Mi concepción del individualismo

sed como lobos

“Sed como lobos, fuertes en solitario y solidarios en manada”

Nietzsche

Defino el individualismo: la reacción defensiva del individuo contra su entorno. No consiste en una teoría abstracta, sino de una constatación positiva.

Sometidos a la ley natural de la lucha por la existencia, todos los seres vivos viven un combate permanente. La solidaridad instintiva que existe entre los representantes de una misma especie, o de un mismo grupo, tiene el rol de beneficiar a cada uno de ellos con las ventajas de la seguridad que el aislamiento no podría otorgar.

Sin embargo, incluso en el seno de las especies, o de los grupos, existen competiciones y enfrentamientos cada vez que los intereses individuales se oponen y donde no existe, para todos y a la vez, satisfacción.

Es así como los machos se baten, no sólo por la hembra, sino por la posesión del número más grande de hembras posible. Y eso se puede alargar hasta la muerte del vencido. Es así como se disputan los machos y las hembras, cuando existe escasez, los mejores trozos. Y por eso los más débiles son devorados por la inanición.

Se dice que “lobo no come lobo”. Sin duda es cierto cuando no tienen hambre, pero es razonable dudarlo cuando están a punto de morir por falta de alimento. Algunos testigos cuentan que en los campos de concentración los detenidos, enloquecidos por el sufrimiento, se habían matado entre ellos y que hubo escenas de canibalismo. Sería poco probable que eso no ocurriese jamás entre los animales más cercanos a nuestra especie.

Lo que les pasa ocurre igualmente entre el género humano pero con otra forma, y por motivos más complejos.

La superpoblación, causada por la insuficiencia de recursos naturales para contentar, infinitamente, un número cada vez mayor de bocas que alimentar; la competencia, por otra parte, por la ocupación de los territorios más ricos y más fértiles ha causado entre los pueblos, y luego entre las naciones, luchas encarnizadas.

Pero en el mismo seno de las asociación existen, entre conciudadanos, conflictos no sólo como los del resto de animales, por cuestiones sexuales o alimenticias, sino por el lujo, la ambición, la búsqueda del menor esfuerzo o la batalla de las ideas.

Sin embargo las reacciones individuales contra la empresa de la colectividad —y que han sido bastantes veces el origen de nuevas organizaciones— son de dos tipos que no hay que confundir, ya que no tienen nada en común en cuanto a intenciones y a resultados, y no parece en absoluto que puedan resolverse jamás en el sólido terreno de las realidades sociales.

Observamos, por un lado, la revuelta sana y legítima del individuo aislado, defendiendo su pan, su hogar, el producto de su trabajo contra la explotación del otro; o bien expresando lo que cree ser la verdad a pesar de todos los dogmas y convenciones mundanas, incluso siendo el único que piense así; o defendiéndose contra las tentativas asertivas de su entorno, de familiares y amigos, contra la libre disposición de su propia persona.

De esto tenemos, como ejemplo ilustre, el heroísmo de un Galileo osando afirmar, solo contra las masas fanatizadas y el enorme poder de la Iglesia, el movimiento de la tierra. O incluso aquellos sabios y artistas desconocidos, difamados, perseguidos tanto por la razón de la tiranía de los poderosos como por la ignorancia de las masas.

Hablo de Denis Papin[1], Jacquard[2], víctimas de la incomprensión obrera; Étienne Dolet[3], quemado por su librepensamiento; el “caballero de La Barre”[4], torturado y asesinado por no saludar durante el paso de una procesión.

Encontramos esta llama de fervor y combate en la inspiración de Étienne de la Boétie, escritor del siglo XVI, autor del magnífico “Discurso contra la servidumbre voluntaria”; en el carácter de independencia altanera y, al mismo tiempo, de serenidad estoica con la que Henrik Ibsen ha dado a los personajes principales de sus tragedias.

Sin embargo existe lo que podríamos llamar el espíritu de la revuelta reaccionaria, la insurrección brutal de aquellos que, sin estar interesados en la defensa de la más justa de las causas, la de la resistencia contra la opresión, ya no conocen límites, empujados por un orgullo insensibilizado, o por el frenesí del lujo, dominando al otro, esclavizando pueblos para saciar sus apetitos, incluidos el secuestro o asesinato colectivo.

Quienes nos vienen a la mente son, para no dejar de citar ejemplos conocidos: Napoleón Bonaparte, Benito Mussolini y Adolf Hitler; tres hombres nefastos que, salidos de las masas de los humildes, pudieron, gracias a su talento persuasivo, hacerse pasar por representantes de una insurgencia popular, aunque murieron como déspotas.

Estas desviaciones decían inspirarse en, por ejemplo, la Voluntad de Poder de Friedrich Nietzsche, escritor nebuloso, con holgura, cuya doctrina fue manipulada a favor del megalómano alienado, el verdugo de la Alemania revolucionaria. Fue, en otro orden de ideas, la filosofía de tocador del Marqués de Sade el cual, después de haber acabado con la hipocresia y los prejuicios inhumanos respecto al amor, llevó su desprecio hacia todo obstáculo respecto al placer a justificar la crueldad al servicio de sus pasiones sexuales.

Y al fin “El único y su propiedad”, de Max Stirner quien, habiendo arrancando la máscara del desinterés, tanto de las clases dirigentes como de los profesionales de la filantropía, fue tan malinterpretado que algunos hicieron del egoismo, en el sentido peyorativo del término, la regla de su conducta.

No es la culpa de los precursores, combatientes sin etiquetas ni ganas de adoctrinar de ningún tipo, sino de los que no tienen escrúpulos, lo cual es muy diferente, ya que tales conclusiones —¡que conscientemente malinterpretadas han causado tantas víctimas!— pueden servirles para justificar cualquier barbaridad, no teniendo ya nada que pueda oponerse a sus objetivos.

Si me preguntaran si soy partidario del individualismo respondería: “En toda su dimensión, donde no se opone al progreso social ni a la observación de las reglas elementales de sociabilidad donde desearíamos para nosotros mismos su beneficio”.

 

Jean Marestan[5]

[1] Denis Papin (1647-1712) fue un inventor francés que no pudo desarrollar la mayoría de sus inventos por falta de financiación e interés. Murió arruinado.

[2] Joseph Marie Jacquard (1752-1834) fue un tejedor y comerciante francés que participó en el desarrollo y dio su nombre al primer telar programable con tarjetas perforadas, el telar de Jacquard. Su modelo definitivo de telar fue presentado en Lyon en 1805. Aunque su invento revolucionó la industria textil, inicialmente sufrió el rechazo de los tejedores, incluso quemaron públicamente uno de sus telares.

[3] Étienne Dolet (1509-1546) fue un traductor, escritor, y humanista francés. Admirador apasionado de Cicerón, fue acusado de ateísmo y murió quemado en la pira junto a sus libros.

[4] François-Jean Lefebvre, conocido como caballero de La Barre (1745-1766) fue un noble francés conocido por haber sido torturado, decapitado y quemado en la hoguera por no haberse quitado el sombrero al paso de una procesión y por haber dicho entre amigos frases consideradas blasfemas.

[5] Jean Marestan —pseudónimo de Gaston Havard— (Lieja, Bélgica, 5 de mayo de 1874 – Bouches-du-Rhône, Marsella, Francia, 31 de mayo de 1951) fue un periodista y escritor, militante anarquista, neomalthusiano, masón, antimilitarista y pacifista.

Título original: “Ma Conception de l’Individualisme”. Publicado en la revista francesa “L’Unique” n° 15, noviembre de 1946. Traducción y notas de Diego Volia. Editado, digitalizado y publicado originalmente en The Anarchist Library

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