La simulación casino-capitalista de la sociedad del trabajo

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La conciencia social dominante se engaña sistemáticamente sobre la verdadera situación de la sociedad del trabajo. Las regiones de colapso son ideológicamente excomulgadas, las estadísticas del mercado de trabajo descaradamente falsificadas, las formas de pauperización disimuladas por los media. La simulación es, sobre todo, la característica central del capitalismo en crisis. Esto vale también para la propia economía. Si por lo menos en los países centrales occidentales parecía hasta ahora que el capital sería capaz de acumularse incluso sin trabajo, y que la forma pura del dinero sin sustancia podría garantizar la continua valorización del valor, esta apariencia se debe a un proceso de simulación de los mercados financieros. Como reflejo de la simulación del trabajo mediante medidas coercitivas de la administración democrática del trabajo, se formó una simulación de la valorización del capital mediante la desconexión especulativa del sistema crediticio y de los mercados accionarios de la economía real.

La utilización de trabajo presente es sustituida por la usurpación de la utilización de trabajo futuro, el cual nunca se realizará. Se trata, en cierto modo, de una acumulación de capital en un ficticio «futuro del subjuntivo». El capital-dinero, que ya no puede ser reinvertido de manera rentable en la economía real y que, por eso, no puede absorber más trabajo, tiene que desviarse forzosamente hacia los mercados financieros.

Ya el impulso fordista de la valorización, en los tiempos del «milagro económico» después de la Segunda Guerra, no era totalmente autosustentable. Más allá de sus ingresos fiscales, el Estado tomó créditos en cantidades hasta entonces desconocidas, puesto que las condiciones estructurales de la sociedad del trabajo ya no eran financiables de otra manera. El Estado empeñó todos sus ingresos reales futuros. De esta manera surgió, por un lado, una posibilidad de inversión capitalista financiera para el capital-dinero «excedente» ­se prestaba al Estado con intereses. El Estado pagaba los intereses con nuevos empréstitos y reenviaba inmediatamente el dinero prestado al circuito económico. Por otro lado, financiaba los costos sociales y las inversiones de infraestructura, creando una demanda artificial, en el sentido capitalista, por tanto sin la cobertura de ningún gasto productivo de trabajo. El boom fordista fue prolongado así más allá de su propio alcance, en la medida en que la sociedad del trabajo sangraba su propio futuro.

Este proceso simulativo del proceso de valorización, aún aparentemente intacto, ya alcanzó sus límites junto con el endeudamiento estatal. No sólo en el Tercer Mundo, sino también en los centros, las «crisis de la deuda» estatales no permitirán más la expansión de este procedimiento. Este fue el fundamento objetivo para el avance victorioso de la desregulación neoliberal que, conforme a su ideología, sería acompañada de una reducción drástica de la aportación estatal en el producto social. En verdad, la desregulación y la reducción de las obligaciones del Estado están compensadas por los costos de la crisis, aunque sea bajo la forma de costos estatales de represión y simulación. En muchos Estados, la aportación estatal incluso aumenta.

Pero la acumulación subsecuente del capital ya no puede ser simulada a través del endeudamiento estatal. Por eso se transfiere, desde los años 80, la creación complementaria de capital ficticio a los mercados de acciones. Allí, desde hace tiempo, no se trata más de dividendos, de la participación en las ganancias de la producción real, sino más bien de ganancias de cotización, por el aumento especulativo del valor de los títulos de propiedad en escalas astronómicas. La relación entre la economía real y el movimiento especulativo del mercado financiero se invirtió completamente. El aumento especulativo de la cotización ya no anticipa la expansión de la economía real, sino que, al contrario, el ascenso de la creación ficticia de valor simula una acumulación real que ya no existe.

El dios-trabajo está clínicamente muerto, pero recibe respiración artificial a través de la expansión aparentemente autonomizada de los mercados financieros. Hace tiempo que las empresas industriales tienen ganancias que no resultan de la producción y venta de productos reales ­lo cual se ha convertido en un negocio deficitario­, sino de la participación en la especulación de acciones y divisas elaborada por un departamento financiero «experto». Los presupuestos públicos muestran ingresos que no derivan de impuestos o tomas de créditos, sino de la participación aplicada de la administración financiera en los mercados de casino. Los presupuestos privados, en los cuales los ingresos reales de salarios se han reducido dramáticamente, consiguen mantener todavía un consumo elevado a través de los préstamos de las ganancias en los mercados accionarios. Se crea así una nueva forma de demanda artificial que, a su vez, tiene como consecuencia una producción real y unos ingresos estatales reales «sin suelo para los pies».

De esta manera, la crisis económica mundial está siendo aplazada por el proceso especulativo; pero como el aumento ficticio del valor de los títulos de propiedad sólo puede ser una anticipación de la utilización o futuro gasto real de trabajo (en la escala astronómica correspondiente) ­lo que ya no ocurrirá­, entonces el engaño objetivado será desenmascarado necesariamente, después de un cierto período de incubación. El colapso de los emerging markets de Asia, América Latina y el Este europeo ofreció apenas el primer sabor. Es sólo cuestión de tiempo el que colapsen los mercados financieros de los EE.UU., la Unión Europea y Japón.

Este contexto es percibido de una forma totalmente distorsionada en la conciencia fetichizada de la sociedad del trabajo y, principalmente, en la de los «críticos del capitalismo» tradicionales de la izquierda y la derecha. Fijados en el fantasma del trabajo, que fue ennoblecido en cuanto condición existencial suprahistórica y positiva, confunden sistemáticamente causa y efecto. El aplazamiento temporal de la crisis, por la expansión especulativa de los mercados financieros, aparece así de manera invertida como supuesta causa de la crisis. Los «especuladores malvados», así llamados a la hora del pánico, arruinan a toda la sociedad del trabajo porque gastan el «buen dinero» que «existe de sobra» en el casino, en vez de invertirlo de una manera sólida y bien educada en maravillosos «puestos de trabajo», a fin de que una humanidad loca por el trabajo pueda tener su «pleno empleo».

Simplemente no entra en estas cabezas, en modo alguno, que la especulación hizo que las inversiones reales se detuvieran, aunque éstas ya se convirtieron en no rentables en el decurso de la tercera revolución industrial, y el alza especulativa es sólo un síntoma de ello. El dinero que aparentemente circula en cantidades infinitas ya no es, incluso en el sentido capitalista, un «buen dinero», sino apenas «aire caliente» con el que se levantó la burbuja especulativa. Cada intento de reventar esta burbuja por medio de cualquier proyecto de medida fiscal (tasa Tobin, etc.) para dirigir nuevamente el capital-dinero hacia los engranajes pretendidamente «correctos» y reales de la sociedad del trabajo, sólo puede llevar a malgastarla más rápidamente.

En vez de comprender que todos nosotros nos convertiremos incesantemente en no rentables, y que por ello se deben atacar tanto el propio criterio de rentabilidad como los fundamentos de la sociedad del trabajo, prefieren satanizar a los «especuladores». Esta imagen barata del enemigo es cultivada al unísono por los radicales de la derecha y los autónomos de la izquierda, funcionarios sindicalistas pequeñoburgueses y nostálgicos keynesianos, teólogos sociales y presentadores de talk shows, en suma, por todos los apóstoles del «trabajo honrado».

«Tan pronto como el trabajo, en su forma inmediata deja de ser la gran fuente de riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar de ser su medida, y, por ello, el valor de cambio (la medida) del valor de uso. (…) En virtud de esto, la producción fundada en el valor de cambio se desmorona y el propio proceso de producción material inmediato se despoja de la forma de la privación y de la oposición.» (Karl Marx, Grundrisse, 1857/1858)

Punto 13 del MANIFIESTO CONTRA EL TRABAJO del Grupo Krisis

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