Algunas buenas razones para liberarse del trabajo I

Actualmente, parece que una teoría y una práctica crítica de la sociedad contemporánea tuviesen, antes que nada, la tarea de defender el trabajo, de encontrar nuevas posibilidades para la creación de puestos de trabajo, así como de defender a los trabajadores. Podría preguntarse cuál es el sentido que tiene una expresión como: “liberarse del trabajo”. Además, el buen sentido común se pregunta por la forma en la que es posible vivir bien sin el trabajo. Naturalmente, es siempre necesario trabajar, es necesario que cada uno trabaje para ganarse la vida, a menos que se explote a otros. Parece aún más evidente que la sociedad, como tal, debe trabajar para procurarse sus medios de vida. Sin trabajo nada de lo que requerimos para vivir puede existir y, por lo tanto, si se concibe la crítica del trabajo en cuanto tal, ésta carecería de sentido, y sería igual que criticar la presión atmosférica o la fuerza de gravedad. El trabajo es quizás algo desagradable pero que siempre debe existir. Es imposible liberarse de él.

Evidentemente, pretendo exponer otro discurso para decir por qué para mí, y para la teoría de la crítica del valor, elaborada en los últimos años por la revista alemana Krisis, así como por otros autores de otros países– esta crítica se funda sobre todo en el trabajo concebido como una categoría típicamente capitalista, e incluso como el corazón de la sociedad capitalista.

Naturalmente, es preciso señalar, en primer lugar, que el trabajo, en su sentido moderno, no se equipara a lo que se entiende por actividad. En efecto, una crítica de la actividad humana no tendría ningún sentido. Porque es evidente que el ser humano, de una forma u otra, es siempre activo, y que esto es necesario para organizar “el intercambio orgánico con la naturaleza” –como expresa Marx–, es decir, la extracción de la naturaleza de los medios necesarios para la subsistencia. Sin embargo, lo que hoy llamamos “trabajo”, por lo menos desde hace doscientos años, no es la mismo que la actividad, ni siquiera que la actividad productiva. Pues si decimos “trabajo”, en general, hacemos semejantes, por medio de un solo concepto, las cosas más diferentes, las más dispares, excluyendo simultáneamente otras tantas. Por ejemplo, hacer panecillos o conducir un automóvil, layar la tierra o escribir con un teclado, gobernar un país o pronunciar una conferencia, todo esto es normalmente considerado como trabajo, pues se traduce en una suma de dinero, como algo que puede ser vendido o comprado en el mercado.

Hay también otras actividades que son igualmente importantes para la vida humana que, sin embargo, no son consideradas como trabajo, debido a que no generan sumas de dinero: por ejemplo, todo el sector doméstico tradicionalmente asignado a las mujeres, el cuidado de los niños o de los ancianos, etc. El concepto de trabajo es pues, en adelante, algo que separa una parte de las actividades humanas respecto de su conjunto, por ejemplo frente al juego, a los rituales, a los intercambios directamente sociales, asimismo como a toda la reproducción privada o doméstica. La prueba es el hecho de que la palabra “trabajo” nos parece evidente. En efecto, la palabra no existía ni en griego, ni en latín, ni en otras lenguas, por lo menos en el sentido moderno. No sé si todos ustedes conocen cuál es el origen de la palabra. Ella proviene de la palabra latina “tripalium”, un instrumento de tres pies –de allí su nombre– utilizado a fines de la Antigüedad; un instrumento que servía exactamente para torturar a los siervos en revuelta que rehusaban trabajar. En la época había muchas personas que sólo trabajaban si se las forzaba a través de la tortura. Esta palabra “trabajo”, pues, que no proviene del latín clásico sino que proviene de la Edad Media, no se refiere ya a la actividad en cuanto tal, útil a la producción, y menos aún a la plenitud o a la realización de sí mismo, sino que ahora indica la forma en que algo penoso es obtenido por la fuerza; algo que carece de un contenido preciso. Asimismo ocurre con la palabra latina “labor”, que designa en el origen una especie de peso contra el cuál se tropieza. La palabra “labor” en latín no indica la actividad útil, sino en general todo tipo de pena o de fatiga, así como también el dolor de la mujer que pare. El origen etimológico de la palabra alemana para el trabajo, “Arbeit”, puede buscarse en la noción de huérfano. “Arbeit” era la actividad del huérfano, alguien de cuyas necesidades nadie se ocupaba, y quien era forzado a realizar las más penosas actividades con el fin de sobrevivir. Ayer supe que la palabra vasca que traduce la idea de trabajo evoca igualmente la fatiga, la pena.

No se trata, entonces, tan sólo de una excursión dentro de la etimología, de por sí significativa; sino que esto demuestra que hasta un época relativamente reciente el concepto de trabajo, tal como lo concebimos actualmente, no existía. Esto nos hace pensar que incluso el trabajo como categoría social, como una forma de concebir la actividad en la sociedad, no es algo tan natural, tan evidente, tan consustancial al ser humano, sino que lo que llamamos trabajo es una invención social. Como dije, el ser humano ha sido siempre activo, ha experimentado bastantes actividades fatigantes, penosas. Pero en la sociedad anterior a la sociedad capitalista industrial, se tenía, antes que nada, ciertas necesidades. Algunas de ellas podían resultar absurdas, como la del faraón que quería hacer construir pirámides; pero esa no es aquí la cuestión. Las necesidades eran fijadas y, a continuación, se llevaban a cabo las actividades necesarias para satisfacerlas. Las actividades existían en cuanto que necesarias para satisfacer dichas necesidades. Lo que le interesaba a la sociedad no era la actividad, era el resultado: no era el hecho de layar la tierra, sino que se pretendía el trigo que se quería cosechar. Y es esta también la razón por la cual se procuraba, más bien, hacer ejecutar las actividades más penosas a esclavos o siervos. Pero incluso en este caso no se hacía trabajar a los esclavos simplemente por trabajar sino porque los amos aspiraban a tener el goce de los bienes de este mundo. Todo esto ha cambiado en el mundo capitalista. Esto se ha iniciado a finales de la Edad Media, y sobre todo durante el verdadero auge de la sociedad capitalista, en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el trabajo devino la verdadera meta de la sociedad, y no un medio. Con seguridad, en el plano de la historia mundial, se trata de uno de las más importantes transformaciones, como ahora voy a intentar explicarlo.

La sociedad capitalista es la única sociedad en la historia humana para la cual la sola actividad productiva, o lo que uno puede llamar trabajo, no es más sólo un medio para realizar una meta, sino que deviene una meta autorreferencial, para utilizar una palabra un poco filosófica. En efecto, todo el trabajo en la sociedad capitalista es de cierta forma un trabajo abstracto. Abstracto no quiere decir inmaterial, informático, etc., como algunos lo afirman hoy. No es en absoluto el sentido de la palabra en El capital, obra principal de Karl Marx, especialmente, en el primer capítulo que no comienza de ninguna forma con las clases, ni con la lucha de clases, ni con la propiedad de los medios de producción, ni con el proletariado. Marx, en el primer capítulo de El capital, comienza por el análisis de las categorías que son, para él, las más fundamentales de la sociedad capitalista. Solamente en la sociedad capitalista, y no en ningún otro tipo de sociedad humana. Estas son particularmente la mercancía, el valor, el dinero y el trabajo abstracto. Por trabajo abstracto, Karl Marx entiende lo siguiente: en un régimen capitalista, todo trabajo tiene dos lados, es al mismo tiempo trabajo abstracto y trabajo concreto. No se trata de dos tipos de trabajo diferentes, sino que son dos lados de la misma actividad. Para dar ejemplos muy simples: el trabajo del ebanista, del sastre, son, desde el punto de vista concreto, actividades muy diferentes, que no pueden compararse de ninguna forma entre sí, pues la una utiliza el tejido mientras que la otra, la madera. Se trata de dos productos diferentes, y de dos tipos de actividades igualmente diferentes si se les considera bajo la perspectiva de la actividad concreta. Al mismo tiempo, todas las actividades tienen también algo en común: ellas son, como lo afirma Marx, “un gasto de músculos, de nervios o de cerebro”.

Todo trabajo es también gasto de energía humana. Esto siempre es verdadero, pero es sólo en la sociedad capitalista que este gasto de actividad, de energía humana, se convierte en el lado más interesante, el más importante a nivel social, en la medida en que es igual respecto de todo tipo de trabajo y respecto de todo tipo de mercancías. Pues, si naturalmente toda actividad puede ser reducida a un simple gasto de energía, es un simple gasto que se despliega en el tiempo. Desde esta perspectiva, el trabajo del sastre y del ebanista son totalmente diferentes desde el punto de vista concreto, pero desde el punto de vista abstracto, desde el punto de vista de la energía gastada –son absolutamente iguales, y su única diferencia reside en su duración, esto es, en su cantidad. ¿Es suficientemente claro? Por ejemplo, si una mesa se hizo en dos horas de trabajo, posee un valor doble al de una camisa que ha sido elaborada por el sastre en tan sólo una hora. Ahora bien, esto es en realidad más complicado, pues no se trata solamente del trabajo directo del ebanista. Éste ha debido también utilizar materiales naturales, pero esto no cambia en nada el asunto general. Lo que a la larga decide, en el mercado capitalista, el valor de las mercancías, es el trabajo que ha sido gastado. Pero también porque ese trabajo es la única cosa que es igual en todas las mercancías, pues de lo contrario no habría ninguna posibilidad de compararlas. Debo simplificar un poco para la conferencia: el valor debe a continuación sufrir múltiples transformaciones para traducirse finalmente en los precios del mercado, pero la lógica fundamental según Marx sigue siendo esta: el valor de una mercancía es determinado por el tiempo de trabajo necesario para crear esta mercancía, y desde este punto de vista, todas las mercancías son iguales, una mercancía vale cuatro horas, otra dos horas, otra media hora. Esto quiere decir que se hace abstracción del aspecto concreto de una mercancía. Es necesario, ciertamente, que la actividad se realice en algo concreto, pues si la mercancía no se vincula con ninguna necesidad sería difícil venderla. Incluso, si la necesidad puede crearse posteriormente.

Pero al mismo tiempo, no es la necesidad lo que determina el valor sobre el mercado. Es solamente el tiempo de trabajo que ha sido gastado, lo que quiere decir, por definición, que el trabajo que cuenta en el sistema capitalista en el mercado, es siempre el trabajo abstracto, un trabajo absolutamente indiferente a todo contenido y que tan sólo se interesa por su propia cantidad. La única cosa importante en el mercado capitalista es tener la mayor cantidad de trabajo disponible con el fin de venderlo. Esta cantidad de trabajo se traduce en el valor, y el valor en dinero. En efecto, que se trate de una mesa o de una camisa no es importante para el mercado. Lo importante es que la mesa pueda costar cien euros y la camisa diez euros. Cada mercancía corresponde a una cantidad de dinero. Así, delante del dinero, todas las mercancías son iguales. Pero, en última instancia, el dinero no es más que el representante del trabajo que ha sido gastado para la producción, no trabajo en un sentido concreto, sino en su sentido abstracto. Discúlpeme si me repito en muchas ocasiones, pues es aparentemente muy simple, pero en realidad no es tan fácil de comprender esta doble naturaleza de la mercancía que es también una doble naturaleza del trabajo. En la producción capitalista, para el mercado capitalista, la única cosa importante es el trabajo abstracto, y esto induce una indiferencia total al contenido: al considerar la inversión de un capital, si fabricación de bombas puede representar una cantidad mayor de trabajo respecto, por ejemplo, de la fabricación de panes, entonces se debe invertir en bombas.

Nótese bien que no se trata de maldad psicológica o moral por parte del propietario del capital; si bien esto puede agregarse, no constituye la raíz del problema. En cuanto tal, el capitalismo como sistema es, como dice Marx, fetichista, es decir, se trata de un sistema automático, anónimo, impersonal en el que las personas, de cierta manera, deben ejecutar tan solo las leyes del mercado. Y esas leyes del mercado establecen que siempre es necesario buscar la mayor cantidad de dinero, pues, de lo contrario, se es eliminado por la competencia. Y la “mayor cantidad de dinero” quiere decir que se debe lograr poner en marcha la mayor cantidad de trabajo, pues el trabajo crea valor y la ganancia no se origina más que por lo que Marx denomina la plusvalía o el plusvalor –la traducción es diferente en francés y en alemán–, porque es solamente la parte del trabajo que no es pagada a los trabajadores, y que es apropiada por el dueño del capital, de donde se obtiene a ganancia de la plusvalía, que es una parte del valor. ¿Qué debe entonces hacer el propietario del capital? Existe una suma de dinero y con esta suma él compra fuerza de trabajo, los recursos naturales y las máquinas, hace trabajar al obrero y luego retiene el producto. Sin embargo, hay una diferencia muy importante respecto de otros tipos de sociedad. Naturalmente, el propietario del capital no realiza esta inversión si, al final del proceso, no ha acumulado una suma de valor mayor que la del comienzo. Invertir su dinero quiere decir invertir diez mil euros para obtener al final doce mil euros, de otra forma no tiene sentido desde un punto de vista capitalista. Así, el aspecto abstracto se impone sobre el concreto. En otro tipo de sociedad, continúo simplificando, en la medida en que frente a un intercambio concreto – por ejemplo entre el ebanista y el sastre–, al no ser la relación de valor el aspecto más relevante, se trata de una situación en la que el primero no necesita de una mesa más, por lo que puede intercambiarla por una camisa que no puede hacer pero que otro le va a dar. En este caso existe una relación entre dos necesidades.

Allí en donde, por el contrario, el objetivo de la producción es el transformar una suma de dinero en una suma de dinero mayor, no existe este interés por la necesidad, sino solamente por un crecimiento cuantitativo. Si intercambio una camisa por una mesa no hay necesidad de un crecimiento cuantitativo: aquí, en esta hipotética sociedad anterior, lo importante es que todas las necesidades sean satisfechas. No sucede igual allí en donde el dinero es el objetivo de la producción. No hay, entonces, ningún objetivo concreto; la única meta está definida por su carácter de aumento cuantitativo, esto es, de transformar diez en doce, luego doce en catorce, catorce en veinte, etc. Aquí hay una diferencia enorme entre la sociedad capitalista y todas las sociedades precedentes. La característica de la sociedad capitalista no es la de ser injusta o entregarse a la explotación. Las otras sociedades lo eran igualmente, pero eran sociedades más o menos estables, pues la producción tenía por objetivo la satisfacción de necesidades, por lo menos las necesidades de los amos. Esto implica que todo objetivo concreto se encontraba limitado; al no poder comer todo el tiempo, toda actividad concreta encuentra su límite. No ocurre lo mismo con una actividad puramente, podría decirse, matemática, cuantitativa, como el aumento de capital, del dinero, pues allí no hay ningún límite natural, es un proceso que debe siempre continuar, y es también la competencia que empuja a todas las personas a nunca limitarse, por el contrario, a buscar siempre el aumento de su capital: de esta forma actúa cada propietario del capital sin ninguna consideración por las consecuencias ecológicas, humanas, sociales, etc. Todo esto no es nuevo, no hago otra cosa que resumir lo que afirma Marx. Sin embargo, este lado de Marx resulta menos conocido que por ejemplo el de la lucha de clases. Sin embargo, es necesario recordar que el capital es dinero acumulado. El dinero es el representante más o menos material del valor, y el valor es trabajo.

Primera parte de la intervención de A. Jappe en el FSEPB (Forum Social PaysBasque- Foro Social País Vasco): http://www.krisis.org/2005/quelques-bonnes-raisons-de-se-liberer-du-travail.
Traducción de Juan Diego González Rua.

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