Nihilismo de género: un antimanifiesto

Introducción

Nos encontramos en un impasse. Las posturas actuales de la liberación transgénero han centrado sus reinvindicaciones en una concepción redentora del género. Ya sea mediante un doctor o mediante el diagnóstico de un psicólogo, o por una afirmación personal en la forma de una declaración social, nos hemos creído que hay cierta verdad interna hacia el género que debemos intuir.

Una colección infinita de proyectos políticos positivos han señalado el camino que ahora mismo transitamos; una cantidad infinita de pronombres, banderas y etiquetas. El movimiento actual dentro de la política trans ha buscado hacer más amplias las categorías del género, con la esperanza de poder aliviar el daño que hacen. Esto es, cuanto menos, ingenuo.

Judith Butler habla del género como “el aparato mediante el cual tienen lugar la producción y la normalización de lo masculino y lo femenino, junto con las formas intersticiales hormonal, cromosómica, psíquica y performativa que el género asume.” Si las posturas actuales de liberación de nuestres hermanes y camaradas trans tienen su raíz en intentar expandir las dimensiones sociales creadas por este aparato, nuestra obra es la exigencia de ver este aparato hecho cenizas.

Somos radicales que se han hartado de tantos intentos de salvar el género. No nos creemos que pueda funcionar para nosotres. Miramos a la transmisoginia a la que nos hemos enfrentado, la violencia generificada que nuestres camaradas, tanto trans como cis, han experimentado; y nos damos cuenta de que el aparato en sí mismo hace esa violencia inevitable. Hemos tenido suficiente.

No queremos crear un sistema mejor, porque no nos interesan para nada posturas positivas. Todo lo que pedimos en el presente es un ataque sin cese al género y los modos de significado social e inteligibilidad que crea.
En el núcleo de este nihilismo de género residen varios principios que serán explorados en detalle: el antihumanismo como fundamento y piedra angular, la abolición del género como una exigencia, y la negatividad radical como método.

Antihumanismo

El antihumanismo es una piedra angular que mantiene el análisis nihilista de género unido. Es el punto desde el cual empezamos a comprender nuestra situación actual; es crucial. Al decir antihumanismo, queremos dar a entender un rechazo del esencialismo. No hay un humano esencial. No hay naturaleza humana. No hay un yo transcendente. Ser un sujeto no es compartir un estado metafísico de la existencia (ontología) con otros sujetos.

El yo, el sujeto es un producto del poder. El “yo” en “yo soy un hombre” o “yo soy una mujer” no es un “yo” que trascienda esas declaraciones. Esas declaraciones no revelan una verdad sobre el “yo”, sino que constituyen el “yo”. Hombre y Mujer no existen como etiquetas para ciertas categorías metafísicas o esenciales de la existencia, son más bien símbolos discursivos, sociales y lingüísticos históricamente contingentes. Evolucionan y cambian con el tiempo; sus implicaciones siempre han estado determinadas por el poder.

Quien somos, en el mismo núcleo de nuestro ser, quizás no se encuentre en absoluto en la realidad categórica del ser. El yo es una convergencia de poder y discursos. Cualquier palabra que usas para definirte, cualquier categoría identitaria en la que te encuentras, es el resultado de un desarrollo histórico de poder. El género, la raza, la sexualidad, y toda otra categoría normativa no hacen referencia a una verdad sobre el cuerpo del sujeto o el alma del sujeto. No hay un yo estático, un “yo” consistente”, no hay un sujeto que trascienda la historia. Solo podemos referirnos a un yo con el lenguaje que se nos da, y ese lenguaje ha fluctuado radicalmente a lo largo de la historia, y continúa fluctuando hoy en día.

No somos nada sino la convergencia de muchos discursos distintos y lenguajes que están fuera de nuestro control, y aun así experimentamos la sensación de voluntad. Navegamos estos discursos, a veces subvirtiéndolos, siempre sobreviviendo. La habilidad de navegar no indica un yo metafísico que actúe sobre una sensación de voluntad, solo indica que hay una amplitud simbólica y discursiva rodeando nuestra constitución.

Por ello entendemos el género a través de estos términos. Vemos el género como una recopilación de discursos encarnados en la medicina, la psiquiatría, las ciencias sociales, la religión y nuestras interacciones diarias con los demás. No vemos el género como una característica de nuestros “auténticos seres”, sino como una órden de significado e inteligibilidad en la que operamos. No miramos al género como algo que se pueda decir que es poseído por un yo estable. Por el contrario, decimos que el género se hace y es participado, y que este hacer es un acto creativo mediante el cual se construye el yo y se le dan significancia y significado sociales.

Nuestro radicalismo no puede parar aquí, debemos más allá citar las pruebas históricas que evidencian que el género opera de esta manera. El trabajo de muchas feministas descoloniales ha sido muy influencial en demostrar las maneras en las que las categorías occidentales del género fueron violentamente forzadas en las comunidades indígenas, y cómo esto requirió un cambio lingüístico y discursivo completo. El colonialismo produjo nuevas categorías de género, y con ellas nuevos métodos violentos con los que reforzar una serie de normas de género. Los aspectos visuales y culturales de la masculinidad y la feminidad han cambiado con los siglos. No hay un género estático.

Hay un componente práctico a esto. La cuestión de humanismo contra antihumanismo es la cuestión sobre la que se basará el debate entre el feminismo liberal y el abolicionismo nihilista del género.

La feminista liberal dice “yo soy una mujer” y con ello quiere decir que son espiritualmente, ontológicamente, metafísicamente, genéticamente, o de cualquier otro modo “esencialmente” una mujer. La nihilista de género dice “yo soy una mujer” y quiere dar a entender que está localizada en cierta posición dentro de un matriz de poder que les constituye como tal.

La feminista liberal no es consciente de las maneras en las que el poder crea el género, y por tanto se aferra al género como una manera de legitimarse ante los ojos del poder. Intentan utilizar distintos sistemas del conocimiento (ciencias genéticas, postulados metafísicos sobre el alma, ontología kantiana) para intentar probar al poder que pueden operar dentro de él. La nihilista de género, la abolicionista de género, observa el sistema del género en sí mismo y ve violencia en su núcleo. Decimos no a un acercamiento positivo al género. Queremos que desaparezca. Sabemos que apelar a las formulaciones actuales del poder siempre es una trampa liberal. Nos negamos a legitimarnos.

Es necesario que esto sea entendido. El antihumanismo no niega la experiencia vivida de nuestres hermanes trans que han tenido una experiencia de género desde una edad temprana. Simplemente reconocemos que dicha experiencia siempre estuvo determinada por los términos del poder. Miramos a nuestras propias experiencias infantiles. Vemos que incluso en la declaración transgresiva “Somos mujeres” en la que negamos la categoría que el poder nos ha impuesto, hablamos en el lenguaje del género. Hacemos referencia a la idea de “mujer”, que no existe como una verdad estable, pero referencia el discurso que la constituye.

Entonces afirmamos que no hay un yo verdadero que pueda ser encontrado antes del discurso, antes del encuentro con los demás, antes de la mediación de lo simbólico. Somos productos del poder, ¿así que qué hacemos?

Por tanto, terminamos nuestra exploración del antihumanismo volviendo a las palabras de Butler.

“Mi agencia no consiste en negar la condición de tal constitución. Si tengo alguna agencia es la que se deriva del hecho de que soy constituida por un mundo social que nunca escogí. Que mi agencia esté repleta de paradojas no significa que sea imposible. Significa sólo que la paradoja es la condición de su posibilidad.”

Abolición del género

Si aceptamos que el género no se encuentra dentro de nosotros como una verdad transcendental, sino que existe fuera de nosotros en la dimensión del discurso, ¿a qué debemos aspirar? Decir que el género es discursivo es decir que el género ocurre no como una verdad metafísica dentro del sujeto, sino que ocurre como una vía por la cual mediar en la interacción social. El género es un marco, una subcategoría del lenguaje, y una serie de símbolos y signos, comunicados entre nosotros, construyéndonos y siendo reconstruidos por nosotros constantemente.

Entonces, el aparato del género opera cíclicamente: mientras somos constituidos por él, también nuestras acciones diarias, rituales, normas y actuaciones lo reconstituyen. Es darse cuenta de esto lo que permite que se manifieste un movimiento en contra del ciclo. Dicho movimiento debe comprender la naturaleza persuasiva y penetrante del aparato. La normalización tiene una manera insidiosa de naturalizar, tomar en cuenta y subsumir la resistencia.

En este punto se vuelve tentador utilizar ciertas posturas liberales de la expansión. Un número enorme de teorizadores y activistas han declarado que la experiencia transgénero puede suponer una amenaza al proceso de normalización que es el género. Hemos escuchado la sugerencia de que la identidad no-binaria, la identidad trans y la identidad queer quizá pudieran crear una subversión del género. Esto no puede ser el caso.

Declarando nuestra posesión de las etiquetas de identidades no-binarias, nos encontramos siempre atrapados de vuelta en la dimensión del género. Tomar una identidad en rechazo del sistema binario es aceptar el binario como punto de referencia. Las reglas ya toman en cuenta el disentimiento; plantan las estructuras y lenguajes mediante los cuales el disentimiento se puede expresar. Nuestro disentimiento verbal no es lo único que actúa dentro del lenguaje del género, también las acciones que tomamos para subvertirlo a la hora de vestir y amar son solo subversivas por su referencia a la norma.

Si una postura de identidad no-binaria tampoco puede liberarnos, también es cierto que las posturas queer o trans no nos brindan esperanza. Ambas caen en la misma trampa de referenciar la norma intentando “hacer” el género de otra manera. La misma base de esas posturas está cimentada en la lógica de la identidad, que es en sí un producto de los discursos modernos y contemporáneos del poder. Como ya hemos mostrado en profundidad, no puede haber una identidad estable a la que hacer referencia. Cualquier apelación a una identidad revolucionaria o emancipatoria solo es una apelación a ciertos discursos. En este caso, el discurso es el género.

Esto no quiere decir que aquellos que se identifican como trans, queer o no-binarios tienen la culpa del género (o de hacer género). Este es el error de la perspectiva de las feministas radicales tradicionales. Repudiamos estos postulados, ya que simplemente atacan a aquellas personas a las que más les daña el género. Incluso si la desviación de la norma siempre es tenida en cuenta y neutralizada, sigue siendo castigada. El cuerpo queer, el cuerpo trans, el cuerpo no-binario es todavía campo de violencia masiva. Nuestres hermanes y camaradas siguen siendo asesinades a nuestro alrededor, viviendo en pobreza, siguen viviendo en las sombras. No les denunciamos, porque sería denunciarnos a nosotres mismes. En vez de ello, pedimos una discusión honesta de los límites de nuestras posturas y exigimos un nuevo camino hacia delante.

Con esta actitud al frente, no son meramente ciertas formulaciones de la identidad de género lo que deseamos combatir, sino la necesidad de una identidad en sí misma. Nuestro postulado es que la lista sin fin de pronombres, la cantidad cada vez mayor de etiquetas para distintas expresiones de género y sexualidad, e incluso el intento de construir nuevas categorías identitarias simplemente no vale la pena.

Si hemos mostrado que esta identidad no es una verdad, sino una construcción social y discursiva, entonces podemos darnos cuenta de que la creación de estas nuevas identidades no es el descubrimiento súbito de una experiencia anteriormente desconocida, sino la creación de nuevos términos sobre los que poder ser constituidos. Lo único que hacemos al expandir las categorías de género es crear canales todavía más complejos para que opere en ellos el poder. No nos liberamos, nos atrapamos en incontables y todavía más complejas y poderosas normas. Cada una, una nueva cadena.

Y entonces llegamos a la necesidad de la abolición del género. Si todos nuestros intentos de proyectos positivos de expansión se han caído cortos y solo nos han atrapado con nuevas trampas, debe haber otras medidas. Que la expansión del género haya fallado no implica que la contracción sirva nuestros propósitos. Ese impulso sería reaccionario y debe liquidarse.

La feminista radical reaccionaria ve la abolición del género como tal contracción. Para ellas, debemos abolir el género para que el sexo (características físicas del cuerpo) pueda ser la base estable y material sobre la que agruparnos. Rechazamos esto de todo corazón. El sexo en sí mismo está cimentado en agrupaciones discursivas, dadas autoridad por la medicina, y violentamente impuestas en los cuerpos de individuos intersex. Nos negamos a esta violencia.

No, una vuelta a una comprensión más simple del género (incluso si supuestamente fuera una concepción material) no servirá. Es la agrupación normativa de los cuerpos contra lo que luchamos en primer lugar. Ni la contracción ni la expansión nos pueden salvar. El único camino es la destrucción.

Negatividad radical

En el corazón de la abolición del género hay una negatividad. No buscamos abolir el género para volver a un verdadero yo; no existe tal verdadero yo. No es que la abolición del género nos vaya a liberar para existir como yos genuinos y verdaderos, liberados de ciertas normas. Esa conclusión no concordaría con nuestros postulados antihumanistas. Así que debemos saltar al vacío.

Un momento de lucidez es necesario aquí. Si somos producto de los discursos del poder, y buscamos abolirlos y destruirlos, estamos tomando el mayor riesgo posible. Estamos lanzándonos a lo desconocido. Los términos, símbolos, ideas y realidades por los que nos hemos formado y creado arderán en llamas, y no podemos predecir lo que seremos cuando salgamos del fuego.

Es por esto que debemos abrazar una actitud de negatividad radical. Todos los intentos previos de posturas de género positivas y expansionistas nos han fallado. Debemos cesar de presuponer un conocimiento de qué aspecto puede tener la liberación o emancipación, pues dichas ideas están cimentadas en la idea de un yo que se rompe al ser examinado; es una idea que ha sido usada para limitar nuestros horizontes. Solo el rechazo puro, el huir de cualquier futuro conocible o inteligible puede permitirnos la posibilidad de tener un futuro.

Aunque este riesgo sea enorme, es necesario. Pero al tirarnos al vacío, entramos en las aguas de la ininteligibilidad. Estas aguas tienen sus peligros; y hay una posibilidad muy real de una pérdida radical del yo. Los términos con los que nos reconocemos entre nosotros puede que sean disueltos. Pero no hay otra manera para escapar de este dilema. Diariamente somos atacades por un proceso de normalización que nos codifica como desviades. Si no nos perdemos en el movimiento de la negatividad, seremos destruides por el statu quo. Solo tenemos una opción.

Esto captura poderosamente el predicado en el que nos encontramos en el momento. Aunque el riesgo de abrazar la negatividad sea alto, sabemos que la alternativa nos destruirá. Si nos perdemos en el proceso, simplemente habremos sufrido el mismo proceso que habríamos sufrido de no emprenderlo. Es por ello que, sin cautela, nos negamos a postular sobre cómo puede ser ese futuro y lo que podemos ser en ese futuro. Un rechazo del significado, un rechazo de la posibilidad conocida, un rechazo a ser en sí mismo. Nihilismo. Esa es nuestra postura y método.

La crítica sin cese de las posturas de género es por ello nuestro punto de partida, aunque debe suceder con cautela. Porque si criticamos sus infraestructuras normativas en favor de una alternativa, caemos otra vez al poder neutralizador de la normalización. Respondemos a la demanda de una alternativa claramente enunciada y un programa de acciones con un estridente “no.” Los días de manifiestos y plataformas han terminado. La negación de todas las cosas, nosotros incluídos, es la única manera de lograr nada.

Escrito desde la comunidad transfemenina americana.
Traducido por Elizabeth Lluna Martín,  (@comradelizabeth), activista madrileña transfemenina, queer y anticapitalista.
Publicado en Insurrectrans

4 comentarios en “Nihilismo de género: un antimanifiesto

  1. «¿Cuál es el tipo de hombre que se quiere promover cuando se trata de cambiar el comportamiento humano mediante la producción intencionada de la imprecisión identitaria? ¿La psiquiatría y el psicoanálisis tienen algo que decir sobre esto?

    Lucien Cerise: De hecho, no se busca promover un tipo de hombre. Lo que se pretende es el fin de lo humano, por lo tanto lo post-humano, lo transhumano, etc. La imprecisión identitaria viene de que las diferencias son atacadas en favor de una mezcolanza generalizada, un tipo de hiper mestizaje cabalístico mucho más allá de razas y culturas. Ninguna diferencia debe existir, como lo estipula la teoría de género para los sexos e, incluso más allá, el anti-especismo y el veganismo, que niegan una diferencia sustancial entre los humanos y las otras especies para prepararnos para el mestizaje entre los seres humanos y los animales, las “quimeras” genéticas que pronto saldrán de los laboratorios. Un paso más allá son los juristas y los abogados (Alain Bensoussan, Anthony Bem) que trabajan sobre el derecho de los robots, para dar personalidad jurídica a las máquinas y abolir así la distinción entre vivos y no vivos. Los identitarios no siempre entienden que la Gran sustitución [7] no es la de una raza o la de una cultura por otra, sino la de los seres humanos por las máquinas. (…)

    En este punto, largamos las amarras del principio de realidad para entrar en un estado donde todos los límites han caído, induciendo una interpenetración del interior y del exterior, una confusión entre el Yo y el Otro y una imprecisión identitaria global donde las formas fijas desaparecen en beneficio de flujos numéricos en recomposición constante. Clínicamente, hablamos de un trastorno psicótico que se instala, una bouffée delirante crónica. De hecho, la psiquiatría y el psicoanálisis muestran que la salud mental necesita tener una percepción estable de los límites identitarios, con una clara demarcación del interior, Yo, y del exterior, el Otro. La fluidez, el estado líquido e incluso gaseoso, no son viables cuando se trata de definir una identidad viva, que escapa a la disolución, la precariedad y el caos. Todo el mundo necesita saber quién es, simplemente, lo que requiere una cierta permanencia y fijeza. Si yo soy un hombre, no soy una mujer; si soy el padre, no soy el niño, y viceversa. Este esquema a cuatro espacios distintos articulados por conectores booleanos “y/o” es el complejo de Edipo de Freud y Lacan, es decir, la matriz identitaria universal impuesta por el logos, la cuadrícula lógica, política, legalista y lingüística del Padre, quien nos arranca del ethnos, del mundo carnal, pre-político, fusionado y cambiante de la Madre.»

    https://paginatransversal.wordpress.com/2015/07/31/el-sistema-nos-quiere-disolver-entrevista-de-alain-de-benoist-a-lucien-cerise/

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