Cioran, misántropo y sarcástico

Emil Cioran

“Resulta increíble que la perspectiva de tener un biógrafo no haya hecho renunciar a nadie a tener una vida”.

Emil Cioran

Dudar es más una cuestión de salud que de inteligencia. Cioran provoca una sonrisa ahí donde la esperanza se lava las manos. Es el monstruo que mira las cosas como son. El diletante de la noche que ilumina con sus aforismos. Quien contemple el suicidio puede tomar cualquiera de sus libros y adentrarse en su pensamiento. El resultado será el deseo por seguir la vida o inspirarse para firmar la carta de despedida.

Provoca, sacude al lector. Le obliga a confrontar sus certezas y descubrir que no existe ninguna. Pensar contra sí mismo. Contemplar la verdad -“error exiliado en la eternidad”- y su contrario. Medicina contra el optimismo, un esteta insomne que no se aparta de los vencidos.

La vida no tiene ningún sentido, nos dice, pero es la única razón para vivirla. Ante la caverna de Platón que sugiere romper las cadenas y contemplar el mundo, Cioran se pregunta si esto no es algo contraproducente, si en realidad no sería mejor permanecer engañados, sin una pizca de lucidez.

Cioran es la risa sardónica. Mejor sería no levantarnos de la cama y observar el techo todo el día. Escuchar a Bach, a quien Dios le debe todo. Al igual que Nietzsche, piensa que la música es el único acierto de esta vida: “La música es una tumba de deleites, una beatitud que nos amortaja.”

Alquimista de sí mismo, para él dos actividades valían la pena, el ciclismo y la lectura. El cinismo como actitud filosófica: “Creo que la filosofía es un signo de buena salud, lo que no lo es, es ponerse a pensar.”

Llegó a París a los 26 años con algunos libros escritos en rumano que contenían la vena de su pensamiento: Dios, el suicidio, lo irreparable, lo irremediable, la música, el silencio, la inutilidad de las cosas.

Cambió de idioma al francés -“Una aventura que daría sentido a la existencia”, donde cada palabra, cada frase pensada una y otra vez, lo convertirían en uno de los mejores ensayistas y moralistas en esa lengua (en el sentido de quien reflexiona sobre la condición humana, no de quien tiene intenciones moralizadoras), a la altura de Montaigne, Chamfort, La Rochefoucauld. “No se habita un país, se habita una lengua. Una patria es eso y nada más”.

Apartado del círculo de escritores rechazó varios premios. Decía que no se les puede aceptar después de escribir un libro como ‘La tentación de existir’. Contrario a lo que se piensa, Cioran tuvo varios amigos, como Ionesco y Eliade, compatriotas con quienes coincidió en París; o Paul Celan, con quien tradujo ‘Breviario de la podredumbre’ al alemán, y a quien retrató en ‘Ejercicios de Admiración’ (libro que muestra otra cara del pensador) junto a personajes como Fitzgerald, María Zambrano y Joseph Maistre.

En una carta dirigida a otro de sus amigos, el traductor español Fernando Savater, Ciorán habló de Borges –“el último delicado”.

Cuenta Félix de Azúa que Francia pasaba por una huelga de barrenderos en 1970 y la ciudad estaba llena de basura y desperdicios excrementicios; entonces Samuel Beckett llamaba a Cioran todas las tardes para dar un paseo con aquel panorama: “Paris nunca ha estado más hermoso”, le decía el irlandés al rumano.

A Cioran le gustaba charlar con barrenderos, con indigentes, con prostitutas: “compañeros ideales en los instantes de supremo desánimo”. En aquellas personas, decía, encontraba gente pensante, personas de valor, con una concepción de la vida mucho más interesante que la jerga de los filósofos e intelectuales.

Vivió con su eterna compañera Simone Boué en aquel departamento del barrio latino en Paris. Profesora de liceo a quien conocería en el comedor de la universidad donde a los casi cuarenta años él seguía matriculado. Boué estuvo con Cioran hasta su muerte en 1997. Dos años después ella le seguiría.

El eterno pesimista, aquél monstruo que vivió apartado, el misántropo que odió al mundo para después odiarse a sí mismo. Pero encontró una contradicción más, una bofetada como las que él solía propiciar: “Uno puede dudar absolutamente de todo, afirmarse Nihilista y sin embargo, caer enamorado como el más grande de los idiotas”.

Carlos Hugo González

Un comentario en “Cioran, misántropo y sarcástico

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