Instante y eternidad

The flight of icarus - Gabriel Picart.jpg

“El vuelo de Icaro” de Gabriel Picart (2004)

La eternidad sólo puede comprenderse como experiencia, como algo vivido. Concebirla objetivamente no tienen ningún sentido para el individuo, dado que su finitud temporal le prohíbe considerar una duración indefinida, un proceso ilimitado. La experiencia de la eternidad depende de la intensidad de las reacciones subjetivas; la entrada en la eternidad sólo puede realizarse trascendiendo la temporalidad. Hay que entablar un combate duro y constante contra el tiempo para que -una vez superado el espejismo de la sucesión de los momentos- no quede mas que la experiencia exasperada del instante, que nos precipita directamente hacia lo intemporal.

¿Cómo la inmersión absoluta en el instante permite el acceso a la intemporalidad? La percepción del devenir resulta de la insuficiencia de los instantes, de su relatividad: quienes poseen una conciencia aguda de la temporalidad viven cada segundo pensando en el siguiente. La eternidad, por el contrario, sólo se alcanza suprimiendo toda correlación, viviendo cada instante de manera absoluta. Toda experiencia de la eternidad supone un salto y una transfiguración, pues muy pocos seres son capaces de la tensión necesaria para alcanzar esa paz serena que se halla en la contemplación de lo eterno. Lo importante no es la duración, sino la intensidad de dicha contemplación. El retorno a una vida habitual no disminuye en nada la fecundidad de esa profunda experiencia. La frecuencia de la contemplación es esencial: sólo la repetición permite alcanzar la ebriedad de la eternidad, en la cual las voluptuosidades poseen algo de supraterrestre, una trascendencia resplandeciente. Cuando se aísla cada instante en la sucesión, se le da un carácter de absoluto, pero que continúa siendo meramente subjetivo, sin ningún elemento de irrealidad o de fantasía. En la perspectiva de la eternidad, el tiempo es, con su séquito de instantes individuales, si no irreal, en cualquier caso insignificante
respecto a las realidades esenciales.

La eternidad nos hace vivir sin añorar ni esperar nada. Vivir cada momento por él mismo es superar la relatividad del gusto y de las categorismo, arrancarse a la inmanencia en la que nos encierra la temporalidad. El vivir inmanente en la vida es imposible sin el vivir simultáneo del tiempo, dado que la vida como actividad dinámica y progresiva exige la temporalidad: privada de esta, pierde su carácter dramático. Cuanto más intensa es la vida, más esencial y revelador es el tiempo. Además, la vida presenta una multitud de direcciones y de fuerzas que sólo pueden desplegarse en el tiempo. Cuando tratamos de la vida, hablamos de instantes; cuando tratamos de la eternidad, del instante.

¿No hay una ausencia de vida en la experiencia de la eternidad, en esa victoria sobre el tiempo, en esa trascendencia de los momentos? Una transfiguración se efectúa, una desviación repentina de la vida hacia un nivel diferente en el que la antinomia y la dialéctica de las tendencias vitales son como purificadas. Quienes se hallan predispuestos a la contemplación de la eternidad, como por ejemplo los maestros orientales, ignoran los esfuerzos de interiorización que debemos realizar nosotros, que estamos profundamente contaminados por la temporalidad. Hasta la contemplación de la eternidad es para nosotros una fuente de visiones conquistadoras y de extraños encantos.

Todo le está permitido al individuo que posee la conciencia de la eternidad, puesto que para él las diferenciaciones se fundan en una imagen de una monumental serenidad que parece ser el resultado de una gran renuncia. No sentimos por la eternidad la pasión que experimentamos por nuestro propio destino o por nuestra desesperación: pero la inclinación que tenemos por las regiones de la eternidad atrae como un impulso hacia la paz de una luz estelar.

Lo absoluto en el instante

El tiempo sólo puede anularse viviendo el instante íntegramente, abandonándose a sus encantos. Se realiza así el eterno presente: el sentimiento de la presencia eterna de las cosas. El tiempo, el devenir, a partir de entonces nos son indiferentes. El eterno presente es existencia, pues sólo durante esta experiencia radical la existencia adquiere evidencia y positividad. Arrancado a la sucesión de los instantes, el presente es producción de ser, superación del vacío. Dichosos los que pueden vivir en el instante, sentir el presente constantemente, atentos únicamente a la beatitud del momento y al arrobamiento que procura la presencia íntegra de las cosas… y el amor ¿no alcanza lo absoluto del instante? ¿no sobrepasa la temporalidad? Quienes no aman con un abandono espontáneo son frenados por su tristeza y su angustia, pero también por su incapacidad por superar la temporalidad. ¿No ha llegado ya la hora de declararle la guerra al tiempo, nuestro enemigo común?

Emil Cioran, Fragmento de “En las Cimas de la Desesperación” (1933)

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