Max Stirner, poeta nihilista

La piel de muchos filósofos no se pigmenta, sino que busca transfigurar los colores del entorno, otros tantos por el contrario prefirieron ser camaleónicos, pero en el caso de Max Stirner su trabajo fue una exhortación a ser calamares de piel cambiante de color y babosa, difícil de coger. Un calamar stirniano es difícil de etiquetar, su intención precisa es que sea imposible. A lo largo de la historia de la filosofía se ha rotulado a más de un pensador o planteamientos que concuerdan o han devenido de otros tantos presupuestos. Tenemos entonces catalogada la filosofía bajo corrientes o tradiciones de pensamiento. Este fenómeno existe ya sea porque facilita su estudio el hacerlo o por simple negligencia académica, sin embargo es claro que semejante situación ha fomentado más de un mote desacertado. En Schopenhauer el pesimismo se resuelve imperante olvidando la tan importante superación hacia la acética; así, éste no queda sino como el filósofo pesimista. A Nietzsche le sucede con el nihilismo, su encasillamiento le imposibilita el planteamiento de la creación de nuevos valores vitales; Stirner también, filósofo anárquico por excelencia. De esta forma Schopenhauer es pesimista, Nietzsche nihilista y Stirner anárquico cuando un estudio concienzudo demuestra que estos rótulos son condiciones de posibilidad para delimitar el panorama con tal comenzar, es decir, el pesimismo, el nihilismo y la anarquía no son metas para los filósofos en cuestión sino puntos de partida.

Max Stirner necesita incitar la anarquía en aras de alcanzar el nihilismo a través del egoísmo. He aquí el planteamiento ético que consuma al más grande apologeta del egoísmo. Cuando Stirner vocifera fuerte: ¡No me interesa nada que esté por encima de mí![1], comienza su carrera contra el mundo entero.

Nada importa fuera de mi propio egoísmo, pero antes, nada importa que no sean mis intereses. Para este momento no se es propiamente egoísta, es posible tener más de mil y un intereses y no serlo, se es egoísta hasta apropiarse del interés, consumarlo si se prefiere.

Pero antes el individuo, el Yo debe situarse en la anarquía. Para Stirner, este momento no es asignado propiamente así, en él se lee como la negación de todos aquellos poderes que anteponen sus intereses al mío, al propio. La negación de todo lo ajeno no es un hecho dado, es un hecho que debe ser dado: sólo el individuo puede darse la anarquía. Como apunta Paul Thomas en su texto Max Stirner and Karl Marx: An overlooked contretemps[2], la revolución es en común con otros hombres, el individuo que se postula anárquicamente opta mejor por la rebelión, su rebelión, en convicción propia y sublimada, aunque no necesariamente en soledad, pero sobre esto en otro momento.

“No se ha percibido que el hombre ha matado a Dios para ser ahora”[3]

Matar a Dios para que con él se asesine del mismo modo a los estados, la moral y los fantasmas que desde su creación han devenido. El asesinato de Dios es el principio anárquico/nihilista. Stirner postula un centrado de presupuestos cuya desfragmentación implica de inmediato a lo otro, es decir, un paso, la anarquía en este caso, lleva de inmediato a otro paso, el nihilismo que, a su vez, remite ipso facto al egoísmo.

El individuo anárquico debe matar a Dios junto con sus secuaces, el Estado y la Humanidad. Compinches que se han hecho más de una vez del fantasma de dios para justificarse y sobresalir por sobre todas las cosas oprimiendo los intereses individuales; grandes egoístas que el Único, el Egoísta, debe derrocar.

La negación de todo interés ajeno al propio no puede asirse si no es por el egoísmo. Categoría preciosa para Stirner, su más grande arma contra todo lo que se mueva. El egoísta es aquel que posterga lo espiritual en beneficio personal[4], es decir, el que niega aquellas cosas inmateriales, los ideales, los espectros, las grandes conglomeraciones de seres humanos con ímpetus homogéneos hondeando banderas con cara de patria, lo sagrado o el hombre mismo.

Aseguro mi libertad contra el mundo en el grado en que me apropio del mundo, esto es, lo <>, cualquiera que sea el poder del que me sirva, ya sea mediante persuasión, ruego, exigencia categórica, sí, incluso mediante hipocresía, engaño, etc.; pues los medios de que me valgo se ajustan a lo que soy.[5]          

El egoísta posee causas, muchas, las que quiera, pero estas causas le sirven a él no al contrario. Este Único o Egoísta es el derecho, no el estado, no dios alguno, sino él mismo y nadie más.

Esto no significa otra cosa que: lo que tienes es el poder de ser, a eso tienes derecho. Yo derivo de mí todo derecho y toda autorización, estoy autorizado a todo lo que puedo dominar.[6]

Este egoísmo va mucho más allá de una libertad negativa, es la sublimación, es decir, la expresión y expulsión de lo intrínseco, una adecuación estética en la praxis de aquello arraigado en lo más hondo de quien lo ejecuta, ethos. De otro modo no habría apropiación. Cuando el egoísta no sólo hace su santa voluntad, sino que se apropia  de las condiciones deviene en artista. Como el poeta que se apropia de la palabra para decir lo indecible haciéndose prisionero de su causa y obra, es decir, de sí mismo, y, paradójicamente, liberándose entonces de todo, incluso de sí mismo. Esta paradoja stirniana es tan interesante como la empatía apática de Sade.

El Egoísta o el Único en cuanto tal es anárquico, toda causa parte de él, desde él, por él y para él, por tanto se concluye nihilista.

Todo ser superior a mí, ya sea Dios, ya sea el Hombre, debilita el sentimiento de mi unicidad y empalidece sólo con el sol de esta conciencia. Si fundo mi causa en mí, en el único, entonces se ha fundado en lo pasajero, en su creador mortal que se consume a sí mismo, y yo puedo decir: He fundado mi casusa en nada.[7]

El nihilismo de Stirner es justamente en este sentido. Toda causa que valga es perecedera y se dirige a la nada. Toda causa mía nada es.

Pero este nihilismo no es un acontecimiento, una situación en la que el egoísta permanece como perdido y sin sentido, es un nihilismo poético, activo, es el arte de la vida.

Yo no soy la nada en sentido de vacío, sino que soy la nada creadora, la nada de la cual yo mismo lo creo todo como creador[8]

Si el egoísta es una nada creadora, es poeta, y si es poeta es un artista, por tanto, el nihilismo no es nada más una “crisis” ontológica sino una disposición frente al mundo, el nihilismo de Max Stirner es ético-estético, el arte de crear y recrear la vida como obra de arte desde lo perecedero, la nada, Yo.

El nihilismo de Stirner no sólo es estado, sino carácter, un ethos nihilista. Es condición de posibilidad para crear, por eso sin asimilarlo no es posible sublimarlo, en otras palabras, sin la anarquía no se faculta el nihilismo, pero una egoísta: un carácter tal que todo niegue todo lo que no sea él sabiendo que nada es.

En El Único y su propiedad, si no se sublima el egoísmo se es un egoísta ciego y abnegado, un cristiano moralista. Es necesario apostar por la nada creadora, creante: Nihilismo poético.

Hegel, Feuerbach, Bauer, destruyen para luego erigir y mantener un humano fuera de la nada, Stirner destruye no para erigir, sino para crear, y no para todos, sino para los egoístas.

El arte de la vida nihilista es la apropiación de la vida:

Pero ¿cómo se aprovecha? Gastándola o consumiéndola, al igual que la vela se consume al encenderla. Se utiliza la vida y, por consiguiente, lo viviente, al consumirla y consumirse. El goce de la vida es el empleo de la vida.[9]

Max Stirner poeta nihilista. Poesía anárquica de prosa egoísta.

Diego Eduardo Merino Lazarín

Fuente: Revista Tarántula

[1] Stirner, Max, El Único y su Propiedad, Tr. José Rafael Hernández Arias, Madrid, España, Valdemar, 1ª edición, 2004, p. 36
[2] Newman, Saul (Editor), Max Stirner. Critical Explorations in contemporary thought, England, Palgrave Macmillan, 2011, 122 p.
[3] Stirner, Max, El Único y su Propiedad, Tr. José Rafael Hernández Arias, Madrid, España, Valdemar, 1ª edición, 2004, p. 201
[4] Ibíd. p. 62.
[5] Ibíd. p. 213.
[6] Ibíd. p. 239
[7] Ibíd. p. 444
[8] Ibíd. p. 35.
[9] Ibíd. p. 391.

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