conmigo con el paso del tiempo. Cuanto más intensamente sentía placer, más profundamente percibía la pena. No puedes suprimir a una sin suprimir la otra.

Ahora he derribado la puerta y descubrí los jeroglíficos de la Esfinge. El placer y la pena son simplemente dos licores con los que la vida se está emborrachando alegremente. Por lo tanto no es verdad que la vida es un sucio y espantoso desierto en el que flores no florecen más ni las frutas rojas maduran. Y hasta la más poderosa de todas las penas, una que conduce un hombre fuerte al consciente y trágico derrumbamiento de su propia individualidad, es sólo una robusta encarnación del arte y de la belleza.

Y vuelve otra vez la corriente humana universal con las cegadoras rayas del crimen que destruye y arrastra a toda la cristalizada realidad del limitado mundo de los muchos para elevarse hacia la absoluta e ideal llama y dispersarse en el interminable fuego de lo nuevo.

La rebeldía de un ser libre contra la pena es sólo el más íntimo, apasionado deseo por un placer más intenso y más grande. Pero el placer más grande aparece delante de él únicamente en el espejo de una pena más profunda y se junta con él luego en un inmenso y bárbaro abrazo. Y de este inmenso y fructífero abrazo brota la noble sonrisa de uno que es fuerte, mientras que, en medio del conflicto, canta el más estruendoso himno a la vida. Un himno tejido de ultraje y desprecio, de voluntad y grandeza. Un himno que vibra y palpita en la luz del sol, mientras que ello ilumina a las tumbas, un himno que resucita a la nada y lo llena con sonidos.

Más allá del espíritu esclavo del Sócrates que estoicamente acepta la muerte y del libre espíritu del Diógenes que cínicamente acepta la vida, se está alzando el triunfal arco iris sobre el cual baila el sacrílego aniquilador de los nuevos fantasmas, el radical destructor de todo mundo moral. Es el ser libre que sigue bailando por las alturas, entre el magnífico resplandecer del sol. Y cuando las gigantescas nubes de la oscuridad tenebrosa se elevan desde los pantanosos abismos para impedirlo que vea la luz y bloquear su camino, aquel se abre el camino a tiros de su Browning o les para la marcha con la llama de su imponente fantasía, obligándolas a someterse como humildes esclavos debajo de sus pies.

Pero sólo aquel que sabe y ejerce la rabia iconoclasta de la destrucción es capaz de poseer el placer nacido de la libertad, de esta libertad única que se fecunda por la pena. Me levanto contra la realidad del mundo exterior por el triunfo de la realidad de mi mundo interior.

Rechazo la sociedad por el triunfo de mi Yo. Rechazo la estabilidad de toda regla, toda costumbre y toda moralidad por la afirmación de todo instinto que hierva con voluntad, toda emocionalidad libre, toda pasión y toda fantasía. Me burlo de todo deber y todo derecho para poder cantar la libre voluntad. Desprecio el futuro para sufrir y complacerme con mi bien y mi mal en el presente. Aborrezco la humanidad porque no es mi humanidad. Odio a los tiranos y desprecio a los esclavos. No quiero y no ofrezco solidaridad, porque estoy convencido de que ella es una nueva cadena y porque estoy de acuerdo con Ibsen que el más solitario es el más fuerte. Este es mi Nihilismo. Vida, para mi, no es más que un heroico poema de placer y perversión, escrito con las ensangrentadas manos de la pena y el dolor o un trágico sueño de arte y belleza.

Renzo Novatore

Publicado en “Nichilismo”, nº 4, Milano, 21 de mayo de 1920

4 comentarios en “Yo también soy un Nihilista

  1. Interesante reflexión de Renzo, como siempre, aunque como siempre estoy bastante lejos de coincidir con él, lo cual no me quita apreciar su desarrollo intelectual y vital desde la heterodoxia, claro y siempre.

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