Algunas buenas razones para liberarse del trabajo II

El capital no es completamente opuesto al trabajo, pues el capital es trabajo acumulado. En esta medida, la acumulación de capital es acumulación de trabajo. O, más precisamente, de trabajo muerto, de trabajo pasado que crea valor, el cual bajo su forma dineraria es enseguida reinvertido en los ciclos productivos. Porque un propietario de capital tiene el interés de hacer trabajar lo más posible: si obtengo una cierta ganancia empleando a un obrero, obtengo el doble de ganancia empleando a dos obreros, y si empleo a cuatro obreros, si todo marcha bien, obtengo cuatro veces la misma ganancia. Esto quiere decir que el propietario del capital tiene todo el interés puesto en hacer trabajar lo más posible. La cuestión no es hacer trabajar porque la sociedad tenga necesidades, sino de hacer trabajar por trabajar, pues es solamente haciendo trabajar que se acumula capital. Incluso puede crearse la necesidad con posterioridad, eventualmente. La sociedad del capital no es solamente la sociedad de la explotación del trabajo de los otros, sino una sociedad en la que el trabajo representa la forma de riqueza social. La acumulación de objetos concretos, de bienes de uso, bastante real en la sociedad capitalista industrial, es, de cierta forma, un aspecto secundario porque la totalidad del lado concreto de la producción no es más que una especie de pretexto para hacer trabajar. Y esto porque es solamente trabajando que se crea valor, en definitiva, la única cosa que interesas desde el punto de vista del capitalismo (el dinero representa trabajo). Puede entonces afirmarse que el trabajo es una categoría típicamente capitalista, que no siempre ha existido. Y esto es visible, en efecto, porque desde su aparición, el capitalismo se ha encargado de desencadenar un [tipo de] trabajo nunca antes visto. En Francia, hasta la revolución de 1789, como probablemente ustedes lo saben, uno de cada tres días era feriado. Incluso los campesinos, si trabajaban mucho en ciertos momentos del año, trabajaban mucho menos en otros momentos. Mientras que con el capitalismo industrial, el tiempo de trabajo se ha duplicado o triplicado en algunas décadas. A inicios de la Revolución Industrial se trabajaba hasta dieciséis o dieciocho horas por día. Está realidad es descrita en las novelas del autor inglés Charles Dickens.

En la actualidad, aparentemente, se trabaja menos, se ha llegado a la semana de cuarenta horas, de treinta y cinco horas, que podría quizás, en alguna medida, corresponder a las horas de trabajo de la sociedad preindustrial, incluso si allí no existía la diferencia entre trabajo y no trabajo. Pero no afirmo que ahora se trabaje menos que en el siglo XIX, pues es la densidad del trabajo la que ha aumentado enormemente. Por ejemplo, la primera fábrica que introdujo la jornada de ocho horas no lo hizo bajo la presión de movimientos obreros, ni por obra de un filántropo socialista, sino del famoso Henry Ford, quién construyó la fábrica más grande de automóviles en Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Ford introdujo la jornada de ocho horas y aumentó significativamente los salarios debido a que, anteriormente, con la gestión científica de la fuerza de trabajo llevada a cabo por el ingeniero Taylor, se había hallado formas de hacer ejecutar a los obreros mayor cantidad de trabajo en ocho horas que en diez o doce horas. Ford había comprendido que organizando de manera científica cada movimiento –llevando a cabo la famosa cadena automática–, él podía hacer construir más automóviles por parte de sus obreros, en ocho horas, que otras fábricas en diez o doce horas. Se puede, entonces, estar seguro de que toda la reducción del tiempo de trabajo estaba, al mismo tiempo, acompañada de un aumento en la densidad de ritmos de trabajo.

Incluso hoy, resulta evidente que el trabajo tiende, en general, a desbordar los marcos temporales una vez establecida la semana de cuarenta horas o de treinta y cinco horas, porque actualmente, en tiempos de paro, si no se quiere arriesgar a perder el trabajo, es necesario continuar siempre trabajando incluso si se está en casa: es necesario mantenerse en formación continua, es necesario informarse o hacer deporte para mantenerse siempre en forma para el trabajo. Es seguro incluso que hoy, si en teoría la semana de trabajo dura treinta y cinco o cuarenta horas, nuestra realidad está mucho más determinada por el trabajo que en las sociedades precedentes. Tenemos esta paradoja: a pesar de todos los medios productivos inventados por el capitalismo, se trabaja aún más. Este es uno de los factores más simples y evidentes de los que, con frecuencia, se olvida hacer mención. El capitalismo ha sido siempre una sociedad industrial. ¿Ha comenzado con la máquina de vapor, con los oficios de tejido porque toda invención tecnológica utilizada por el capitalismo siempre apuntaba a remplazar el trabajo vivo por una máquina? ¿o lo ha hecho para permitirle al obrero hacer diez veces más que un artesano? Esto quiere decir que toda la tecnología capitalista es una tecnología para economizar trabajo. Y, por lo tanto, para producir el mismo número de cosas que antes con mucho menos trabajo. ¿Cuál es el resultado? Trabajamos siempre más, es la realidad que vivimos desde hace doscientos cincuenta años. En efecto, un economista del siglo XIX, de quien no se puede sospechar que fuese un gran crítico el capitalismo, John Stuart Mill, había ya dicho que ninguna invención para economizar trabajo le había permitido jamás a nadie trabajar menos. Además, mientras más máquinas existen para economizar trabajo, es necesario trabajar aún más. Y esto es completamente lógico, pues sin en una sociedad que quiere satisfacer necesidades concretas existen posibilidades tecnológicas para producir más, esto querría decir que toda la sociedad debería trabajar menos; o incluso, si se pretende quizás aumentar un poco el consumo material, podría producirse un poco más, pero siempre trabajando poco.

En realidad, en la sociedad capitalista que no dispone de ningún objetivo concreto, ningún límite, ninguna cosa concreta hacia la que tienda, sino que siempre apunta tan sólo al aumento de la cantidad dineraria, resulta pues completamente lógico que toda invención que aumente la productividad del trabajo tenga por resultado el hacer trabajar aún más a los seres humanos. No necesito extenderme más sobre las consecuencias catastróficas que acarrea tal tipo de sociedad. Yo diría, por ejemplo, que allí se encuentra la explicación profunda de la crisis ecológica, que no es debida a una especie de avidez natural del hombre que siempre quiere poseer más; que no es ni siquiera debida al hecho de que haya demasiados humanos en el mundo, Sino que, de cierta manera, la razón más profunda de la crisis ecológica es, aquí también, el crecimiento de la productividad del trabajo. Porque en una lógica de acumulación del capital, aquello que tiene relevancia es solamente la cantidad de valor contenido en cada mercancía. Si un artesano requiere de una hora para hacer una camisa, esta camisa vale una hora en el mercado. Si con una máquina, el mismo obrero puede hacer diez camisas en una hora, continúo simplificando, cada camisa implica solamente seis minutos de trabajo y cada camisa vale solamente seis minutos. Por lo tanto, la ganancia para el propietario del capital es de dos minutos por cada camisa. Lo que implica que para obtener la misma ganancia que antes, él debería producir y vender diez camisas, mientras que anteriormente bastaba con una camisa.

La productividad creciente de trabajo en el sistema capitalista empuja al aumento continuo de la producción de bienes concretos, absolutamente más allá de toda necesidad concreta. Posteriormente, la necesidad es creada de forma artificial, para lograr agotar todas estas mercancías. Se trata de un proceso irrompible, pues toda invención reduce el trabajo necesario, y por lo tanto la ganancia que reside en cada mercancía. Por lo tanto, siempre es necesario producir más mercancías. Una sociedad en la que el trabajo constituye el bien supremo es una sociedad que lleva a consecuencias catastróficas en el plano ecológico. La sociedad del trabajo no resulta agradable para los individuos, para la sociedad ni para el planeta entero. Pero esto no es todo, pues la sociedad del trabajo, desde aproximadamente hace más de doscientos años, declara a sus miembros la exigencia: “No hay más trabajo”. He aquí una sociedad fundada en el trabajo en la que, si no se es propietario del capital, es necesario vender la propia fuerza de trabajo para poder vivir, pero que no quiere más de esta fuerza de trabajo, que no le interesa más. Esta es la sociedad del trabajo que abole el trabajo. Es la sociedad del trabajo que ha abrazado su necesidad de trabajo haciendo del hecho de trabajar una condición absolutamente necesaria para acceder a la riqueza social. No se trata aquí de una casualidad. Ya podían preverse estas consecuencias en los inicios del capitalismo, si se consideraba la contradicción fundamental del trabajo capitalista: de un lado, el trabajo es la única fuente de riqueza, y por tanto para un propietario del capital resulta preferible hacer trabajar dos obreros en lugar de uno, y cuatro en lugar de dos. De otro lado, si se le da una máquina a un obrero, éste va a producir mucho más que un obrero que no dispone de máquina, que un artesano, lo que hace posible vender mucho más baratas las mercancías producidas. Esto resultaba evidente especialmente a inicios de la era capitalista, por ejemplo, cuando los ingleses conquistaron el mundo con el tejido y los vestidos, porque, por supuesto, con la producción industrial podían batir en brecha toda la producción artesanal.

Esto quiere decir que cada propietario de capital tiene todo el interés de brindar el máximo de tecnología a sus obreros y así reducir el número de ellos para remplazarlos por máquinas. La aparición de nuevas tecnologías le brinda una gran ventaja a los primeros propietarios de capital que las emplean, al permitirles vender a bajos precios. Sin embargo, seguidamente la competencia va a anular estas ventajas pues, en lo posible, todos los propietarios de capital comienzan a dotarse de semejantes tecnologías. A continuación, otra máquina será inmediatamente lanzada al mercado, y se reinicia el proceso. Esto significa que toda la historia del capitalismo es la historia del remplazo de trabajo vivo, de trabajo humano, por máquinas. Asimismo, esto significa que el mismo sistema capitalista, desde su inicio, socava sus propias bases, sierra la rama sobre la que se asienta. Se trata de una contradicción a la que el régimen capitalista no puede escapar, al tratarse de un sistema necesariamente fundado en la competencia dentro del mercado, los capitalistas no pueden permitirse acuerdos entre ellos con el fin de que la competencia no tenga lugar, tales como “detengamos esta carrera tecnológica para así detener la caída de las ganancias”. Esto no puede ocurrir. Al ser una sociedad fundada en la competencia, en el capitalismo siempre existe alguien que utiliza nuevas tecnologías, lo que hace que estos procesos continúen sin cesar: la fuerza de trabajo es remplazada por máquinas que no producen valor. En consecuencia, si para un artesano una camisa puede representar una hora de trabajo, con la revolución industrial, una camisa puede representar tan sólo seis minutos de trabajo porque es posible hacer diez camisas en una hora. Si actualmente, gracias a la informática es posible hacer cien camisas en una hora, cada camisa representa solamente una centésima parte. En esta medida, si cada producto representa una cantidad menor de valor, esto quiere decir que ella representa una cantidad menor de plusvalía, esto es, de ganancia para el propietario del capital. Esto es lo que Karl Marx denominó “tendencia decreciente de la tasa de ganancia”, es decir, que cada mercancía es cada vez menos rentable para el propietario del capital que la hace producir.

Esta tendencia, que resulta inevitable por efecto de la competencia, resulta opuesta a otra tendencia, históricamente constatable, que consiste en el hecho de que si cada mercancía reduce el margen de ganancia, porque disminuye su valor, es posible aumentar la cantidad de productos, porque si una camisa representa tan sólo seis minutos, pero se venden once camisas, se obtiene una ganancia mayor que antes en una hora de trabajo, por ejemplo, comparativamente con el artesano. Es lo que ha sucedido históricamente. Hay un aumento continuo de la cantidad absoluta de mercancías, que representa también un aumento absoluto de la cantidad de valores que compensa el hecho de que cada mercancía particular represente cada vez menos cantidad de trabajo. El hecho más notable se vivió en la industria automotriz. Se transformó un producto de lujo que exigía mucho trabajo y que empleaba muchos trabajadores, en un producto de masa, aumentándose el circuito de producción y de consumo. Esta fue la época de los “Treinta Gloriosos”, llamada con justicia la “época fordista”. Durante más de un siglo, esta tendencia inevitable en el desarrollo del capitalismo ha impulsado la disminución del valor. El valor de cada producto era contrarrestado con el aumento de la masa de producción. Ahora puede afirmarse que este tipo de salvamento se rompió definitivamente con la revolución microelectrónica. Con los procedimientos microinformáticos, la tecnología se ha acelerado hasta el punto de economizar rápidamente cada vez más trabajo del que se puede recrear en otros sectores. Es un hecho que puede constatarse efectivamente desde hace décadas. Es posible afirmar que, en la actualidad, no se trata solamente de la innovación de productos, sino también de la innovación de procedimientos, la cual es tan acelerada que no permite compensación posible del otro lado. Porque, en cuanto tal, el procedimiento informático exige poco trabajo y ha logrado aumentar enormemente la productividad del trabajo, utilizando un número cada vez más reducido de trabajadores. Por ejemplo, de acuerdo con las cifras, mientras que el número de personas empleadas en la industria de los grandes países europeos ha disminuido casi a la mitad respecto de los años setenta, en el mismo período, la productividad ha crecido en un 70%.

Ustedes saben que realmente estos nuevos procedimientos tecnológicos han permitido reducir el número de trabajadores productivos porque permitían al mismo tiempo aumentar la productividad. Ahora bien, en este punto es posible hacer una o dos anotaciones: En primer lugar, que no es cierto que el trabajo industrial productivo hay disminuido, sino que solamente se ha deslocalizado hacia otros lugares, por ejemplo Asia. Es posible discutir esto extensamente, pero me parece suficientemente evidente que estas deslocalizaciones, en general, tan sólo conciernen a ciertos sectores, especialmente al sector textil, y en ciertos países durante un período de tiempo bastante limitado. Los llamados “Tigres asiáticos” han alcanzado, de cierta forma, sus límites. Ejemplo, no han logrado impulsar un nuevo modelo de capitalismo que se extienda a todo el sector productivo de un país entero, etc. Actualmente se afirma que China será el futuro del capitalismo. Pero se olvida quizás que hay ciertas regiones en China, o ciertos sectores industriales, en los que se emplea a muchas personas a muy bajos salarios. Simultáneamente, gracias al desarrollo en China, centenas de millones de personas pierden su empleo tradicional, en la industria pesada tradicional o en la agricultura. Pienso que puede afirmarse, tranquilamente, que la ocurrencia de esta disminución continua de la fuerza de trabajo (de la fuerza de trabajo empleada) tiene lugar en el mundo entero, y no solamente en los países europeos. A la larga, incluso en los países de bajos salarios, los procedimientos informáticos resultarán más competitivos que la explotación.

Segunda parte de la intervención de A. Jappe en el FSEPB (Forum Social PaysBasque- Foro Social País Vasco): http://www.krisis.org/2005/quelques-bonnes-raisons-de-se-liberer-du-travail.
Traducción de Juan Diego González Rua.

2 comentarios en “Algunas buenas razones para liberarse del trabajo II

  1. Muy buen artículo. ¿Habrá una tercera parte? Existe una relación entre las dos partes del artículo, sin embargo, no aparece en el texto. Hay una contradicción entre la necesidad del capitalismo de producir más de un modo más eficiente y económico, para eso se utiliza la tecnología y la mano de obra más barata (en Asia y África principalmente), y la necesidad de obtener más beneficio. El beneficio no se obtiene de vender más mercancías obtenidas de un modo más económico sino de la extracción de valor de esas mercancías por medio del trabajo necesario para producirlas. Al economizar la producción de esas mercancías por medio de la tecnología, la reducción salarial y el aumento de la jornada laboral, se obtiene más valor, y por lo tanto, mayor beneficio. La contradicción viene porque al reducir de manera tan drástica el valor del trabajo junto con el coste de producción de esas mercancías, también se reduce la ganancia. Marx lo expuso en la ley citada, la de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, pero, ¿qué han hecho los capitalistas, entre otras cosas, para transcender esa ley? Pues crear el trabajo parasitario. El valor se realiza, además del aumento de ese valor, a través del trabajo parasitario. La rentabilidad no viene dada por el trabajo industrial y la producción industrial sino por la creación de un plusvalor a través del sector servicios, el sector tecnológico y el capitalismo financiero, y eso tambíen lo dijo Marx “Causas contrarrestantes de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia” que está en el libro “El Capital”, libro tercero, capitulo 14. Hay está la causa de la creación de “trabajo parasitario” (el nombre es de Marcuse), o lo que es lo mismo: el trabajo improductivo genera el valor que ya no genera el trabajo productivo industrial debido a su abaratamiento y mejoras tecnológicas. De este modo, se complementan la primera y la segunda parte del artículo. Que el aumento de la productividad del trabajo sea necesario para aumentar la ganancia según defiende este artículo es cierto, pero esta idea es complementaria con que la reducción del trabajo industrial y productivo ha hecho necesario un aumento del trabajo improductivo para que no se vea afectada la obtención de ganancia. Es decir, en el capitalismo lo improductivo sirve para la realización de lo productivo. Esta forma de obtener ganancia, junto con la especulación financiera, de los recursos y de la tierra, es necesaria debido a que el capitalismo produce de tal modo que excede todas las necesidades y genera tal excedente que todas las mercancías llegan a carecer de valor, es un sistema que se excede a sí mismo pero que necesita perpetuarse por otros medios que contradicen su propio mecanismo, su propia lógica.

    ¡Gracias por vuestros artículos!

    Le gusta a 1 persona

    • Muchas gracias a ti. Sí, esta es la continuación del anterior artículo. El texto original, la intervención de Jappe en el FSEPB, es un sólo texto que hemos dividido en tres partes para facilitar su lectura aquí, online. La tercera y última parte se publicará el viernes.

      Muy buenos apuntes. También el trabajo parasitario opera en la demanda, se necesitan consumidores que puedan acceder a esos productos, que dispongan de una renta de gasto suficiente, aunque si se analiza el mercado actual esta hipótesis aun no se cumple, con rentas y salarios muy por debajo del paradigma de trabajador-consumidor pleno. Por eso es posible que ideas como la Renta Básica Universal sean en cierta forma un acicate para el consumo también, eso es lo que defienden los promotores y va en consonancia con los intereses empresariales, abandonadas ya las ideas de las rentas del trabajo plenas -ahora parciales- para consumo. Desconozco cómo han funcionado los experimentos de RB que pequeñas localidades, no sé si alguien sabrá más, aunque no es el tema que estábamos tratando.

      Un saludo
      Besan

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