El gen egoísta y la muerte del hombre

Andy Denzler 2

En un principio fue la palabra. La palabra convirtió al mar con su mensaje, copiándose sin cesar y para siempre. La palabra descubrió cómo reordenar las sustancias químicas a fin de captar pequeños remolinos en la corriente de la entropía y hacerlos vivir. La palabra transformó la superficie terrestre del planeta de un infierno polvoriento a un paraíso de verdor. Finalmente, la palabra floreció y se tornó suficientemente ingeniosa como para construir un artilugio pastoso llamado cerebro humano, que podía descubrir y tener conciencia de la palabra misma

A continuación, vamos a contar brevemente cómo la concepción clásica del ser humano, proveniente de la modernidad y la Ilustración, se viene abajo y de qué manera, a través de la sociobiología y la metáfora del gen egoísta de Richard Dawkins, llegamos al mismo punto de destino que el postestructuralismo francés (especialmente, Foucault y Derrida) en su aserto de que el hombre o el sujeto ha muerto. De este modo, dos corrientes en apariencia tan irreconciliables como el darwinismo nihilista y la filosofía antihumanista francesa, descendiente de Nietzsche y Heidegger, se acaban dando la mano, aunque su filogenia sea muy diferente. Así, bosquejaremos de qué forma la falta de propósito del universo se extiende a la propia existencia humana.

Para el filósofo e historiador de las ideas francés Michel Foucault, el concepto moderno de hombre es una invención del siglo XVIII69, un producto de las ciencias humanas que toma su forma como representación dentro del conjunto de nuestro saber. Es, pues, una abstracción, no un ser humano de carne y hueso. La configuración del hombre como una entidad formal durante el tiempo de la Ilustración ya fue analizada por los autores más representativos de la teoría crítica, como Theodor Adorno y Max Horkheimer en su monumental Dialéctica de la ilustración. Para ellos, la Ilustración, en su afán por convertir a los hombres en señores, ha acabado disolviendo incluso la propia subjetividad de los seres humanos por su propia dialéctica, demasiado imbuida en una concepción instrumental de la razón, que lleva no sólo al dominio de la naturaleza exterior, con objeto de reducir el miedo que provoca la incertidumbre natural en el ser humano, sino también al control de la naturaleza interior, de los sujetos.

No obstante, Foucault va más allá, declarando al modo nietzscheano que la idea de hombre ha muerto y que el sueño antropológico de la modernidad, iniciado en el Siglo de las Luces y llevado a su cenit bajo la forma de “humanismo” en el siglo XIX y XX (en el marxismo, el hegelianismo y el existencialismo) ha finalizado. Las mismas ciencias humanas que iniciaron la cristalización de la idea moderna de hombre, en la actualidad, de la mano de la psicología, la sociología y la lingüística, están revelando, según Foucault, que el hombre es subsumido por estructuras que lo superan, en cuyo seno se diluye la existencia humana en una suerte de anonimato. Así pues, Foucault señala que:

Los hombres que creen, al expresar sus pensamientos en palabras de las que no son dueños, alojándolos en formas verbales cuyas dimensiones históricas se les escapan, que su propósito les obedece, no saben que se someten a sus exigencias.

En último término, esto significa la renuncia al proyecto del humanismo y a la primacía del sujeto cartesiano y, por tanto, un rechazo de todo antropocentrismo que coincide, en líneas generales, con las enseñanzas del darwinismo actual. Desde el enfoque genecéntrico de la evolución, sostenido por George C. Williams, William D. Hamilton, John Maynard Smith, Richard Dawkins, Steven Pinker y Daniel Dennett, entre otros, tampoco existe el sujeto humano como tal, sino que, como ya hemos visto, los “auténticos” sujetos, si acaso, son los replicadores, los genes que se sirven de los cuerpos que han construido como vehículos o interactores, según la expresión de David Hull, para sobrevivir y reproducirse.

Aunque Dawkins sugiera que gracias a nuestro conocimiento sobre el mundo y, en definitiva, a nuestra cultura (cuya unidad mínima de información, según él, es el meme) podemos oponernos a la fiereza de la selección natural y a nuestros replicadores egoístas, algunos autores han visto aquí una extraña dicotomía entre naturaleza y cultura que no casa muy bien con una cosmovisión naturalista radical. Es lo que el primatólogo Frans de Waal llama “la teoría de la capa”, que se remontaría al contemporáneo de Darwin Thomas Henry Huxley: la tesis de que nuestro núcleo moral, derivado de la selección natural, es intrínsecamente egoísta o malvado, y que nuestra moral lo recubre, en una suerte de autoengaño, con capas de bondad superpuestas.

Sin embargo, como comenta Castrodeza, «desde el naturalismo lo cultural es parte de lo natural, no su alternativa». En efecto, el antropólogo Joseph Heinrich defiende que deberíamos evitar la separación entre lo cultural y lo biológico, ya que ambos son parte de una misma evolución biológica: la cultura es un dispositivo biológico más, asentado en el cerebro, que nos dota de adaptaciones y exaptaciones cognitivas. Una característica central de la cultura humana es que funciona como surtidora de cosmovisiones, que operan como mapas cognitivos del entorno, y cuya utilidad, según apunta Castrodeza, no es otra que el fitness biológico: la supervivencia y/o la reproducción:

Se piensa para algo y por algo, siempre, trivialmente de nuevo, en conexión con la supervivencia directa o indirecta por medio de la reproducción. Lo demás, digámoslo una vez más, es ruido metafísico. O, asimismo, ruido epistémico, ético o estético o, incluso, es incurrir en juegos de supervivencia y reproducción, dado que el hombre sería un simio antropoide que juega hasta la muerte.

Lo que nos queda, pues, es el juego. No es de extrañar que Stephen Jay Gould haya especulado acerca de los rasgos neoténicos que posee nuestra especie respecto a los grandes simios, a los que se asocia también la peculiar tozudez de la curiosidad humana y su capacidad de aprendizaje. A la manera del consejo de Platón en las Leyes 803e «hay que vivir jugando algunos juegos», y en eso parece que consiste nuestra existencia: la interminable búsqueda de un sentido que el mundo no posee ni poseerá jamás.

Para Kolakowski, un ateo y nihilista consecuente con tal visión del universo y de sí mismo puede resignarse a aceptar, con ironía, tales trágicas consecuencias o dibujar un sentido (como la dignidad humana, la libertad o la voluntad de poder nietzscheana) que será siempre un juego ilusorio, un artificio estético para aliviar los altos niveles de cortisol que provoca la carga de la existencia. Es lo único que puede dar sabor a nuestra insignificancia, cuya desolación Heidegger supo vislumbrar:

¿Y qué es la extensión temporal de una vida humana dentro del curso de millones de años? Apenas es un paso del índice de segundos, apenas el instante de una exhalación. No hay ninguna razón legítima para otorgar relevancia, dentro del ente en su totalidad, precisamente a ese ente llamado ser humano y al cual, ocasionalmente, pertenecemos nosotros mismos.

Este texto es la continuación de “Un universo sin propósito” de Paulo José Hernández, de su obra “En defensa del nihilismo darwinista. Un enfoque sociobiológico” (pág 21-26).

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