Inconsistencia del ser humano

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¿Por qué los seres humanos se empeñan en realizar algo a toda costa? ¿No estarían mucho mejor inmóviles en este mundo, gozando de una calma total? ¿Pero qué es lo que hay que realizar? ¿Por qué tantos esfuerzos y tanta ambición? El ser humano ha perdido el sentido del silencio.

A pesar de que la conciencia es el fruto de una deficiencia vital, no interviene en todos los individuos como un factor de inadaptación; en algunos seres engendra por el contrario una exacerbación de las tendencias vitales. No pudiendo ya vivir en el presente, el hombre acumula un excedente de energía que le pesa y le esclaviza; el sentimiento del futuro ha sido para él una calamidad. El proceso según el cual la conciencia ha dividido a los seres humanos en dos grandes categorías es un proceso extraño que explica por qué el hombre es un ser tan poco consistente, incapaz de encontrar su centro de energía y de equilibrio. Aquellos a los que su conciencia ha conducido hacia la interiorización, el suplicio y la tragedia, al igual que quienes han sido precipitados por ella en un imperialismo ilimitado del deseo de adquirir y de poseer, son, cada uno a su manera, seres desgraciados y desequilibrados. La conciencia ha convertido al animal en hombre y al hombre en demonio, pero todavía no ha transformado a nadie en un dios, y ello a pesar de que nos vanagloriamos de haber enviado a uno a la cruz.

Huid de los individuos impermeables al vicio, pues su presencia insípida tan solo puede aburrir. ¿De qué podrían hablarnos, sino de la moral? Ahora bien, quien no ha superado la moral no ha sabido profundizar sus experiencias, ni transfigurar sus hundimientos. La existencia verdadera comienza donde acaba la moral, pues únicamente a partir de ahí puede intentarlo todo, y arriesgarlo todo, incluso si hay obstáculos que se oponen a las realizaciones reales. Se necesitan infinitas transfiguraciones para alcanzar la región en la que todo está permitido, en la que el espíritu puede ser vulgar sin remordimientos, sublime o grotesco, y ello hasta una complejidad tal que ninguna dirección ni ninguna forma de vida escapen a su alcance.

La tiranía que reina sobre las existencias ordinarias es sustituida en ese caso por la espontaneidad absoluta de una existencia única que posee en sí misma su propia ley. ¿Cómo la moral podría ser válida para un ser hecho de esa manera ¿el ser más generoso que pueda existir, puesto que es absurdo hasta el punto de renunciar al mundo, ofreciendo así todo lo que posee en sí mismo? La generosidad es incompatible con la moral, esa racionalidad de los hábitos de la conciencia, esa mecanización de la vida. Todo acto generoso es insensato, es la prueba de una renuncia inimaginable en el individuo ordinario, el cual se escuda en la moral para disimular su vulgar nulidad. Todo lo que es realmente moral comienza cuando la moral ha sido eliminada.

La mezquindad de las normas racionales no es en ningún lugar más evidente que en la condena del vicio -esa expresión de la tragedia carnal causada por la presencia del espíritu en la carne. Pues el vicio implica siempre una huida de la carne fuera de su fatalidad, una tentativa de romper las barreras que contienen los impulsos pasionales. Un tedio orgánico conduce entonces los nervios y la carne a una desesperación de la que sólo pueden escapar ensayando todas las formas de la voluptuosidad. En el vicio, la atracción por las formas diferentes de las normales produce una inquietud turbadora: el espíritu parece entonces transformarse en sangre para moverse como una fuerza inmanente a la carne. La exploración de lo posible no puede realizarse, en efecto, sin la ayuda del espíritu ni la intervención de la conciencia. El vicio es una forma de triunfo de lo individual; y ¿cómo la carne podría representar lo individual sin un apoyo exterior? Esta mezcla de carne y de espíritu, de conciencia y de sangre, crea una efervescencia extraordinariamente fecunda para el individuo víctima de los encantos del vicio.

Nada repugna más que el vicio aprendido, forzoso y fingido; de ahí que el elogio del vicio sea totalmente injustificado: como máximo podemos constatar su fecundidad para aquellos que saben transfigurarlo, hacer desviarse a esa desviación. Cuando se practica de manera brutal y vulgar, no se explota más que su escandalosa materialidad, desdeñando el estremecimiento inmaterial en el que reside su calidad. Para alcanzar ciertas alturas, la vida íntima no puede prescindir de las inquietudes del vicio. Y ningún vicioso debe ser condenado cuando, en lugar de considerar el vicio como un pretexto, lo transforma en finalidad.

EN LAS CIMAS DE LA DESESPERACIÓN, de E.M.Cioran.

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