De tetas y burkinis

Hace ya tiempo que nos encontramos inmersxs en numerosos debates, o más bien tertulias, en relación al uso del hijab (lo que conocemos más popularmente como velo islámico o pañuelo). Tertulias basadas en opiniones cargadas de tópicos, contaminadas de demasiadas ideas y visiones “blancas y occidentales”, i con poco interés real en, como mínimo, hablar del tema desde el respeto y contemplando distintas visiones, especialmente contemplando la visión de las personas que lo usan.

Medios de comunicación, partidos políticos y opinólogos baratos, nos están impregnando de un grado de islamofobia brutal y socialmente aceptado. Nos hacen ver a toda persona musulmana –o que nosotrxs identificamos como musulmana- en un potencial peligro para la “buena convivencia” occidental, como una amenaza para los valores de nuestra democracia europea. Eso si no son tachados directamente de terroristas, o amigos de terroristas, o con complicidad con terroristas. En resumen, todo aquello que podamos relacionar con árabe, musulmán o islam, pasa a ser sinónimo de malo, peligroso, atrasado y despreciable.

Como en toda buena sociedad patriarcal, uno de los ataques más directos y duros han ido dirigidos hacia un elemento que utilizan muchas mujeres, en este caso muchas mujeres musulmanas: el pañuelo. A esta simple pieza de ropa le atribuimos tantas o más connotaciones nosotrxs –la sociedad blanca y occidental- que la que le atribuyen las propias mujeres que lo usan. Vemos el llevar pañuelo como una representación gráfica de la opresión, como una falta de respeto, como una provocación a nuestros valores, como una manera de “expandir” el islam, como una forma de querer imponer una religión… cada unx según lo que le conviene para llenarse la boca. Juzgamos y valoramos el llevar pañuelo hasta puntos ridículos y rebuscados, cuando nunca nos hemos parado a juzgar y valorar muchos otros elementos que impregnan nuestra sociedad y nos afectan a todxs nosotrxs, y que serían, por lo menos, cuestionables como sinónimo de una sociedad “libre” y abierta.

Este ataque frontal hacia vestir con hijab se ha visto traducido, entre otras cosas, en ordenanzas de civismo y normativas que lo regulan o lo prohíben. I ha abierto la puerta para ir incluso más allá, para que personas, organismos o instituciones aleguen motivos varios y pintorescos para vetar a las personas que lo usan, expulsarlas y apartarlas. Uno de los casos más representativos lo vemos en escuelas e institutos que han prohibido que las alumnas asistan a los centros con esta pieza de ropa, y que hasta han expulsado a niñas y jóvenes por seguir llevándola. Nosotrxs que tanto nos llenamos la boca de los derechos de lxs menores, y nos comparamos constantemente con países donde decimos que todo se regula en función de la religión y las leyes sagradas, somos capaces de expulsar a menores de los centros educativos, sin que nos importe lo mas mínimo su derecho a la educación y su bienestar emocional. Preferimos que una chica deje las clases que verla sentada tomado apuntes con un pañuelo en la cabeza. Y eso lo hacemos lxs mismxs que después afirmamos sin complejos que “los moros no dejan estudiar a sus hijas”.

Y después de todo esto, ahora se está dando un paso más allá en este ataque racista hacia la comunidad musulmana. Ataque racista que se quiere disimular de laicidad, de tolerancia o incluso de feminismo. Ahora parece que toca prohibir i arremeter contra los conocidos popularmente como “burkini”, que en definitiva no son más que un bañador de cuerpo entero, típico para muchas mujeres de esta comunidad. El principal país impulsor de este ataque es Francia, donde más de 10 mujeres ya han sido multadas por utilizarlo, y donde –hasta el momento- 15 localidades han prohibido o intentado prohibir su uso, haciendo referencia a que prohíben llevar vestimenta “ostentosa” y “religiosa” a las playas y zonas de baño. En Catalunya, por lo menos 3 parques acuáticos de Girona ya han prohibido que las mujeres se bañen con esta vestimenta. Es evidente que esta medida va dirigida directamente a las mujeres musulmanas, porque no creo que nadie se hubiera planteado nada si una persona blanca y occidental decidiera bañarse con un vestido puesto o con un traje de neopreno, ya sea porque quiere hacer submarinismo, por problemas en la piel, para protegerse del sol o porqué le da la gana. Esta es una medida más que atenta contra las libertades de las personas, que oh! casualidad! además son mujeres. Obligar a una mujer a vestir o no vestir de una determinada forma es una actitud machista. Las mismas personas, algunas autonombradas feministas, que no tienen reparos en apoyar este tipo de prohibiciones, están reproduciendo los mismos esquemas y mentalidades machistas y conservadoras, creyéndose con derecho y potestad para decir cuando una mujer está o no está oprimida, y qué es lo que oprime o no oprime a una mujer, y qué está bien que una mujer vista o deje de vestir.

Resulta que ahora solo puedes ir a refrescarte a la piscina o gozar de la playa si vas desnuda. Solo puedes ir a la playa si vas a ofrecer tu cuerpo como un trozo de carne, a las miradas y babeos de tíos que precisamente van a la playa para eso, para ver piernas, culos y tetas. Vivimos inmersas en una sociedad asquerosa, patriarcal y sexista, donde un cuerpo no es un cuerpo, sino una posibilidad de toquetear, de follar, de criticar, de juzgar y menospreciar. Nos molesta que la mujer musulmana de nuestro lado decida –por el motivo que sea, y seguramente no es uno de solo- ir a la playa y bañarse “tapada”. Nos escandalizamos y pensamos que está oprimida, y que los hombres de su cultura le dicen y le marcan como tiene que ir, y que ella tiene que soportar el calor y la ropa mojada. Y lo decimos tan tranquilxs, lo regulamos y lo prohibimos. Pero en cambio seguimos viendo como “anécdotas” todo el peso de la bota que cae sobre las que vamos allí semidesnudas (que por cierto, esto lo hemos decidido nosotras? O ya des de pequeñas se ha dado por sentado que a la playa se va, como mínimo, con lo equivalente a la ropa interior?). Aceptamos las miradas cuando entramos y salimos del agua, aceptamos los comentarios en voz baja cuando pasamos por el lado de un grupo de hombres que lucen paquete en las toallas, aceptamos que con una falsa inocencia nos digan “hola, que tal…?” personas que no conocemos de nada y tampoco queremos conocer, aceptamos que hagan un paso más y vengan a hablarnos, opinando de cómo nos queda el bañador, preguntando si tenemos novio o si queremos sentarnos más cerca de ellos. Aceptamos que se rían de nuestra barriga, que comenten como tenemos los muslos, que nos miren las tetas y valoren si son lo bastante grandes o demasiado pequeñas, aceptamos todas las conversaciones que no oímos pero sabemos. Y esto a parte de la presión estética que todas cargamos con más o menos sufrimiento a las espaldas. Si en el día a día ya tenemos que afrontarlo y es una lucha constante para que no nos atrape y nos pudra el cerebro, en verano y en estos espacios aún es más salvaje y despiadada. Personalmente, hay muchos momentos que me sentiría más cómoda bañándome con ropa, que teniendo que pasar por todo un ritual enfermizo (y doloroso física y económicamente) de arrancarme los pelos de las piernas, las cejas, el bigote y las axilas, para no ser fijamente observada, criticada, juzgada y ridiculizada.

Pero ahora resulta que en esta nuestra sociedad todos y todas somos feministas y nos preocupamos por el bienestar de las mujeres. Ahora resulta que hasta personas y partidos que directamente han atentado contra nuestra dignidad y se esfuerzan a diario para que seamos dóciles y obedientes, correctas y católicas, siempre dentro de los roles deseados, se permiten hablar insultantemente de nuestros derechos y libertades.

No podemos o no queremos aceptar que una mujer lleve velo o se tape porqué quiere, porqué lo ha decidido libremente. Aunque sean muchas las mujeres, jóvenes o mayores, con o sin estudios, que así nos lo dicen no las creemos. Y no las creemos porqué las menospreciamos, porqué las infantilizamos, porque no las vemos como iguales. No las vemos capaces de pensar, de escoger, de actuar y organizarse para decidir sobre sus vidas y sus cuerpos. Pensamos, des de nuestra posición colonial, inmersa en una sociedad de consumo e hipersexualizada, que ellas nos necesitan para emanciparse y para ser más libres. Que tienen que seguir el mismo camino que hemos seguido –y seguimos- nosotras, las mujeres blancas y occidentales, para poder “avanzar” hacia la propia autonomía. Y hablamos como si nosotras lo tuviéramos todo hecho, como si en nuestra cultura no estuviéramos atadas hasta la asfixia a un sistema de dominación. Nos atrevemos a decir que aquí somos libres para hacer lo que queramos, para vestir como queramos, para decidir lo que queramos sobre nuestros cuerpos. Y entonces parece y casi que nos lo creemos, que el aumento brutal de las operaciones de estética o los trastornos alimentarios, no tienen relación con ninguna clase de opresión patriarcal y que no atentan contra nuestra dignidad. No veo ni de lejos la repulsa a este tipo de clínicas, a que discotecas sorteen como un gran premio poder modularte los labios al 50%, a que mujeres vayan a concursos de la tele para invertir el premio en aumentarse las tetas o que los hombres también vayan para regalar precisamente esto a sus parejas. Me imagino el revuelo que se ocasionaría si un hombre dice que le compra hijabs a su mujer porqué así la encuentra más guapa o porque se siente mejor con ella. Pero en cambio continuamente vemos ejemplos de hombres que nos regalan aspiradoras, aumentos de tetas, kits de maquillaje o zapatos de tacón, y nos parece divertido, inocente o incluso romántico.

Decir que llevar bañador de cuerpo entero, dicho de manera intencionada bukini, o que vestir hijab, o hasta velo integral, atenta contra los derechos y libertades de las mujeres, es una excusa barata y arrogante para no decir que no queremos que vistan así porqué parecen “demasiado moras”. Es una excusa barata y arrogante para no decir que somos unxs racistas de mierda y que nos molesta la diferencia, y cuanto más diferente, más nos molesta. Para no decir que no estamos dispuestxs a cambiar ni un pelo nuestros valores y mentalidades, y que esto de la sociedad multicultural y diversa que vendemos a veces es una farsa. Para alejarnos de estas comunidades y estas personas, para intentar desesperadamente tenerlas como más lejos posible. Para no decir que les tenemos una mezcla de miedo y asco. Porqué si no fuera así, veríamos que los argumentos que pretendemos dar caen por sí mismos, simplemente analizando el mundo y sus pueblos y comunidades, leyendo e informándonos con un poco de criterio, hablando de manera sana con personas diversas y de diversas procedencias que viven con nosotrxs.

En el caso del velo islámico, querer identificarlo con una cuestión de opresión y machismo y/o una imposición de su religión, es querer cerrarse expresamente a mirar más allá y seguir aferrados a un falso argumento para seguir vertiendo toxicidad y odio.

No nos interesa para nada comprender que árabe y musulmán no tienen nada que ver –el primero no tiene que ver con la religión, sino que hace referencia a la cultura, las tradiciones, el idioma-, por tanto, se puede ser árabe y no ser musulmán, o ser musulmán y no ser árabe. En África por ejemplo, hay muchos países musulmanes, pero que no son árabes. Cada uno con sus diferencias en la forma de relacionarse, de vestir, de pensar, de comunicarse. Otros países son árabes, pero en ellos se practican distintas religiones. Cabe remarcar, para romper esquemas, que el país del mundo con más población musulmana es Indonesia, en Asia. Y que precisamente allí no son tan abundantes las mujeres que utilizan hijab, ni tampoco se ve a mucha gente parando su actividad para rezar. Por lo tanto, llevar o no llevar pañuelo, vestir o no vestir de una determinada forma, no tiene porqué ser sinónimo o equivalente al grado de religiosidad que unx tiene.

Pueden ser muchos los motivos que se entrelazan para que una mujer decida llevar hijab, o taparse más o menos su cuerpo. Más allá de la religión, usar el velo islámico es también algo identitario y cultural. Una forma de sentirse parte de una comunidad, vinculada a unas raíces y unas tradiciones. Por otro lado hay miles de mujeres musulmanas que no llevan pañuelo, o lo llevan a veces, de la misma manera que otra puede decidir pintarse los labios a veces, cuando le apetece, o según donde va. Lucir un pañuelo en la cabeza puede ser hasta una muestra de rebeldía contra el colonialismo.

Parece que solo defendemos la libertad de las mujeres en relación a seguirlas manteniendo dentro de unos esquemas concretos de ideología patriarcal. Queremos mujeres libres, pero libres para decidir si trabajan en casa, o fuera y dentro de casa. Queremos mujeres libres, pero libres dentro del esquema de mujer objeto, mujer sexualizada, mujer dentro de cánones corrosivos de belleza, mujer como elemento de venta y para vender dentro del capitalismo salvaje. Hacernos creer que somos libres. Pero libres para decidir si te pones más tetas, si quieres maquillarte más, o llevar tacones más altos. Libres para decidir si te depilas las piernas, las ingles y las axilas o, si quieres, puedes depilarte también el coño. Libres para decidir si en vez de ir con bragas y sujetador a la playa, queremos ir solo con bragas. Libres para criticar y hablar de la opresión que padecen otras mujeres, de otras culturas. En esto sí que recibimos el apoyo de todos los hombres que nunca se han interesado por el feminismo, ni están dispuestos a renunciar o cuestionar sus propios privilegios de género y las opresiones que ellos aplican o perpetúan sobre “sus” mujeres.

Laia Mateu Mercadé

Agosto 2016.

10 comentarios en “De tetas y burkinis

  1. Por fin leo algo sensato sobre todo este asunto. Y aun habrá quienes pretendan “liberar” a la fuerza a otras mujeres, imponiendo su modelo estético occidental, con policías apuntando a mujeres en la playa por ir en “burkini”.

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  2. Cierto, una opinión tan sensata y políticamente correcta que encuentra rápido acomodo en el discurso de ficticia confrontación de ese lugar común que llaman “derecha e izquierda”. Me sorprende su haparición en una publicación nihilista.

    Desde un perspectivismo nihilista sobra tanto texto. En esto, Occidente y el burkini sólo merecen una sonora carcajada. Es la escena circense entre un payaso y el jefe de pista. El diálogo siempre ridículo que acontece entre las morales.

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    • Te sorprende su aparición en una publicación nihilista porque debes haberte perdido lo que ha sido y es el nihilismo político: un movimiento emancipador, especialmente entre las mujeres. Claro que para saber eso primero habría que leer sobre nihilismo, en vez de ir dejando comentarios colmados de condescendencia y prepotencia. Lee sobre Kovalevskaia, te hará bien. El propio Stepniak (alguien que vivió el nihilismo político desde su nacimiento, el filosfófico habría que retrotraerse a los cínicos) dedica un capítulo entero en Rusia Subterránea a la cuestión de las mujeres, porque fue un movimiento mayoritariamente de mujeres. Ah, y si nos retrotraemos al cinismo, te recomiendo que leas sobre Hiparquia😉 Antes de decirles a las demás qué deben o no hacer, qué es lo que “sobra” o no en una web, deberías al menos informarte de qué trata el asunto, no hay nada peor que alguien tratando de imponer su criterio y su moral a otra gente, peor aun si ni siquiera conoce el tema que se trata. La próxima lección es cobrando. Además recuerdo que tú escribiste un artículo sobre un “recorrido nihilista” por un barrio hipster, una de las peores utilizaciones y más desafortunadas del concepto “nihilismo”. Menos lecciones, aunque no me extraña, ni eres mujeres ni eres migrante, tu suficiencia sólo existe porque está avalada por una superestructura. Eso sí que es “políticamente correcto”.

      El artículo me ha encantado.

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    • Isal hazte un favor y piensa dos veces antes de escribir, o haznos el favor a los demás. No voy a decir que tu comentario “sobra en una publicación nihilista” porque creo que todo el mundo debe expresarse si así lo desea, pero una opinión sobre el nihilismo tan en la línea de lo que la sociedad cree que es el nihislimo, y no lo que fue/es, choca bastante aquí. En esta misma web tienes material de sobra para informarte antes de actuar de juez moral, o de arbitro, no sé realmente qué rol pretendes jugar pero aquí me temo que no vas a encontrar el público gañán y censor que parece que buscas.

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  3. Difícil abstraerse de la realidad cultural en la que nos desarrollamos, lo que no es difícil es posicionarse frente a una imposición, aunque esta adopte posturas sutiles. En este caso, como bien explica el artículo, parece que la cultura que pretende imponerse sobre el cuerpo de esas mujeres es la occidental, aunque interesadamente se haya tratado de centrar el debate sobre el islam. Sobre los tibios, bueno, si no te posicionas tú ya te posiciona el propio sistema de creencias (Occidente). Nadie escapa a Educación, más si estamos aquí es por una tendencia o interés en la deconstrucción o, en términos nietzschianos, desvalorización. La total abstracción de un contexto cultural es imposible, pero hay algo bastante sencillo de entender: los cuerpos de las mujeres siempre son motivo de debate cultural, artístico, político y social. Por eso hay que hablar de ello, para darle la vuelta y descargarlo de valores, en este caso los que nos ha tocado vivir, los occidentales. No soy capaz, ni lo pretendo ni quiero, de hablar en nombre de ellas, mujeres árabes, pero sí de denunciar lo que occidente trate de hacer con ellas, que no es otra cosa que la de imponer los valores patriarcales occidentales, con sus matices propios, frente al patriarcado árabe o musulmán. De nuevo y como siempre, la mujer entre dos espadas. De lo que se trata es de desmenuzar, desvestir y acabar con el dogma sistémico de que cualquier cuerpo de una mujer pertenece, aunque sea valoralitamente, a toda la sociedad. Derribando esa idea de control sobre sus cuerpos, estoy seguro que conseguiremos facilitar un camino donde nosotros no debemos estar más que acompañando o, como mínimo (en realidad es bastante) apartarnos y dejar que transiten los que ellas decidan.

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  4. Vaya, me siento como una señora con burkini en una playa de Occidente. Miradas y suposiciones prejuiciosas. De vuestros comentarios, Mahoni y LVPVS, extraigo: no sé lo que es el nihilismo político ni he leído sobre nihilismo, soy condescendiente y prepotente, me pretendo juez, tengo una moral (que desconozco y con capacidad para imponerla), se da por hecho que dispongo de recursos económicos para pagarme clases de filosofía, se me asegura tan frescamente que soy el autor de un artículo que yo no he escrito y que vivo en un barrio hipster (ja ja ja me parto), sin verme el sexo se me asegura varón, sin conocerse mi origen y domicilio se me considera natural de donde vivo y además estoy avalado por una superestructura que debe empaparme como el aire que respiro. Buff, tremendo. Ni Le Pen ante un burkini en una playa de Niza podría tanto.

    La Revista Nada sabe que es una publicación y como tal expuesta a la crítica de sus lectores. Cuando un artículo me ha golpeado he mostrado mi entusiasmo y cuando me parece blando pues también lo expreso. La Revista Nada no necesita salvadores. Tiene ya suficiente recorrido como para no espantarse u ofenderse por esta tontería.

    Por cierto, ¿la playa se va a llenar? No me importa a cuántas llaméis que no me voy a quitar el burkini :-)

    Fe de erratas anterior comentario: disculpad la “h” en aparición.

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  5. si tomamos en cuenta que nadie nace “vestido” toda ropa es antinatural,pero bueno,como todo en la vida es “según nos convenga” seria gracioso ver pinguinos con gorra de lana o vacas con sosten de tetas no ?

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