La voz de la conciencia yonki

cunda yonki

Un ligero análisis del estereotipo del yonki pone de manifiesto hasta donde llega la demoledora podredumbre espiritual que asola nuestro entorno. El espectro del yonki hace que se tambaleen los cimientos del sistema de vida actual.

El yonki: abracadabrante esbirro de la prohibición: sublime excrecencia de nuestro tiempo. Despiadado y grotesco: títere mitificado de la gran tragicomedia.

En la sociedad de lo caduco, el yonki culmina la actuación abrazándose a una orgía de autocomplacencia en la autodestrucción. Rizando el rizo, se abalanza patético y sarcástico sobre la muerte -en un mundo donde la muerte, repetida y ensayada hasta la saciedad, se torna indisociable e indiferenciable de la vida, o queda anulada.

El yonki, especialista en vivir el momento, en apurar el instante -allí donde nadie tiene tiempo.

Los valores aparentes de la sociedad son sistemáticamente pisoteados por el yonki; otra vez apurando el poso ácido de la hipocresía. El yonki se sirve a la descarada de métodos como el robo, el engaño o el hurto que la sociedad bienpensante utiliza de forma encubierta.

Endemoniado apto para hacer de cobaya -bajo el título de programa, tratamiento o privación de libertad- a fin de exorcizar su pasión por la tóxica quimera.

El yonki: cruel espejo invertido y aumentado de la fetidez de nuestro tiempo.

Hay similitudes estructurales entre el yonki y el obrero. La gente se parte la cabeza buscando un trabajo que le parta los huesos, y no encuentran nada. El yonki busca la plenitud de 5 euros y encuentra un nirvana de náusea.

Zombis ocupados en la consagración de su miseria. El yonki dedica su vida a alguna droga como el obrero se consigna al trabajo. El yonki disfruta el subidón de un modo parecido al del trabajador en sus días libres: simulacros de vida. Las vacaciones del yonki serían las curas de dexintoxicación, que parecen servir para volver con redoblada saña al toma y daca de la droga. Simetrías funcionales: el yonki encuentra en la sustancia su razón de ser como el obrero la busca en el trabajo.

Droga y trabajo: a dosis altas operan la narcosis físicoespiritual del individuo, eso tan apreciado en la sociedad del bienestar. La sociedad destruye el entorno mientras el yonki, probando tal vez cierta sensatez, opta por eliminarse a sí mismo.

Una civilización enquistada en su perversión, degradada hasta lo inconcedible por su inoperancia; enarbola la bandera del yonki, chivo expiatorio y revulsivo del vicio -en una sociedad que no reconoce sus vicios -, sin reconocerle como su más bella y tétrica flor.

Reinier

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