Obscenidad, pudor y emancipación sexual

Friné ante el areópago (1861), obra de Jean-Léon Gérôme

No es extraño toparse con personas de ideas avanzadas, lectores de periódicos vanguardistas o miembros de agrupaciones extremistas que se escandalizan si se habla de sexualidad sin observar ciertas precauciones de lenguaje o de estilo. Para ellos, los órganos genitales son siempre partes “vergonzosas”. No hay que extenderse demasiado sobre lo que se refiere al acto sexual y al goce que lo estimula. Olvidan que sin la atracción de la voluptuosidad no estarían en este bajo mundo. “¡Cubran ese seno!”.

La vida de los sentidos desempeña un papel considerable en la existencia de los hombres. ¿Por qué ignorar su influencia? ¿Por qué no concederle, al contrario, el lugar que le pertenece? La verdadera emancipación sexual consiste en insistir sobre este punto: que los deseos sexuales son algo natural y que perderán su carácter de anomalía cuando se hable y se escriba a plena luz sobre las experiencias, las satisfacciones y los refinamientos a los cuales pueden conducir.

La obscenidad consiste en la intriga, en las “puertas cerradas” que rodean las variadas manifestaciones de la vida sexual.

No se puede concebir que haya algo de malsano en contemplar el espectáculo de un acoplamiento de dos seres o las caricias que se prodigan. No es más perjudicial que contemplar un cuadro que representa un labrador que siembra un campo, o a los vendimiadores en su tarea. Lo malsano es el prejuicio que quiere que estos espectáculos se escondan bajo el mantel y se hagan circular furtivamente.

¿Qué es, por otra parte, el pudor? ¿Qué es la obscenidad? El diccionario define “obscenidad”: lo que es contrario al pudor; y “pudor”: el sentimiento de “temor o timidez que hace sentir aquello relativo al sexo”. Esta definición vuelve a decir que la obscenidad es de orden puramente convencional, y que un libro, un espectáculo, un grabado, una conversación pierden todo carácter de obscenidad cuando la persona que lee, mira, percibe u oye, no siente, cumpliendo estas acciones, “ni temor, ni sentimiento de timidez”.

Entonces la obscenidad no reside en el objeto que se mira, en el escrito que se lee, en los hábitos que se llevan, en las palabras que se escucha, sino, en todo caso -si la hay- está en quien observa, examina, oye. No hay más obscenidad en el volumen que detalla el acto amoroso o en el vestido que deja entrever ciertas partes del cuerpo, que en el espectáculo que ofrece el pavo real haciendo la rueda, o la amapola que se alza en medio de un cesto de flores; no la hay más que en la lectura de un manual de álgebra o en la audición de una opereta.

La escotadura de un talle, la botamanga de un pantalón, la adherencia de un maillot a la piel y la desnudez de un cuerpo humano no tienen nada de reprensivo en sí. No sólo no siento desarrollarse en mí ninguna clase de repulsión, de temor o timidez, sino que jamás noté rastro de tal sentimiento en las personas de inteligencia normal. He hallado gente a la que no agradaba la ausencia de “pudor” en los espectáculos, pero nunca hallé quien pudiera demostrarme que un espectáculo o una expresión sean obscenos por sí mismos.

La obscenidad es un sentimiento puramente relativo al individuo que se siente herido o escandalizado. Objetivamente, no vive fuera de él. Es decir, ella no existe, de la misma forma en que no existe el pudor. El seno de Dorine no es impúdico: es Tartufo quien pretende ver en él la impudicia. Luego Tartufo es un hipócrita. Dada la mentalidad jesuítica de nuestros medios sociales contemporáneos, se puede apostar que el noventa y nueve por ciento de los que censuran o denuncian con mayor vehemencia las lecturas, los espectáculos y los gestos “impúdicos”, no padecen ningún “sentimiento de temor, ni de timidez” ante los pensamientos que éstos les pueden sugerir. Son unos hipócritas, como Tartufo, su modelo.

Émile Armand

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