Libertad desenfrenada

Stirner y Nietzsche tenían indudablemente razón. No es verdad que mi libertad termine donde comienza la de los demás. Por naturaleza, mi libertad tiene su fin donde se detiene mi fuerza. Si me desagrada atacar a los seres humanos o incluso si considero que es contrario a mis intereses hacerlo, me abstengo del conflicto. Pero si, empujado por un instinto, un sentimiento o una necesidad, arremetí contra mis gustos y no encuentro resistencia o una resistencia débil, naturalmente me convierto en el dominador, el superhombre. Si, en cambio, los otros resisten vigorosamente y devuelven golpe por golpe, entonces me veo obligado a parar y llegar a un acuerdo. A menos que juzgue apropiado pagar por una satisfacción inmediata con mi vida.

Es inútil hablarle a la gente sobre la renuncia, la moralidad, el deber y la honestidad. Es estúpido querer restringirlos en nombre de Cristo o de la humanidad. En cambio uno les dice a cada uno de ellos: “Eres fuerte. Endurece tu voluntad. Compensa, de cualquier manera, sus deficiencias. Conserva tu libertad. Defiéndete contra cualquiera que quiera oprimirte”. Si cada ser humano siguiera este consejo, la tiranía sería imposible. Incluso resistiré a aquel que es más fuerte que yo. Si no puedo hacerlo solo, buscaré la ayuda de mis amigos. Si me falta fuerza, la reemplazaré con astucia. Y el equilibrio surgirá espontáneamente del contraste. De hecho, la única causa del desequilibrio social es precisamente la mentalidad de rebaño que mantiene a los esclavos propensos y resignados bajo el látigo del amo.

“La vida humana es sagrada. No puedo suprimirla ni en el otro ni en mí mismo. Y entonces debo respetar la vida del enemigo que me oprime y me produce un dolor atroz y continuo. No puedo quitarle la vida a mi pobre hermano, que padece una enfermedad terminal que le causa un terrible sufrimiento, para acortar su tormento. Ni siquiera puedo liberarme, a través del suicidio, de una existencia que siento como una carga”.

¿Por qué?

“Porque”, dicen los cristianos, “la vida no es nuestra. Dios nos lo dio y solo él puede quitárnosla”.

Bueno. Pero cuando Dios nos da vida, se convierte en la nuestra. Como señala Tomás de Aquino, el pensamiento de Dios confiere ser en sí mismo, realidad objetiva, para el que piensa. Por lo tanto, cuando Dios piensa en darle vida al ser humano, y al pensar en él, se la da, esa vida se convierte efectivamente en humana, es decir, una propiedad exclusiva de los nuestros. Por lo tanto, podemos alejarnos el uno del otro, o cualquiera puede destruirlo en sí misma. Emile Armand libera al individuo del estado, pero lo subordina más estrictamente a la sociedad. Para él, de hecho, no puedo revocar el contrato social cuando quiero, pero debo recibir el consentimiento de mis compañeros para liberarme de los enlaces de la asociación. Si otros no me otorgan ese consentimiento, debo permanecer con ellos aunque esto me perjudique o me ofenda. O, sin embargo, al romper unilateralmente el pacto, me expongo a la represalia y la venganza de mis antiguos camaradas. Más sociable que esto y uno muere. Pero este es un societarianismo del cuartel espartano. ¡¿Qué?! ¿No soy mi propio amo? Sólo porque ayer, bajo la influencia de ciertos sentimientos y ciertas necesidades, quería asociarme, hoy, cuando tengo otros sentimientos y necesidades y quiero salir de la asociación, ya no puedo hacerlo. Debo, pues, seguir encadenado a mi deseo de ayer. Porque ayer deseaba un camino, hoy no puedo desear otro camino. Pero luego soy un esclavo, privado de espontaneidad, depende del consentimiento de los asociados.

Según Armand, no puedo romper las relaciones porque me importa la tristeza y el daño que causaré a los demás si los privo de mi persona. Pero a los demás no les importa la tristeza y el daño que me causan al obligarme a permanecer en su compañía cuando tengo ganas de irme. Por lo tanto, falta mutualidad. Y si quiero abandonar la asociación, me iré cuando decida, tanto más si, al hacer el acuerdo para asociarme, les comunico a los camaradas que mantendré mi libertad de romper con ella en cualquier momento. Al hacer esto, no se niega que algunas sociedades tengan vidas largas. Pero en este caso, es un sentimiento o un interés percibido por todos los que mantienen la unión. No es un precepto ético como le gustaría a Armand.

De cristianos a anarquistas (?) todos los moralistas insisten en que distinguimos entre la libertad, basada en la responsabilidad y la licencia, y la basada en el capricho y el instinto. Ahora es bueno explicarlo. Una libertad que, en todas sus manifestaciones, siempre está controlada, retenida, guiada por la razón, no es libertad. Carece de espontaneidad. Por consiguiente, carece de vida. ¿Cuál es mi objetivo? Destruir la autoridad, abolir el estado, establecer la libertad para que cada uno viva de acuerdo con su naturaleza tal como la ve y la desea. ¿Este objetivo les asusta, buenos señores? Bueno, entonces, no tengo nada que hacer. Al igual que Renzo Novatore, estoy más allá del arco[1]. En resumen, mi vida es variada e intensa precisamente porque no dependo de ninguna regla. Los moralistas de todas las escuelas en cambio afirman lo contrario. Exigen que la vida siempre se ajuste a una norma única de conducta que la haga monótona e incolora. Quieren que los seres humanos realicen siempre ciertas acciones y que siempre se abstengan de todos los demás.

“Debes, en cada caso, practicar el amor, el perdón, la renuncia a los bienes mundanos y la humildad. De lo contrario, serás condenado “, dicen los Evangelios.

“Debes, en cada momento, vencer al egoísmo y ser desinteresado. De lo contrario, permanecerás en el absurdo y la tristeza “, señala Kant.

“Siempre debes resistir el instinto y el apetito, mostrándote equilibrado, considerado y sabio en cada ocasión. Si no lo haces, te marcaremos con la marca de la infamia de los archis[2] y te trataremos como a un tirano”, Armand aprueba el juicio.

En resumen, todos quieren imponer la regla que mutila la vida y convierte a los seres humanos en títeres iguales que constantemente piensan y actúan de la misma manera. Y esto ocurre porque estamos rodeados de sacerdotes: sacerdotes de la iglesia y sacerdotes que se oponen a ella, creyentes y Tartufos[3] ateos. Y todos pretenden catequizarnos, conducirnos, controlarnos, frenarnos, ofreciéndonos una perspectiva de castigos y recompensas terrenales o sobrenaturales. Pero es hora de que el ser humano libre se levante: el que sabe cómo ir en contra de todos los sacerdotes y el sacerdocio, más allá de las leyes y las religiones, las reglas y la moralidad. Y quién sabe cómo ir hacia adelante más allá. Con todo hacia adelante más allá.

Enzo Martucci

(Traducción: CaJu. Recuperado de: https://sites.google.com/site/vagabondtheorist/bare-fisted-atheism/unbridled-freedom-by-enzo-martucci vía Enemigo de Toda Sociedad)

[1] Si bien el texto original de Novatore al que hace referencia Martucci utiliza la palabra ‘arco’ pienso que hace referencia al griego ‘arje’, ‘arkhi’, ‘archí’, ser el primero, mandar (que denota superioridad), de ahí palabras como anarquía (sin gobierno) o arquitecto (que está al mando). Tal vez la expresión “más allá del arco” o “por encima del arco” (como uso Novatore en su ensayo – Al Disopra dell´Arco) hace referencia a lo que se relaciona con autoridad o elemento fundamental. (N.T)

[2] Del prefijo ‘archi’ – preminencia o superioridad: archiduque, archidiácono. (N.T)

[3] Persona hipócrita y falsa. (N.T)

7 comentarios en “Libertad desenfrenada

  1. ¿Hacer caso a los instintos no destruye la sociedad en sí misma? Un niño necesita la prohibición de su madre si no quiere morir por comer dulces descontroladamente. ¿Un niño gordo y sedentario no es un atentado contra la vida misma motivado por el instinto? La sociedad se origina por la represión de instintos. Por el tabú del incesto y el de la agresión. Quizás este sea el primer contrato social, (y no el de la delegación del monopolio de la violencia, en las dociedades acéfalas). Si seguir lo que dictan los instintos es vivir acorde a la vida, entonces la vida tiende a su autodesteucción y aquellos valores se revelan como valores de muerte. La vida ocurre en la sociedad, y fuera de ella solo está lasupervivencia. Del mismo modo la libertad sólo ocurre en la libertad, y fuera de ella lo único que puede hacerse es todo, que sin ninguna diferenciación, es la nada. Efectivamente la libertad no termina donde empieza la de los demás: mi libertad de expresarme no debería ser coartada por lo que no quiere oir la masa, ni mi libertad de moverme debería ser coartada por una propiedad privada o estatal (que es lo mismo). Pero no por ello la libertad consiste en imponer mi voluntad sobre la de los demás. Qué diferencia hay entonces entre eso y el rey, el amo, el Dios que nos oprime y nos domina? Si la vida debe ser el mejor de los valores este debe dominar sobre las ideologías del odio y de la muerte, pero no sobre las del amor y de la solidaridad. En este sentido el cristianismo como propuesta ética no es tan desdeñable como el nihilismo ha querido hacernos ver. Hay algo de cierto en la propuesta de Cristo para la cual no es necesario ser cristiano para poder entenderla. Desde mi punto de vista, si Dios existe, nos dió la vida a costa de limitar sus potencialidades. El hombre es más fuerte que Dios porque Dios no puede quitar el sufrimiento del mundo, sino que solo los hombres concretos pueden realizar esa hazaña. Desde esta perspectiva nuestro sentimiento de culpa no surge de nosotros al no obedecer los mandamientos divinos sino que es Dios mismo que a modo de voz de la conciencia nos pide desconsoladamente que respetemos la vida de los otros. Si todo esto es demasiado comprometerse con la idea de dios, diré que lo que debe dominarse es el dominio mismo a fin de que no se imponga una idea de superhombres sino de hombres concretos que se superan continuamente a través de los otros. Un egoísmo que encuentra su cúspide en los otros, un altruismo que empieza en el individuo.

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  2. Esto es un concepto muy pobre de la moralidad y la libertad. Esto es libertinaje y capricho. Quisiera ver cuan libres son quienes fomentan esto en medio de la brutal anarquía que trae como consecuencia…

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    • Suenas como un típico Leninista moralista. La libertad NO puede existir SIN el “libetinaje y capricho”. ¿Acaso te da miedo la muerte del privilegio y el nacimiento del individuo libre? Supongo que prefieras que el hombre siga esclavizado a la moralidad….eso parece ser tu objeción dogmatica.

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      • El afán por el individuo libre a costa de lo que sea, se convierte en individualismo y esto repercute directamente contra la sociedad, destruyéndola. Luego, sin sociedad solo quedan invividuos sueltos, y por consecuencia desaparece la moral.

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  3. Martucci pisa el acelerador de la libertad absoluta sin restricciones, ideal último de todos quienes deseamos utópicamente, tal vez, alcanzar la perfección del ideario más puro que es la Acracia.

    Me ha gustado el comentario de Jordi pero, como él mismo dice, eliminemos esa comprometedora idea de dios y consideremos la figura del super hombre nietzscheano, tan tergiversada, como el ideal del hombre nuevo, liberado, teorías todas estas, sin lugar a dudas, claramente influidas por nuestra castrante educación judeocristiana con sus aspiraciones de redención y progreso hacia un esquivo y edénico destino colectivo.

    El tema invita a hundirse en un marasmo de parloteo bizantino y nunca llegaremos a un acuerdo, pero no deja de ser una bocanada de aire fresco entre tanta asfixiante inmundicia mediática.

    Felicitaciones, amigos de NADA (en la doble acepción de la frase).

    Pueden ampliar la información sobre su ideario aquí: https://conelfuegoenlaspupilas.wordpress.com/2018/06/01/en-alabanza-del-caos-enzo-martucci1/

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  4. Las palabras que utilizamos para expresar ideas, sentimientos, … son creadas por nosotros. Las palabras solo son aproximaciones para intentar definir lo que pensamos y sentimos. Conviene tener lo anterior en cuenta y tener en cuenta los distintos significados. Sobre todo buscar la medida, el equilibrio y evitar los extremos, totalitarismos o la ilusión de la perfección. Perfección, es otra palabra inventada por nosotros para representar un concepto.

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