No duermas tu condena

Cuando estás en prisión, haces lo posible por vivir en el pasado o en el futuro, mas nunca en el presente. Es eso o aceptar que este lugar se ha convertido en tu hogar. Vemos televisión, leemos libros, contamos historias; todo lo que esté en nuestras manos para escapar de la realidad. Ocupamos nuestras mentes con la esperanza de una nueva vida que pronto comenzará o con los recuerdos de la vida que ya pasó. Tratamos de pensar que la vida está en cualquier parte, menos aquí; como si se hubiese congelado detrás de estas paredes para recomenzar una vez que crucemos la puerta. Nos merecemos el lujo de creer que así será, hemos obtenido el derecho de cultivar estos pensamientos, es mucho más fácil y reconfortante, y pensar de otra manera, sería absurdo, ¿no lo crees?

Al fin y al cabo, ¿quién querría vivir en un lugar en el que no existe la privacidad, en el que cada llamada es interceptada y grabada, y cada carta abierta y leída?

Un lugar en el que te ordenan cuándo comer, cuándo dormir, cuándo ducharte, cuándo usar el baño; un baño que tienes que compartir con 160 personas más.

Un lugar en el que te obligan a trabajar todo el día por unos cuantos centavos, en el que te castigan si te niegas a hacer el mantenimiento de la prisión que te retiene en cautiverio.

Un lugar en el que te ponen en aislamiento solitario durante seis meses solo por defenderte durante una pelea.

Un lugar en el que te registran cotidianamente, en el que arrojan sin ninguna consideración los pocos objetos que te permiten conservar: todo lo que posees, lo tiran al suelo. La ropa limpia que habías dejado doblada, la encuentras por toda la celda, las sábanas y la almohada de la cama en la que durante años has intentado en vano conciliar el sueño, pisoteadas.

Un lugar en el que te alimentan lo suficiente para sobrevivir pero nada más.

Un lugar sin familia, sin madres, sin padres, sin hermanas, sin hijos, sin hijas.

Un lugar con nada más que hombres; testosterona en cada voz, cada movimiento, cada olor, cada motivación.

Un lugar en el que el contacto se reduce a la violencia.

Un lugar sin mujeres; sin tu otra mitad.

Un lugar sin la indescriptible, y a menudo subestimada, energía femenina.

Un lugar sin equilibrio.

Un lugar de concreto, acero y alambre de púas.

No te equivoques, este es el lugar en el que tienes que vivir, pero no es tu hogar. Y, aunque en prisión no tengamos la calidad de vida que buscamos, aunque las comodidades y la facilidad del mundo exterior nos parezcan el lugar ideal para enfocar nuestra mente, y aunque la tranquilidad del pasado monopolice nuestra atención, debemos ser cuidadosos; cuando el pasado lejano o el futuro incierto, que construimos en nuestras esperanzas y deseos, empiecen a sentirse más reales que el presente, podríamos perdernos.

Si algo he aprendido en esta vida, es que casi nunca se trata de hacer lo más “fácil”, sino de hacer lo “correcto”.

Desde que ingresé a la prisión, me han hecho varias veces esta pregunta: “Si pudieras dormir durante todo el tiempo de tu condena y despertar el día de tu liberación, ¿lo harías?”

Varias personas me han preguntado lo mismo, en varios lugares, en varias ocasiones. Esta pregunta me intriga, y hasta he comenzado a hacérsela a los demás reclusos. Más o menos, diecinueve de veinte personas responden “Sí”, muchas de ellas casi sin pensarlo. Sin embargo, de vez en cuando, alguien responde “No”. Inevitablemente, le preguntarás, con un tono de incredulidad: “¿Por qué?”

Como si no hubiera entendido bien la pregunta y su respuesta fuera precipitada; como si solo un idiota pudiera elegir estar despierto durante esta experiencia. Pero me he dado cuenta que, en realidad, es lo contrario. La persona que responde “No” entiende la pregunta en un nivel más profundo, mucho más que la mayoría, que responde rápidamente “Sí”.

La respuesta a esta pregunta dice mucho de las personas; las que responden “No” son las que más se destacan. No en su manera de responder, sino en su manera de vivir y comportarse en prisión. Son personas con introspectiva, que se preocupan por crecer; son las capas, el movimiento, la redefinición; son las que se interesan y se emocionan; son las que aún no han aceptado la derrota; son personas fuertes de mente y corazón.

¡Sería un desperdicio dormir durante esta experiencia! Por supuesto que sería más fácil, pero también completamente inútil; un completo sacrificio de los limitados e infinitamente importantes años de tu vida.

Nos hemos acostumbrado tanto a huir ante la lucha y las dificultades, que hacemos todo lo posible por evadirlas, pero ¿acaso nuestra meta en la vida es salir ilesos sin aprender nada valioso? Algunas lecciones solo se aprenden a través de la lucha y la adversidad. Si el objetivo es “evadirse”, ¿por qué entonces no dormir todo el tiempo? ¡Al diablo con la vida! Tal vez podríamos encontrar la manera de evadirla por completo.

Los que responden “Sí” a esta pregunta, en el mejor de los casos, están confundidos, y en el peor, son simplemente unos cobardes. No has entendido nada de la vida si piensas que debes evitar lo desagradable a todo precio, como el precio de estar aquí; eres el ciego, el tímido, el débil de mente y de corazón; de hecho, ya estás dormido. Escapar cobardemente de la oportunidad de luchar es un insulto para tu existencia.

No te confundas, esta pregunta no es solo hipotética. ¿Cuántos de nosotros “dormimos” nuestra vida esperando que el futuro nos ofrezca algo mejor?

El sueño más autodestructivo, y a la vez más común, es el de la mente y el corazón.

Al sumirte en un letargo voluntario, especialmente en prisión, pierdes todo y no ganas nada, dejas de apreciar las cosas de la vida que alguna vez tuvieron sentido; pierdes el gusto por la comida, el afecto, la libertad, las mujeres, el amor; todo lo que solo puedes apreciar una vez que lo has perdido.

Mientras duermes, pierdes la oportunidad de ver que la mente humana ─tu mente─ puede superarlo todo, y que no solo sobrevivirá a ello, sino que también florecerá.

Mientras duermes, dejas pasar los vínculos especiales que se crean durante la lucha, los amigos de toda la vida; te pierdes las risas más sinceras, provocadas por las bromas sobre el patíbulo; dejas de ver con claridad las perlas raras de tu vida, que te aman y apoyan, pase lo que pase, aunque no tengan ningún motivo para hacerlo; pierdes la posibilidad de saber quién está de tu lado en realidad, de descubrir quién estará ahí a la hora de la verdad; pierdes la posibilidad de adquirir y mejorar la confianza en ti mismo; pierdes la oportunidad de escuchar, de aprender, de ver de qué estás hecho; pierdes la oportunidad de levantarte de las cenizas, indestructible y nuevo.

Es fácil “dormir” en un lugar como este; vivir en un futuro imaginario mientras la vida se te escapa de las manos; creer que la vida no puede continuar detrás de unas rejas tan estrechas, unos alambres tan cortantes y unas paredes tan gruesas. Pero te equivocas, la vida no solo sucede durante los momentos de calma, de confort o de placer. Al contrario, la mayoría de las cosas importantes ocurren durante un intervalo de calma. El objetivo de esta bella y aterradora montaña rusa llamada vida son los giros y los descensos repentinos. Al menos, de eso es lo que hablas cuando te bajas de ella.

Así que no cierres los ojos, no mires hacia otro lado y, hagas lo que hagas, no te quedes “dormido”.

Robert Lee Allen, encarcelado en el estado de Michigan, se encuentra actualmente cumpliendo su quinto año de prisión de los 17 a los que fue condenado. Vía Tokata.info

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2 comentarios en “No duermas tu condena

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